CAPITULO 7 DE ALAS DE TINTA



¡Queridos lectores!

Parece que ALAS DE TINTA está funcionando bien, y que os gusta leer sobre Alieke y Göran. No por los comentarios en el blog, (ausentes :P) pero si por las visitas a la página en la sección de estadísticas.

Espero al menos que los que lleguen se queden conmigo y se diviertan con estos locos encantadores que son los protagonistas y personajes secundarios de esta historia, y principales en otras.

El capítulo de hoy es diferente, infantil, excéntrico. Así es Alieke. Una mezcla de muchas personalidades para un conjunto que creo que es espectacular. Personalmente es de las protagonistas femeninas que he inventado que más me gustan, junto a cierta cántabra que vuelve loco a cierto finlandés. Pero esa es otra historia.

¿Os apetece reíros un poco? ¡Pues continuad leyendo! ¿Alguna vez habéis regalado vales de cartulina?

La que se va a liar...
¡Un abrazo y mil gracias por estar ahí! 

CAPITULO 7: Un vale de cartulina



Días antes de la prefijada segunda sesión de tatuajes, Alieke aprovechó que había terminado antes de trabajar para salir a comprar unos cupcakes. Necesitaba una inyección de azúcar urgente.

Cada vez que veía en la pared de su apartamento la guitarra de Göran, le resultaba imposible no pensar en él. Y cuando estaba trabajando y veía la foto de ambos tras la firma de discos, su cerebro volvía a retorcerse en pensamientos. Las palabras de Dann de días atrás no dejaban de resonar con un eco demasiado alto en su cabeza. Incluso Cathelijn la había aconsejado lo mismo ese fin de semana cuando se presentó a comer el domingo y se pusieron al día.

Llevaba una cartulina que había diseñado para Göran en su cartera. En ella había dibujado unas alas de ángel, y en la parte trasera había apuntado su número de teléfono, la dirección de su apartamento, y las palabras: Vale por una guitarra y alojamiento. Después de recoger los cupcakes había pensado en pasarse por la tienda de Evelijn. Podía darla a ella la tarjeta con la esperanza de que su amiga se la entregase, en el caso de que Göran aún estuviese hospedado en su casa y no se hubiera marchado a un hotel. Si no tendría que cambiar de estrategia.

Absorta en sus pensamientos entró en su tienda favorita de cupcakes, llamada Cupcake Land, y pidió seis cupcakes “Marshmallows”. Eran sus preferidos por encima de los Red Velvet. Constaban de chocolate blanco y estaban decorados con pequeñas nubes de golosina. Eran una bomba de azúcar para el cuerpo pero la encantaban. Solo se los permitía una vez al mes y cuando estaba muy agobiada, y aquel día era uno en los que su humor estaba hecho polvo y su ánimo andaba por los suelos. 

Tras comprarlos se dirigió a Cherry Bomb, la tienda de ropa de su pelirroja favorita. Habían decidido entre Cat, ella y Eve que la llamarían así no solo por la canción de The Runaways con ese título, sino porque su amiga era como una cereza delicada con un cuerpo llamativo que bien podría hacer explotar la lívido de cualquier hombre. Su larga melena rizada del mismo color que la sangre, su piel blanca, sus ojos verdes y su forma tan femenina de vestir, la conferían un aura peligroso y dulce a la vez. Por eso desde adolescente, Alieke y Cat la habían apodado con el nombre de Cherry Bomb. Y a Evelijn le gustaba tanto ese sobrenombre que no dudó un instante en imprimir a su negocio su sello de identidad.

En la tienda podían encontrarse diferentes diseños de ropa y complementos de estilo pin up. Desde faldas y camisas, a vestidos con diferentes escotes, telas, estampados y cortes. 

Cuando llegó, aprovechó que no había ningún cliente en la tienda, para contarle a su amiga sus intenciones. Tras la conversación que habían mantenido durante la primera sesión del tatuaje de las alas, había decidido ofrecerle una habitación a Göran en su apartamento para que de paso pudiese tocar la guitarra con tranquilidad. 

La sonrisa de Evelijn se ensanchó cuando le preguntó a su amiga si iba a intentar algo con Göran. Le sobraron las palabras cuando vio el color de sus mejillas para descubrir que tras ese buen gesto se escondían otras intenciones más egoístas, pero no podía culparla por lanzarse a por el hombre que la gustaba. Si estuviese en su lugar ella hubiera hecho exactamente lo mismo, aunque posiblemente no hubiera tardado tantos días en reaccionar. 

