ALAS DE TINTA. CAPI 2 DE LA SEGUNDA PARTE

¡Queridos lectores!

Después de la entrada especial de Halloween, en la que Jaume os regalaba su relato Luces y Sombras, actualizo de nuevo con un capítulo de ALAS DE TINTA.

La segunda parte empieza a cobrar vida, y llegan unas escenas que espero que os saquen unas sonrisas. También habrá nostalgia y mala leche, pero forma parte de la esencia de Alieke y Göran.

¡Espero vuestros comentarios en redes!

¡Un abrazo y mil gracias por seguir leyendo cada semana! ¡Significa mucho para mí!



CAPÍTULO 2. Convención de Estocolmo


Alieke y Cat viajaron hasta Estocolmo para la convención de tatuajes. Ambas para trabajar.


Una para tatuar y la otra para modelar, firmar fotografías de la marca noruega de ropa, SØT DØT, para la que llevaba meses trabajando, y para bailar en pole dance como hacía mucho tiempo que no bailaba.


El creador de la marca era Ivar, amigo de Alieke y tatuador, y por ello la joven holandesa había decidido compartir stand de tatuaje con uno de sus grandes amigos de la profesión. Para juntar fuerzas y para vigilar los pasos de su amiga Cat y del noruego que la tenía loca perdida: el modelo Sven Nilsen.


Lo que no sabía cuándo llegó y comenzó a montar el stand con los books profesionales y sus herramientas de trabajo, era que en aquella convención estaría una persona a la que había extrañado demasiado.


Se sorprendió muchísimo al darse cuenta de que Daniel, el hermano de Göran, era uno de sus clientes. Pero más perpleja se quedó cuando se encontró a Björn, y al mismísimo Göran con una striper colgada de su brazo mientras los otros miembros de la banda revoloteaban a su lado.  


El primero la saludó con un abrazo efusivo y la puso al día de sus últimos conciertos, el segundo ni siquiera la habló. La saludó con un ligero movimiento de cabeza y en cuanto pudo, huyó con su amiga y se alejó de allí. Como si nunca hubiese vivido con ella. Como si no la conociese de nada. Como si no la hubiese echado de menos.


Sin embargo, horas después, pudo sentir su mirada de cabreo durante toda la sesión de tatuaje de su hermano. A momentos Alieke lo disfrutó. Al menos percibir esa mirada atormentada le hizo sentirse menos jodida. Sabía que él la estaba observando y por eso sobreactuó.


Fue duro tatuar a Daniel y no hablar de Göran. Fue una tarea muy difícil tatuar al sueco sin abrir la boca y reprocharle todos los comentarios dañinos que había lanzado hacia su hermano en las redes sociales y en las revistas del mundillo musical.


Hubiese preferido no tener que tatuarle, pero calló. Se repitió en su mente que había sido una simple casualidad, otro de esos reveses del destino que a veces tenía por bien regalar. Un revés que sin embargo, la había venido muy bien para no sentirse tan devastada por el encuentro con Göran, y su forma de comportarse.


No esperaba que se lanzase a sus brazos, cuando estaba claro que ya tenía quién le calentase la cama por esas noches en la ciudad, pero podía haber sido mucho más amable. Ella sabía que en el fondo era un buen hombre, aunque quisiera dejar claro al mundo que era todo lo contrario.


Cuando terminó de trabajar, guardó su máquina y sus cosas personales en el maletín de acero y decidió marcharse para el hotel. Algo triste y abatida por haberse encontrado con su maestro de la guerra y que éste se hubiera hecho el idiota. Se despidió de Ivar con un abrazo que por unos segundos la reconfortó, de Sven y de su rubia preferida: Cat, con una mirada que la dijo mucho más de lo que había pretendido.


—Lo superarás. Eres fuerte, pequeña.


—Lo sé. Pero duele, princesa.


—Luego hablamos ¿vale?


Sin embargo, al cruzar la puerta del recinto donde se celebraba la convención de Estocolmo, se encontró con alguien que no esperaba.


El sueco de metro noventa y pelo anaranjado sobre los hombros, la retó con la mirada.


Göran llevaba vigilándola un rato cuando la había visto prepararse para marcharse y decidió enfrentarse a ella.


Quería interrogarla, echarla en cara esas sonrisitas con su hermano que tanto le habían minado la paciencia y el orgullo, para qué ocultarlo. Pero sobre todo necesitaba tocarla, tenerla cerca.


—¿Tonteas con mi hermano para llamar mi atención?


—Solo he sido amable con un  cliente. ¿Ahora si me disculpas? —le espetó antes de emprender camino.


No pudo ni dar un paso. Göran la cogió por una de sus muñecas y la volteó para que lo mirase de frente impidiéndola marcharse. Alieke le miró y el mundo tembló bajo sus tacones. Estaban demasiado cerca. Casi podía sentir su aliento cerca de su rostro.


Se miraron fijamente con ira llameante en sus pupilas. Se retaron. Como si llevaran demasiado tiempo enfadados el uno con el otro sin decirse el verdadero motivo. Parecían dos volcanes a punto de erupción. Él necesitaba tenerla cerca, retenerla, aunque fuese discutiendo con ella. La había echado mucho de menos aunque no se atrevería a decírselo. Y la joven aunque no quisiera admitirlo, también.


—Alieke…


—No. ¿Por qué no haces como antes, cuando se acercó Björn…como si no me conocieses de nada?


—Yo…me quedé en shock. No sabía que te iba a encontrar de frente.


