CAPITULO 9 DE ALAS DE TINTA

¡Queridos lectores!

Regresa ALAS DE TINTA. Alieke y Göran os echan de menos. ¿Vosotros a ellos?

Sé de algunas locatis que sí. :P

Después de que mi pc quisiera trolearme no dejándome abrir el Word, he podido solucionarlo para copiar y pegar xD

Pues aquí os dejo con ellos, espero que os guste la continuación. Se pone calentit la cosa... Sobre todo en el siguiente capítulo. ¿A qué os dejo con ganas de saber más? jijijiji

¡Pues tendréis que esperar!

¡Un abrazo y gracias por leerme!




CAPITULO 9: Un nuevo amanecer



Dicen que con un nuevo amanecer las cosas se ven de distinta manera. La noche anterior no había resultado como ninguno de los dos había imaginado. La conexión entre ellos parecía haberse enfriado. Los nervios de Alieke, y los miedos y las dudas de Göran, les habían encerrado tanto en sí mismos que un gran iceberg se había instalado entre los dos.


Por ello la joven madrugó un poco más de la cuenta, y tras una ducha rápida se aventuró entre las paredes de su cocina para preparar el desayuno para los dos y dejárselo en la cocina con una nota antes de marcharse.


Preparó una cafetera y diferentes botterham, tostadas de pan de molde que la joven decoró con crema de cacahuete, mantequilla y mermelada de fresa y virutas de chocolate, conocidas estas últimas como hagelslag. Dio cuenta de unas cuantas con una taza de café bien cargado, y tras dejarle un mensaje escrito a Göran en la pizarra de la nevera, se maquilló frente al espejo del recibidor cercano a la puerta y se marchó a trabajar.


Aquella mañana decidió ponerse una camiseta de manga larga de color blanco con una estampación de una pluma de la cual se desprendían cuervos negros formando un corazón, unos vaqueros desgastados, su chupa de cuero con tachuelas y unas playeras color menta de la marca British


No había logrado dormir mucho la noche anterior debido a los nervios, y tras varios intentos de suspiros relajantes de camino al estudio, decidió que tan solo tendría que dejar que el tiempo aconteciese y que las cosas entre ellos fluyeran si así debía ocurrir. Esperaba que al menos el desayuno sirviese para acercar posiciones. Quería que el hombre se sintiese a gusto en su casa, que volviera a ser el mismo, pero eso era algo que no dependía de ella.


Cuando Göran se despertó y recordó que estaba en casa de Alieke, un cosquilleo se instaló en su estómago. Podría haber sido hambre, que hambriento estaba, pero era una especie de cosquilleo de incertidumbre. Dudas entre lo que podría pasar entre los dos o no, entre si volvería a tocar o tardaría semanas, entre si la inspiración regresaría a él o resultaría que estaba acabado…


Mirando por la ventana hacia el Magere Brug, miró la hora y tras constatar que Alieke ya no estaba en casa y que se había marchado al estudio al menos hacía media hora, se dio una ducha y bajó a la planta baja para prepararse algo de desayuno.


 La tarde anterior de camino a casa de la joven habían acordado que no hacía falta que la pagase nada por quedarse con ella porque era su invitado, pero que si llenaba la nevera para que no faltase de nada mientras estaba allí, ella no le iba a poner ninguna objeción. Göran prometió que lo haría encantado a cambio de su hospitalidad y que la ayudaría con las tareas del hogar. Desde adolescente se las había apañado para no depender de nadie y estaba acostumbrado a valerse por sí mismo. A estar solo en casa, a despertar y que sus padres se hubieran marchado al trabajo sin hacerle el desayuno ni la comida, a que su hermano Daniel ni siquiera apareciese por casa.