Alieke avergonzada miró el suelo antes de que Eve la animase a lanzarse. No iba a descubrir a su amigo diciéndola que él se había fijado en ella como mujer y que le gustaba, pero quizá no hiciese falta explicar ciertas cosas. Y mucho menos cuando ellas se conocían desde hacía tanto tiempo. Las miradas y los silencios tenían que ser suficientes, eso si el radar de su rubia estaba en el lugar donde tenía que estar.

Tras ofrecerla un cupcake y coger otro para ella, Alie le dijo:

—¿Le podrías entregar esta tarjeta?

Cuando Evelijn la vio y la leyó, pronunció una sonrisa. Aquel gesto podría verse como algo infantil a ojos de otras personas pero a ella le pareció de lo más romántico y cariñoso. Eso iba a romperle todos los esquemas al guerrero nórdico. Porque estaba más que segura de que jamás ninguna mujer habría tenido un detalle así con él, ni siquiera su madre cuando era pequeño habría creado para él una tarjeta por su cumpleaños. Aquel era un regalo muy Alieke. 

—Tú tienes vales para todo ¿eh? —dijo la pelirroja recordando las tarjetas que llegaron durante meses a su buzón, cuando se divorció de Björn tras el aborto. 

Cada semana el cartero traía nuevas tarjetas, y ella las había guardado todas en una caja. Vale por veinte besos. Vale por una tarde de helados y pelis. Vale por domingos de masajes relajantes. Vale por una sesión infinita de abrazos, arrumacos y sonrisas. Vale por un día de compras. Vale por una sesión de meditación con incienso y velas. Vale por un nuevo tatuaje. 

Cuando Björn encontró la caja y las leyó tras su reconciliación y nueva boda, se había pillado un mosqueo terrible al ver esas demostraciones de cariño en papel. Sin embargo cuando Eve le dijo de quién eran en realidad, rompió a reír imaginando a la rubia mega tatuada creándolas. Le dijo a Eve que eran tarjetas muy ñoñas, aunque en realidad le habían parecido unos detalles preciosos porque habían ayudado mucho a su mujer tras su distanciamiento, pero nunca lo diría muy alto por eso de mantener su reputación de macho intacta.

—¿Le gustará? ¿Le parecerá demasiado infantil?

—Ahora lo sabremos —le dijo enigmática su amiga. 

Alieke estaba tan enfrascada en sus dudas y devorando la mitad del pastelillo de chocolate y nubes, que cuando quiso darse cuenta de que alguien entraba en la tienda, tras el pitido del sensor de la puerta, Björn y Göran ya estaban dentro y colocados como dos atracadores tras su espalda. Intentó esconder la tarjeta y limpiarse los restos de chocolate de la boca, pero un avispado Björn se dio cuenta y se la quitó de las manos. Cuando leyó el contenido se carcajeó, provocando un mayor sonrojo en Alieke, y Göran lo miró totalmente descolocado.

—¿De qué te ríes? —preguntó el músico.

Alieke miró a Evelijn que le hizo un gesto a su marido para que le devolviese a la rubia la cartulina, pero al ver la cara de pánico de su tatuadora, prefirió echarla una mano y se la entregó al que estaba claro que era el destinatario.

—Creo que esto es para ti, colega…

Göran cogió la cartulina y vio unas alas tatuadas con purpurina que reconoció como los trazos de Alieke. 

—Tienes que darle la vuelta —le aconsejó Evelijn.

Cuando lo hizo, el sueco de mirada hechizante se encontró con un número de teléfono, una dirección, y las palabras: Vale por una guitarra y alojamiento.

La primera reacción fue un gesto de incredulidad, la segunda fue una amplia sonrisa que con su estallido hizo temblar a Alieke. La tercera fue decirla:

—¿Una cartulina? ¿Estamos en el instituto?

Björn se echó a reír y Alieke se murió de vergüenza, y deseó que la tierra la tragase en ese momento.

El músico seguía riéndose, y la rubia sintiéndose una idiota infantil recogió la caja de esqueletos con los dulces, le quitó la tarjeta de la mano y salió pitando de la tienda antes de que ninguno dijera nada más. Sabía que su amiga la perdonaría por no despedirse y que entendería que estaba demasiado avergonzada y dolida porque él ni siquiera hubiera dicho un gracias por el gesto, o un me lo pensaré…

Aceleró el paso todo lo que pudo hasta que llegó al estudio de tatuajes. Cuando Cathelijn la vio entrar con los ojos llorosos, con la tarjeta que le había hecho a Göran arrugada en una mano y en la otra la caja de papel con los dulces, supo que no era tiempo de preguntar. Ya se lo contaría cuando quisiese. Alieke jamás se había sentido tan ninguneada al regalar una de sus tarjetas. «Eso me pasa por regalársela a un idiota que no tiene corazón» pensó.