—No me saludaste ni con un abrazo. Le dijiste a esa chica que no era nadie, te leí los labios ¿sabes?


—Yo…


Aprovechando su indecisión la chica se deshizo de su agarre para continuar con su camino, cuando el joven se lo impidió una vez más poniéndose delante de ella. Tropezó con su pecho y eso la hizo enrojecer.


—Llevas la púa… —le dijo sosteniendo el colgante entre sus dedos mientras sonreía.


—Sí. ¿Y? —le escupió ella.


Los dedos le hormiguearon. Al coger el colgante había rozado la piel de su escote y la caricia había sido demasiado para su corazón. Toda su piel la echaba de menos.


—No pensé que la seguirías llevando…


—Pues sí. Fue un regalo de mi guitarrista preferido. Es un genio ¿sabes? —le lanzó con rabia antes de taladrarle y quitarle la sonrisa que se había instalado en su rostro tras sus palabras: es maravilloso sobre el escenario…


—Pero al bajarse de él…—continuó él.


—¡Se queda en la mitad!


Salió disparada del lugar de la convención, aprovechando el shock en el que se había quedado el sueco tras lanzarle uno de sus mayores demonios. Si no hubiera apresurado sus pasos no hubiera podido marcharse. La mandíbula tensa y su mirada triste y perdida la resquebrajaban el alma a cada suspiro.


Y por mucho que horas antes sonriese a su ligue, desde que la había mirado a los ojos, Alie se había dado cuenta de que no era tan feliz como quería aparentar. Ella le conocía. O creía conocerle.


Sabía que el joven había vuelto con la mente a esa noche en su apartamento cuando le preguntó sobre cómo se sentía cuando estaba sobre un escenario.


—¿Qué te gusta más del directo?


—Cuando todo está a oscuras y comienzo a marcar las primeras notas de una melodía. Nacen entre el silencio, atronándolo, dándole forma… Esa sensación es indescriptible.


»Es una mezcla entre pasión, euforia, miedos y dudas por querer hacer un buen show y no ser capaz. Esa incertidumbre que te repiquetea dentro de las venas y acelera el pulso de tu corazón…


—¿ Y lo que menos?


—Cuando las luces se apagan, nos despedimos del público y el concierto finaliza. Cuando vuelvo al camerino, a la realidad. Entonces dejo de estar en el paraíso para pisar tierra firme. La oscura realidad regresa y con ella el vacío, las discusiones, los problemas con mi hermano, los egos…


—Tendrás que aprender a encontrar el equilibrio entre ambas. No puedes pensar así. Tú eres un gran hombre sobre el escenario y fuera de él.


—Yo creo que cuando no estoy en el escenario no soy nadie. Me siento vacío, es como si me quedase en la mitad, como si fuese un hombre incompleto…


—¡No puedes pensar así! —le gruñó al sentirle tan decaído—. En la tierra también hay paraísos, también puedes sentirse completo…


—Paraísos aquí… creo que sí, ahora mismo tengo uno entre manos… —susurró el joven besando sus labios mientras sus manos comenzaban a perderse en las partes más íntimas de su anatomía.


Alieke volvió a la realidad y Göran también. Ambos habían regresado a la misma escena y sus cuerpos se estremecieron en escalofríos al paso de los recuerdos.


Dentro de su sangre, mientras los pasos pronunciados la separaban de aquel lugar, unas ganas enormes de regresar, besarlo y de abrazarlo se acumularon tanto en su interior que cuando paró un taxi y se subió en él, tras darle la dirección al taxista, no pudo evitar que unas lágrimas furtivas se deslizasen desde sus ojos por sus arreboladas mejillas.


Por un momento lo deseó. Y sabía que no le importaría lanzarse a por él delante de aquella groupie ni de su hermano ni de nadie. Pero él no lo merecía.


No podía seguir negándose a sí misma que su maldito corazón solo latía enfebrecido y con fuerza cuando lo tenía a él delante. Göran era especial. Aunque se hubiese marchado de su casa para seguir con su vida como si lo suyo no hubiese sido algo especial. Cuando él la tocaba o la miraba con esa intensidad capaz de traspasarla, la distancia y el tiempo separados no importaban.


Sabía que jamás podría quitárselo de la cabeza. Jamás podría volver a escuchar su música sin sentir sus gélidas manos recorriendo cada parte de su cuerpo, aunque solo fuesen los recuerdos de unos días y meses excepcionales.


Él la vio marchar y no pudo evitar sentir como una parte muy profunda de él se marchaba con ella. Cuando la vio subirse a un taxi, mientras su rollete le abrazaba por detrás después de llevar un tiempo buscándole, se dio cuenta de que jamás encontraría a una mujer como ella. Su chicazo, su rubia de apariencia radical pero con el alma de un ángel, su fan número uno, la única que había querido mirar a través de sus pupilas y atravesar su alma.


El ángel que lo había salvado de su propia oscuridad. Jamás podría reemplazarla en su corazón y eso le dolió más de lo que hubiese querido. Ni todo lo que había pasado con su hermano lo había dejado tan abatido.


Cada día que pasaba sin que estuvieran juntos se alejaban un poco más, y se perdía un poco más a sí mismo. Perdía a ese hombre que había comenzado a ser con ella, a ese hombre que siempre quiso ser, y que ya no era. El viejo Göran era el que estaba allí plantado viendo como la mejor oportunidad, de toda su vida, para ser feliz, se subía a un taxi.

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