Cuando llegó a la planta baja el olor a café invadió sus fosas nasales arrancándole una sonrisa de placer. Necesitaba un sorbo de café bien negro para ir poniéndose las pilas. En la barra americana se encontró un plato vacío con una nota escrita en un pos-it de color amarillo fluorescente, y con un juego de llaves de la casa con un llavero redondo con un dibujo de una máquina de tatuar y el nombre del estudio serigrafiado.


«¡Buenos días! Espero que hayas dormido bien. Siéntete como en tu casa. Aquí te dejo un juego de llaves para que entres y salgas cuando quieras. Diviértete. Besos, A.» 


El joven sonrió y guardó las llaves en su bolsillo. Cuando se giró para calentarse el café en el microondas se encontró con otro mensaje en la puerta de la nevera. La joven ya le había advertido que tendría que estar muy atento a los mensajes de la pizarra, porque esa sería su forma de comunicarse si no se encontraban. En la pizarra Alieke había dibujado un horno y al lado un bocadillo de diálogo en cuyo interior unas palabras decían: Ábreme y disfruta de tu rico desayuno.


Cuando el músico lo hizo se encontró con cuatro tostadas de pan de molde, dos con virutas de chocolate, una con crema de cacahuete y otra con mantequilla y mermelada de fresa, que aún estaban calientes. La chica había pensado en todo y antes de marcharse había puesto unos minutos el horno para que se concentrara el calor y no estuviesen frías cuando él se levantase. 


Se las sirvió en el plato vacío con el café y las degustó con una sonrisa permanente en los labios. Era la primera vez que alguien, que no fuese Björn o Evelijn, le hacía el desayuno. La primera mujer con la que compartía casa y que cocinaba para él, aquello era toda una novedad. 


Con su primera novia no había llegado a compartir casa, ambos vivían cada uno en casa de sus padres, y con la segunda sí que lo había hecho pero no era de las que cocinaba. Al menos si el hombre no quería terminar llamando a los bomberos. Por lo que el gesto de la joven le había calado muy hondo.


Después de la noche que había vivido en la que él había estado demasiado silencioso, temeroso y lleno de dudas para ser buena compañía, y ella con miedo de no saber cómo hacerle sentir menos violento al tener su guitarra entre las manos, ni siquiera habían hablado de cosas triviales antes de acostarse.


Recordó su promesa de recompensarla por su actitud con la tarjeta con purpurina y en ese mismo instante, mientras terminaba su desayuno y lavaba la vasija, decidió que saldría a comprar una nueva guitarra y planearía qué cocinar para por la noche cuando ella regresase de trabajar. Esa noche sería él quien hiciese la cena.




Horas más tarde llegaba a casa con una guitarra nueva con todos sus complementos. De todas las que había probado se había quedado con una Caparison color blanco, que estaba seguro de que le iba a ayudar a que la inspiración regresase. Si no conseguía tocar con aquella guitarra dudaba que alguna vez pudiera volver a hacerlo. 


La sacó de su funda, la preparó para tocar y con una de las púas que había comprado logró marcar un par de notas. Después de mucho respirar y de intentar tranquilizarse una y otra vez, se había sentado en el sofá y tras un chasquido de dedos había conseguido que éstos le correspondiesen. 


Alieke no estaba delante, no se sentía bajo presión al sentir sus ojos esperanzadores observando cada uno de sus movimientos, y todo fue más fácil. Al menos ya sabía que a sus manos no les pasaba nada y que podían volver a tocar. Solo era cuestión de tiempo y seguridad.


Cuando la confianza en sí mismo cobró más intensidad, se dejó llevar tanto que los dedos comenzaron a marcar antiguas notas, a toda velocidad, sin titubeos, sin paranoias, con algún que otro fallo pero la cosa parecía fluir. Volvía a ser solo él y su música, como siempre había sido. Y eso le hizo sentirse pleno. Con nubarrones negros sobre su cabeza, sí, pero su mundo comenzaba a elevarse otra vez.


Con su teléfono móvil, colocándolo sobre la mesa del comedor, de manera que lo enfocara bien, se sentó en una de las sillas y comenzó a tocar mientras su Iphone 5s dorado, grababa.