En la tienda de ropa, la mirada amenazadora que les echó Evelijn a los dos, les dejó congelados.

A su marido se le cortó la risa al instante, y Göran por primera vez en mucho tiempo sintió miedo porque alguien le cortase a su juicio: el valioso arsenal que tenía entre las piernas. 

—Os habéis pasado un huevo con vuestras risitas.

Björn no dijo nada, sin embargo Göran no pudo callarse.

—¿En serio? ¿Qué tiene…trece años para escribir notitas?

Evelijn le volvió a fulminar con la mirada y muy enfadada le explicó:

—Es un detalle cariñoso. Le gusta escribir mensajes en tarjetas. ¿Y qué? Eso no tiene nada de infantil si el destinatario no es un imbécil que no entiende que algunas personas son amables y tienden a mimar a la gente que les rodea.

Göran alzó las cejas incrédulo. Él si agasajaba a las personas a las que quería, no de esas maneras pero tenía detalles con sus amigos para que supieran que eran especiales para él. Miró a Björn en busca de apoyo y este negó con la cabeza e hizo gestos con las manos. Ni loco se iba a poner en contra de su mujer y en el fondo pensaba que era un detalle bastante bonito.

—Gracias a sus vales en tarjetas, tuve un motivo para sonreír por las mañanas tras nuestra ruptura —dijo Evelin haciendo gestos señalándose a sí misma y a su marido—. Ella estuvo a mi lado. Animándome. Haciéndome sentir querida y valorada con el envío de sus vales. Son detalles románticos que por lo que veo solo las mujeres sabemos apreciar. 

Göran se quedó mudo al recordar el cabreo de su amigo por las notitas con dibujos que había encontrado en una caja y que había supuesto de algún tío que había querido camelarse a su chica cuando no estaban juntos. «Así que eran de ella…» pensó.

—Al menos ella ha tenido un par de ovarios para enfrentarse a sus sentimientos por ti. Ha venido con esa tarjeta dispuesta a conocerte, a abrirte las puertas de su casa, a que tú puedas enfrentarte a tu miedo de tocar con tu guitarra favorita. ¿Qué has hecho tú?

—Lloriquear como un chucho abandonado porque había pasado el fin de semana junto a su ex... —espetó Björn para echar más leña al fuego.

—Seguro que ninguna mujer ha pensado en ti lo suficiente para crear un detalle de esa manera. A ti solo te regalan tarjetas de plástico con números de habitaciones de hotel. Nada romántico o personal.

Göran se sintió fatal al escuchar sus palabras. Evelijn tenía razón. Ninguna mujer había visto en él algo que no fuese sexo. Pensándolo fríamente, había sido un detalle precioso. Raro, excéntrico y un poco infantil, pero bonito. Ella había perdido su tiempo en dibujar las alas, en colorear las esquinas con purpurina, en escribir aquella tarjeta, en llevársela a Evelijn a la tienda para que ella se la entregase. Y él se había reído de ella, la había tratado como a una adolescente, y la había decepcionado.

—La he cagado.

—Pues sí, y me alegro porque en el fondo es demasiada mujer para ti. Es muy sensible.

—Evelijn, por favor.

—Ni por favor ni ostias, maridito. Me estoy empezando a hartar. Es un capullo insensible. No lucha por sus sueños, no lucha por lo que le gusta…Y ella no se merece perder su valioso tiempo con un sueco con corazón de piedra que está tan jodido por dentro que nunca sabrá valorar a una verdadera mujer.

—No te enfades conmigo… —suplicó Göran al darse cuenta del mensaje oculto tras las hirientes palabras de la pelirroja.

«¿Y si a Alieke le importaba, y si quería conocer de verdad al hombre y no al artista?» pensó.

Con un dolor en el interior de su pecho que no lograba identificar con nada que hubiese sentido recientemente, pero que conocía a la perfección porque lo había sentido mucho tiempo atrás, le pidió consejo a Evelijn sobre cómo conseguir que Alieke lo perdonase.

Tras poner caritas de niño bueno, abrazarla y hacerla cosquillas, logró que su amiga lo perdonase y juntos se pusieron a dilucidar una idea para que Alieke no se sintiese triste por su reacción.

Tras una chispa de lucidez, Evelijn cogió del almacén una cartulina blanca y diferentes bolígrafos de colores, que ella utilizaba para las ofertas, y salió al mostrador. 

