ALAS DE TINTA, CAPITULO 4 DE LA SEGUNDA PARTE

¡Queridos readers!

Una semana más os traigo una nueva actualización de ALAS DE TINTA. Espero que sigáis teniendo ganas de descubrir más porque la historia ya va llegando a su final...

¡Un abrazo y mil gracias por leerme!


Capítulo 4. Welcome to Ámsterdam

Un tiempo después de su encuentro con Alieke en Estocolmo y de su conversación con Björn, Göran aprovechó el parón de la gira para viajar junto a su amigo a Ámsterdam, hospedarse en un hotel y acudir al estudio de Alieke para hablar con ella.

Quería encontrarse con ella. Necesitaba tenerla cerca y había pensado que tenía la excusa perfecta: que le arreglase el tatuaje de la espalda que se había estropeado tras su discusión en Estocolmo y la caída sobre un vaso. El resultado había sido una fina cicatriz que quedaba mal sobre la obra de arte de Alieke y él quería que se lo arreglara. 

Con lo que no contaba era con que ella no le iba a recibir. 

Después de hablar con Cat, había tenido que esperar a que la pin-up hablase con su amiga, para ver como minutos después, esta le daba una tarjeta para que fuera al estudio de su amigo Brian y le tatuara él.

Cathelijn le dijo que no tenían hueco disponible para atenderlo. Y al joven no le bastó. Sabía de sobra que podía hacer horas extras, en el pasado lo había hecho, pero le sorprendieron dándole la tarjeta de otro tatuador. Al reconocer el nombre de la tarjeta como el del highlander musculado con el que la había visto en fotos en sus redes sociales, y del que había sabido algunas cosas por Eve, se quejó ante la rubia modelo.

—¿Se está riendo de mí?

—Es un buen tatuador.

—Y su folla amigo también. ¿Crees que soy idiota? Todos los seguidores de sus redes sociales lo saben.

«Ahora ya sabrá que fisgo sus redes…joder!»

Cathelijn hizo como si no le hubiera escuchado aunque por dentro estaba intentando contener la risa que le producía verle así de celoso. Se lo volvió a repetir despacio, como si fuera un niño pequeño, mientras Alieke escondida lo estaba viendo y escuchando todo. 

Que hubiese ido a verla para tatuarse en el parón de la gira en vez de estar con alguna de sus groupies la hizo sentirse bien, pero no se lo pondría fácil. La había hecho demasiado daño.

—Es un buen tatuador. Si dices que vas de su parte te hará hueco y precio.

—No necesito limosnas. ¡Puedo pagarme al tatuador que me da la gana! —espetó mientras rompía la tarjeta en pedacitos antes de entregársela a Cat—. Dile a tu amiguita que o me tatúa ella o no me tatúa nadie. ¿Está claro?

—Pero… —al ver su cara de cabreo simplemente le contestó: Cristalino.

Y sin escucharla, dejándola con la palabra en la boca, salió del estudio más cabreado de lo que había estado en toda su vida.

No solo tenía que aguantar que la mujer por la que había decidido cambiar de vida se estuviese follando a otro, sino que además tenía que hacerse a la idea de que no lo quería ver ni en pintura.

Seguro que lo primero que habría hecho al llegar de Estocolmo había sido romper su guitarra y tirar a la basura cualquier cosa que le recordase a él. 

Y él había soñado tenerla a solas, poder hablarla de cómo se había sentido, poder preguntarla por su silencio, por las iniciales que había dejado escritas en su armario para la ropa interior.




Dias más tarde, de camino a comer con Björn y Evelijn, no pudo evitar pararse frente a la tienda de cupcakes preferida de Alieke. Fue, al ver el tipo de cupcakes que la joven siempre compraba cuando estaba con él cuando algo en su interior tintineó. Una luz se encendió en el fondo de su cerebro.

Una loca idea le pasó por la cabeza en el mismo momento en el que una joven rubia de aspecto radical, tras una esquina, observaba sus pasos sin que él se diera cuenta.

A Alieke se le detuvo el corazón. Necesitaba azúcar para sobrellevar la visita inesperada de Göran y todos los sentimientos que habían aflorado con su llegada, todos los pensamientos encontrados, las dudas, los recuerdos de tiempos que la habían hecho sonreír como no había sonreído nunca. Como hacía meses que no sonreía.

Cuando lo vio mirando el escaparate de la tienda de dulces, no pudo evitar que su corazón se saltase varios latidos y se acelerase.

Le observó a escondidas. Deleitándose con la silueta de su figura, porque por mucho que su cabeza quisiera olvidarse, todo su cuerpo reaccionaba de manera instintiva y alocada. Sabía que estaba pensando en ella y ser consciente de ello la generó demasiadas emociones.

No había como sonreír a alguien a quien odiaban para obtener su total atención.

Estaba guapísimo, en forma, con sus brazos más musculados que nunca bajo una camiseta gris ceñida. Quiso acercarse, decirle que le arreglaría el tatuaje, abrazarle, pero su orgullo de mujer fue más fuerte esa vez que su tembloroso corazón y sus pies no se movieron del sitio.

Después de un suspiro hastiado volvió al estudio sin su ración de dulces y tras una mirada inquisitiva de Cat, se lo explicó todo.

—Así que sigue por aquí…que raro…

Estaba mitad cabreada, mitad triste. Y no había podido conseguir su ración de azúcar, por lo que además se sentía insatisfecha.

Recordó esa frase de que un clavo sacaba otro clavo, y por un momento pensó que no habría un hombre sobre la faz de la tierra capaz de hacerla olvidar sus sentimientos por Göran. Ni siquiera Brian. Y eso la hizo sentirse sucia. Como si estuviera engañando al hombre que intentaba a cada momentos juntos hacerla reír, hacerla feliz.

Pero estaba descontenta con tantos aspectos de su vida que decidió centrarse en su trabajo y diseñar nuevos tatuajes antes de que su cerebro estallase por completo. 

El estado de ánimo de Göran era muy distinto. No estaba triste, sino ilusionado. Con una idea fija rozando las paredes de su mente. Tras un impulso, llamó al primo de su bajista, que ya le había tatuado unas letras en su cadera, y tras una foto al escaparate se marchó hacia el hotel donde se hospedaba esa noche. 

Al día siguiente regresaría a Suecia, a Gotemburgo, su casa, su hogar. 

Pero antes quería atar todos los cabos sueltos que presentía tener en su interior. Necesitaba desconectar y poner su mente en orden antes de volver a girar con la banda. Pero también necesitaba otro tatuaje. Requería otro pedazo de tinta con mensaje enmascarado que lo ayudase a seguir en pie sin perder ni la sonrisa ni la esperanza.

Un tatuaje con el que poder mandar mensajes en clave que esta vez esperaba que la destinataria supiera descifrar.

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