Cuando terminó uno de sus antiguos solos, y revisó el video, se lo mandó a la joven al número que le había dado.


Cuando Alieke terminó de tatuar el logo de una de las bandas favoritas del cliente al que estaba tatuando, admiró su diseño creado como si fuera un puzzle con cada pequeña pieza delimitada y sonrió. 


La encantaba tatuar cosas relacionadas con grupos de música, con bandas que incluso ella misma escuchaba y de los que era fan, porque sabía que la música era una de las grandes curas de la humanidad. 


Ella pensaba que cada canción y cada letra de un grupo eran antídotos capaces de calmar al corazón más dolorido y hacerlo recomponerse, y lo sabía y había experimentado en carnes propias. Porque dejaban de ser meras canciones para convertirse en bandas sonoras de momentos, de recuerdos, de luchas por vencer los miedos. 


Por eso cuando sus clientes se tatuaban algo relacionado con las bandas a las que admiraban, era un orgullo para ella impregnar de tinta su piel y que siempre tuvieran un recuerdo al que aferrarse, un símbolo, un dibujo que mirar en el espejo para coger fuerzas. 


Se dirigió a su Iphone para saber quién la había mandado el mensaje cuya melodía había sonado mientras tatuaba, y al ver que era un WhatsAap de Göran, no pudo evitar que toda su sangre se alterara y brincase de alegría.


 Cuando lo abrió y vio que se trataba de un video, se extrañó. Pero todavía se sorprendió más cuando lo reprodujo y vio que era el hombre tocando la guitarra. 


Estaba sentado en su salón-comedor, mientras sus dedos se deslizaban a toda velocidad sobre las cuerdas, dando vida a uno de sus antiguos solos. Aquello la hizo temblar y sonreír como una idiota, y cuando su mejor amiga entró con el nuevo cliente, al ver su cara emocionada y la huella de unas lágrimas deslizándose por sus mejillas, husmeó en su teléfono. Cathelijn le dio a reproducir el video y se quedó flipada al ver el contenido.


—¡Lo ha conseguido! 


Alieke sonrió y la rubia le preguntó:


—¿Por qué lloras?


—De felicidad. Presiento que hoy va a ser un gran día.


Cathelijn rompió a reír y abrazó a su amiga. Ninguna de las dos sabía exactamente hasta qué punto disfrutaría del día que el destino le tenía preparado.


Alieke escribió un mensaje a Göran y siguió con su trabajo.


«Me has hecho llorar. Estoy muy orgullosa de ti. Sabía que lo conseguirías. Me gusta tu nueva guitarra! Muy Chris! Besos, A.»


El hombre sonrió al saber que a la joven le había gustado el video, y que incluso había reconocido la guitarra signature que había comprado. Sabía que era una gran fan de las bandas que la gustaban, pero no todo el mundo era capaz de reconocer los equipos que utilizaban los artistas que les gustaban, e incluso modelos utilizados en el pasado. 


Parecía que aunque no tuviese ni idea de tocar ningún instrumento, algo que ella misma le había declarado en una conversación mientras lo tatuaba, si la interesaba conocer esos detalles. No esperaba menos de alguien como ella pero aun así había logrado sorprenderlo otra vez. Göran ya había perdido la cuenta de las veces que la mujer lo había conseguido. 


Por un momento se sintió celoso de que conociese las guitarras de otros artistas, pero tras mirar la pared del salón sonrió porque era la suya, la que él había sentido como favorita tiempo atrás, la que decoraba realmente la pared plateada de su salón. Aunque Asator no fuera un grupo tan reconocido, era a él a quien ella admiraba y con eso le bastaba.