—Vas a escribirle una tarjeta tú mismo y a dibujar algo en ella.

—¿Estás loca? ¡No pienso hacerlo!

—¿Quieres que te perdone por haberla llamado cría? ¿Por haber despreciado su detalle? —dijo muy cortante Eve—. ¿Por hacerla llorar? 

—Yo no la he hecho llorar…

—Sus ojos estaban al borde de las lágrimas, colega, si no lo hizo fue porque estabas tú delante…

Göran los miró asombrados, sintiéndose como el peor de los hombres en ese momento. Evelijn y Björn habían conseguido hacer que se sintiera muy culpable. Y él no era de los que sentía culpable por nada. «¿Me estoy ablandando?»

—Dame esas cartulinas. A ver qué se me ocurre.

Sí, definitivamente se estaba volviendo gilipollas. A sus treinta y tres años haciendo manualidades como si estuviese en el parvulario.





Minutos más tarde, salió de la tienda de Evelijn con un trozo de cartulina decorado, y se aproximó a la floristería más cercana a por una rosa roja. Según Eve, éstas eran sus flores favoritas, así que esperaba que el detalle la gustase y lograra que lo perdonase. A medida que pronunciaba un paso nuevo se sentía más nervioso. ¿Y si lo mandaba a la mierda?

Alieke ya le había contado el suceso a Cathelijn. Lo supo por el modo en el que la rubia pin-up lo miró cuando cruzó la puerta del estudio. Sus ojos llameaban la misma furia que las madres cuando les hacen daño a sus hijos y el culpable se presenta frente a ellas.

Göran puso una carita triste y le mostró la rosa que le habían guardado en una caja junto con un sobre, y aquello pareció suavizar un poco el rictus de la preciosa rubia ataviada con un vestido de estilo pin up con vuelo, atado al cuello, de color negro decorado con cerezas.

—¿Puedes darle esto?

—En diez minutos acaba de tatuar al cliente que está dentro. Puedes dárselo tú mismo.

 Göran se sentó en el sofá de cuero rojo y Cathelijn le entregó la tarjeta que su amiga había tirado a la basura y que ella había guardado bajo el mostrador. Tras cogerla y volver a leerla, sonrió. La guardó en el bolsillo de sus vaqueros, y fue entonces, al mirar a su alrededor cuando sintió que alguien pretendía fulminarlo con la mirada. 

Una joven delgada de unos veinticinco años, de pelo negro y ojos verdes, lo miraba furiosa. Jamás se había sentido tan amenazado por las miradas de las mujeres como en ese momento. Parecía como si todas las féminas holandesas se hubiesen puesto de acuerdo para odiarlo. 

Miró al hombre que la acompañaba y se encontró con un treintañero gordito, de ojos profundos de color negro, que también lo miraba con odio. Parecía que no solo era el género femenino, sino todo su alrededor. Lo que él no sabía era que  ambos habían visto a su querida Alieke entrar en el estudio con lágrimas en los ojos y eso era algo que no podían perdonar.

Minutos después, cuando la tatuadora salió a despedir al cliente al que había estado tatuando una estrella en el codo, se encontró con algo que no esperaba. En el fondo del estudio, mirando por la ventana como un montón de desconocidos paseaban por las calles de Ámsterdam, estaba Göran. Con una caja y un sobre en la mano. Miró a su amiga y Cat se limitó a sonreír.

—Viene a que le perdones… —dijo la recepcionista en voz muy alta, consiguiendo que Göran mirase en su dirección, y que los dos clientes que estaban esperando lo volviesen a mirar con desdén. A él le encantaba ser el centro de atención, pero no de aquella manera.

—Hola… —dijo acercándose a Alieke.

—Estoy ocupada. No tengo tiempo…

—Lo sé… —le cortó él—. Solo he venido para disculparme por mis palabras y para darte esto —sentenció el músico entregándole una caja con una rosa y un sobre firmado por él.

Alieke no pudo evitar alzar las cejas, incrédula, y enseguida supo que había sido Evelijn quién le había dicho que las rosas rojas eran sus favoritas.

La dieron ganas de tirar su presente a la basura, pero ella no era así. No era de las que trataban mal a la gente aunque esas mismas personas la hubiesen hecho daño. Quizá si ella no fuese tan sensible no hubiera reaccionado tan mal a su gesto, se lo hubiera tomado a risa, pero el pasado a veces regresa a nuestra mente para atormentarnos, y Göran no era el único hombre que se había reído en su cara de sus tarjetas.