Al otro lado de la ciudad, Evelijn y Björn recibieron el mismo mensaje y no pudieron evitar sentirse igual que Alieke, felices y orgullosos. Por fin su amigo comenzaba a ver algo de luz en mitad de la oscuridad. Aunque a la cotilla de Evelijn lo que más le encantaría saber era si ya habría pasado algo entre los dos, o aún se lo estarían pensando.


—Creo que para saber eso tendrás que esperar a que Alieke te informe. No creo que Göran nos hable de esos temas si no le interrogamos —dijo Björn mirando a su mujer.


—No me tientes…que le inundo el móvil con preguntas ¿eh? 


—Olvídate de ellos. Ven aquí y aprovechemos que estamos solos… —dijo tumbándose encima de ella y aplastándola sobre el sofá. 




Cuando Alieke entró en casa después de su jornada laboral, con ganas de descansar y aprovechar el fin de semana, se encontró a Göran trasteando en su cocina, y con la mesa del comedor preparada con mantel, copas de cristal vacías, cervezas esperando ser abiertas y velas para dos.


Cuando entró en la cocina y se le quedó mirando con las cejas alzadas, él sonrió y después de acercarse a ella y darla un beso en la mejilla y un leve abrazo, la aconsejó:


—Ponte ropa cómoda que la cena ya está casi lista.


—¿Eres tú el que no solía cocinar? —preguntó ella recordando lo que le había dicho la noche anterior.


—Ya. Pero quería recompensarte por mi humor sombrío de anoche. Dale, cámbiate.


La joven subió a su habitación, se puso el pijama azul con un pitufo dibujado, y se calzó sus zapatillas con forma de rostro de una pitufina rubia. La encantaban, casi se podría decir que tenía unas zapatillas a juego de cada pijama temático que tenía, y aquel atardecer era la noche de Los Pitufos.


Göran la esperó mirando por la ventana hacia el Magere Brug. La mesa ya estaba puesta y solo faltaba ella. El hombre había cocinado diferentes platos típicos, todos holandeses, y eso la hizo sentirse afortunada. Que alguien de fuera se molestase en cocinar lo típico del país y más viniendo de él que no solía cocinar muy a menudo, era un detalle a tener en cuenta. Algo que la agradó y la hizo olvidar la escasez de palabras y la frialdad de la noche anterior. 


Cuando la vio entrar al salón vestida con ese pijama y con las zapatillas de peluche, no pudo evitar partirse de la risa. No acababa de acostumbrarse a la chica dulce que tenía frente a él. Nadie esperaría que una joven tan tatuada y de apariencia tan radical fuese tan angelical, pero lo era. Y no solo por las alas que decoraban su espalda.


Se sentaron a cenar, y mientras degustaban la sopa de guisantes, patata y trocitos de salchicha, conocida como erwten soep, que había preparado Göran, hablaron de lo bien que se sentía al haber conseguido tocar, y de lo orgullosa que ella se sentía.


—Reconociste la guitarra...


Alieke sonrió como respuesta.


—¿Conoces muchos modelos de guitarra?


—Solo los de aquellos guitarristas cuya música me apasiona. Celoso ¿o qué?


—Para nada. Solo la mía forma parte de la decoración de tu salón.


Alieke estalló en carcajadas y Göran no pudo evitar sentirse feliz. 


—Tú no tienes abuela ¿verdad? —preguntó la joven.


—¿Perdona?


—Es una pregunta retórica. Hay una expresión española: no tener abuela, que se emplea cuando alguien no es modesto con sus cualidades. Por eso de que las abuelas quieren mucho a sus nietos y se pasan el día enumerando las cosas buenas que tienen… 


Esta vez fue Göran el que no pudo reprimir deshacerse en sonrisas.


Allí, cenando junto a ella algo que él mismo había elaborado, riendo y compartiendo confidencias, todo parecía distinto. Era algo que no había esperado, y sentirse del modo que se sentía junto a ella, tan relajado, tan en paz, fue algo que le descolocó por completo porque no estaba para nada acostumbrado.


Cuando atacaron los mejillones al vino blanco, ella le sorprendió:


—Esto está buenísimo. Deberías cocinar más a menudo. No se te da nada mal.


—Gracias. No está tan rico como tu dulce desayuno, pero Björn y Evelijn me han dicho alguna vez que tengo mano para la cocina.


—Me alegra que te gustase. Si no vuelves a tocar en una banda siempre puedes abrir un restaurante —le espetó bravucona la chica para intentar chincharle un poco.


—Ohh, eso ha sido un golpe muy bajo —murmuró bajito simulando que lloraba.


Alieke sonrió y bebiendo la copa de cerveza que él había rellenado segundos antes, lo miró fijamente a los ojos de forma pícara y al tragar el líquido perfiló su labios con la punta de su lengua para quitarse las gotas que se habían escurrido al reír.


Göran persiguió cada leve movimiento de su lengua con sus pupilas y no pudo evitar que su entrepierna se tensase. Aquel ángel le iba a matar como no dejase de sonreír y de mirarle del modo que lo estaba haciendo.


Para terminar la cena, el joven sirvió un trozo de pastel de manzana para cada uno y guardó el resto en la nevera. Ante la cara de asombro de la joven la explicó:


—Este lo he comprado. A tanto no llego…


Los dos sonrieron y siguieron charlando mientras la noche comenzaba a caer sobre cada rincón de Ámsterdam y él la preguntó los planes que tenía para ese fin de semana.


—Nada especial. Relajarme y desconectar un poco, supongo. ¿Por qué?


—¿Te gustaría pasarlo conmigo? Dar una vuelta por la ciudad, enseñarme tus rincones favoritos…


—Me encantaría… —contestó una feliz Alieke.


Mientras recogían los platos, y ella los fregaba mientras él los secaba, la susurró:


—Bonito pijama.


—Muy infantil ¿no? No creas que no he visto tus risitas cuando he bajado las escaleras.


Göran sonrió y la explicó que le gustaba el pijama, y que no la veía infantil. Que simplemente no se acostumbraba a esa dualidad entre dulzura y tatuajes, que él se había hecho una idea de ella cuando la conoció en el avión y que le estaba desmontando todos sus cimientos.


—¿En serio? ¿Qué pensaste de mí?


—Umm, no. No lo quieres saber.


—¡Venga! ¡Estás en mi casa! Te obligo a que me lo cuentes…


—No, que me tendría que buscar un hotel esta misma noche.


—¿Tan mala es tu opinión de mí? —preguntó dolida y con miedo de conocer la respuesta.


Tras ver la mirada perdida de la joven y su tristeza, Göran decidió sincerarse y dejar claro lo que pensaba de ella. Mientras Alieke colocaba los platos y las copas en el armario correcto, escuchó la voz grave del hombre tras su espalda.


—Pensé que eras la tía menos femenina que había visto en mi vida. Una chicazo total, una listilla sobrada de consejos con aire de borde.


—Borde ¿yo? Lo dice el hombre que te convierte en piedra en una sola mirada.


Göran sonrió al escuchar sus palabras. Evelijn le había dicho muchas veces que su fría mirada no le causaba ningún miedo, pero que otras quedarían temblando tras un fogonazo de sus glaciales ojos. 


—Y lo de chicazo…—comenzó a protestar la joven cuando él la cortó.


—Olvídalo, solo con verte el otro día con ese vestido ajustado de leopardo y tacones…ya me quedó todo más claro.



La que en ese instante sonrió fue ella. Esa sí que no se la esperaba. Qué él recordarse uno de sus modelitos de días pasados la hizo sentirse poderosa.



—Y ya no opino que seas ni resabiada ni borde. Sino todo lo contario, amable y dulce. Has tenido detalles conmigo que no ha tenido nadie…


—¿Te estás retractando?


—Ya te he dicho que me has desmontado todos mis pensamientos. No eres para nada como creía que eras. No dejas de sorprenderme.