—¿George, me das cinco minutos antes de tatuarte?

El chico asintió tras dedicarle otra mirada dura a Göran consiguiendo que Alieke se echase a reír. George era uno de sus clientes más asiduos, y siempre la había visto como una hermana pequeña, era un chico genial, un buenazo. Verle en plan amenazante con el sueco, que le doblaba en altura y en mala leche, la pareció la cosa más graciosa del mundo.

Giró en sus pasos y entró a la zona del estudio dedicada al tatuaje, y Göran, tras un gesto de cabeza de Cathelijn, la siguió.

Cuando entró en la habitación, la encontró sentada en un taburete giratorio frente a su mesa de diseños. Verla abrir el sobre y la caja con la rosa, bajo la atenta mirada del hombre que él había sido una vez desde la fotografía de la pared, le hizo temblar por dentro.

Recordó que la había confesado que él quería volver a ser el hombre que ella y sus fans admiraban y que ella le había dicho que ya lo era. Pero estaba seguro de que en esos momentos solo le odiaría y no habría en su corazón ni una pizca de admiración hacía él. Se equivocó. Porque dentro del corazón de la joven no había lugar para el odio. Nunca había sido de esa clase de personas.

Alieke abrió la caja de la rosa y olió la flor, lo que provocó que algo en su sangre se activara sacándole una pequeña sonrisa. Göran se aproximó a ella, y la joven se volteó para quedar frente a él. Le sonrió y a Göran se le paró el corazón en ese instante, para después volver a latir de una forma descontrolada. 

Cuando la rubia sacó el contenido del sobre, se encontró con una cartulina pintada a mano. Reconoció la caligrafía de él, porque era la misma que había utilizado para firmar el disco que ella había llevado a Barcelona, y eso la hizo quedarse en shock. No esperaba ese detalle por parte de él.

Por un lado de la cartulina estaba dibujada una guitarra y dos mariposas. Por el otro: su número de teléfono, un: LO SIENTO en grandes trazos, y las palabras: Vale por una canción solo para ti.

Aquello era más de lo que Alieke nunca habría imaginado, y cuando lo miró no pudo evitar que una lágrima se deslizara por su mejilla.

Göran sintió como si le hubiesen clavado un puñal en el corazón y alguien se estuviera dedicando a retorcérselo. No soportaba ni verla llorar ni ser el culpable de sus lágrimas. 

—Yo…soy un gilipollas, lo siento de verdad… —murmuró con tristeza y arrepentimiento en su voz profunda—No estoy acostumbrado... 

Se acercó más a la joven y la borró la huella de su lágrima con las yemas de sus dedos. Alieke suspiró y él la alzó la barbilla para que lo mirase a los ojos.

—Perdóname por haber sido tan idiota, por favor…

Ella lo miró en silencio y él lo intentó de nuevo poniendo morritos de niño triste.

—Recuerda que soy ese tipo de ahí —dijo señalando la fotografía—. Alguna ventaja tiene que tener ser tu guitarrista preferido ¿no?

Alieke sonrió y le dio un ligero puñetazo en el hombro izquierdo.

—Perdonado. No lloraba de tristeza sino por tu bonito gesto. Sé que soy una infantil…es solo que…tu cachondeo me ha traído fantasmas…

—No fue solo por mí reacción…

—¡No!

Él la sorprendió abrazándola, y apretándola contra él con una mano en su nuca y la otra en la parte posterior de su espalda. Alieke no pudo evitar que en su estómago rugiesen un centenar de mariposas y que toda su sangre bailase alocada como si estuviera en la primera fila de un concierto haciendo headbanging.

 —Gracias —susurró el hombre cerca de su oído, acurrucando su cara entre el hueco de su cuello y su pelo. Antes de que Cathelijn les interrumpiese con un carraspeo desde la puerta, anunciando que los cinco minutos habían terminado hacía tiempo.

Göran sacó la tarjeta de Alieke del bolsillo y la dijo mostrándosela:

—¿Aún sigue en pie tu oferta?

Cat miró al techo haciéndose la despistada, y Alieke meneó la cabeza antes de reír y decirle:

—Por supuesto.

—Vengo a la hora de cierre con mis cosas. ¿Te parece bien?

—¡Perfecto!

Abrazándola de nuevo, y dándola un beso cerca de la comisura de los labios, la dijo:

—¡Muchas gracias, de verdad! Te recompensaré.

«¿Cómo tendrá pensado hacerlo?» pensó la rubia, mientras que a la preciosa pin up se la estaban ocurriendo un montón de ideas. A cada cual más excitante.

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