—Espero seguir haciéndolo.


—Y yo espero que sigas teniendo ganas de querer hacerlo…


Su último comentario le dejó a la joven un regusto amargo. «¿Por qué no iba a querer hacerlo?» Entendió en aquellas palabras que Göran no se valoraba lo suficiente a sí mismo. Y eso no la gustó.


Tras sus palabras, ambos se miraron tan intensamente a los ojos que Alieke tuvo que tragar saliva, y agarrarse a la encimera de mármol para no caerse en medio de la cocina. Las rodillas le temblaron mientras toda la sangre de su cuerpo hormigueaba bajo su piel.


—¿Una película? —preguntó la joven para romper ese aura de tensión sexual que les había dominado. No se lo iba a poner tan fácil.


—¡Perfecto!


Göran sabía que ella estaba tratando de obviar lo que acaba de aflorar en la cocina, y por primera vez en toda su vida no le importó. Estaba acostumbrado a obtener del sexo opuesto lo que quería en el momento en el que lo quería, y sin embargo con Alieke se tomaría su tiempo, no tenía prisa ninguna.


Sabía que acabaría entre sus brazos, Eve le había dicho que la atraía físicamente, y él mismo lo había notado en su forma de comerlo con la mirada. Pero quería ir despacio con ella. Iban a convivir durante el tiempo que él decidiera quedarse, y tenía, a su juicio, todo el tiempo del mundo para saber si sus instintos esta vez no le fallaban. Aunque se muriese de ganas por conocer cada centímetro de piel oculto bajo ese pijama azul, esperaría. Pero no mucho.




Al día siguiente Alieke madrugó para preparar el desayuno. Después de ver una película con Göran y del cansancio acumulado durante toda la semana, cayó rendida en la cama en cuanto se acostó. Por ello con los primeros rayos del tibio sol, sus ojos se abrieron.


Ya había hecho yoga, se había duchado y después le había dado tiempo a cocinar unas crepes que rellenó con trocitos de fruta fresca y un par de tostadas dulces. Estaba sacando la leche de avena de la nevera para servirse un café cuando Göran la sorprendió con un soplido en su nuca, justo en la parte del cuello en el que no reposaba su rubia melena.


—¡Qué susto! No te oí bajar… —gritó Alieke con su corazón a mil por hora.


El joven se rió bajito y miró el desayuno que reposaba sobre la barra americana antes de arrinconarla contra la nevera que abrió con ella delante para sacarse un brick de zumo de naranja que había comprado la tarde anterior.


Alieke se puso colorada y bajó su mirada hacia al suelo. Se lo quitó de encima de un empujón leve, provocándole otra sonrisa. 


Sabía que él lo estaba haciendo a posta para ponerla nerviosa y no sabía hasta cuándo podría evitarle. Porque cada vez que lo tenía cerca y la miraba de esa manera tan intensa, con esos hermosos ojos azules llenos de destellos de picardía, su entereza se venía abajo, y un duendecillo le gritaba dentro de su cabeza que se lanzase a por él como un lobo a un corderito, que no le dejase ni los huesos.


—Sabes que ese zumo es todo azúcar ¿verdad? Que de fruta no tiene nada…


Göran la miró y se echó a reír.


Desayunaron, y Alieke le contó que lo llevaría al parque Vondelpark, al suroeste de la ciudad, para disfrutar de un día al aire libre, aprovechando que aquella mañana la lluvia no había decidido acercarse a la ciudad.


Göran ilusionado aceptó encantado.


El día resultó una experiencia mágica. El tiempo sucedió con tanta prisa, que cuando quisieron darse cuenta ya estaba anocheciendo mientras paseaban por los canales cercanos al distrito Red Light, conocido mundialmente como el Barrio Rojo. Después de cenar en un pequeño restaurante y de tomarse una cerveza, se fueron para casa planeando la película que verían esa noche. O eso creía Alieke.

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