ALAS DE TINTA, CAPITULO 5 DE LA SEGUNDA PARTE

¡Queridos lectores!

Ya está quí un nuevo capítulo de ALAS DE TINTA.

La historia de Göran y Alieke sigue su curso, y parece que las aguas tornan a su cauce ¿o no?

Quién sabe...la vida da muchas vueltas, y los asuntos del corazón también...

¡Espero que os guste!

¡Contadme vuestras impresiones!

Dedicado a Estela y a Aiduki, que me pegan para que siga escribiendo, y a Mireia, que siempre está al otro lado. ;-)

¡Un abrazo!



Capítulo 5. Regreso a la carretera


Göran regresó a la gira con un nuevo tatuaje. 


Aquel pedazo de tinta le costó unos cuantos vaciles de los miembros de su banda, por ser demasiado sweet para un hombre como él.


Había decidido tatuarse un cupcake Marshmallow como los que había comprado con Alieke muchos días durante su estancia en Ámsterdam. Cada vez que miraba su antebrazo una sonrisa infinita se apoderaba de su rostro. Y con esas muecas divertidas y alegres, una nueva meta a conseguir, una nueva determinación. Conseguir a la chica de la que se había enamorado hasta los huesos. Alieke Van Dijken.


Y cuando el sueco se proponía algo, más tarde o más temprano, acababa por obtenerlo. O eso creía él.


Cuando el teléfono de Alieke sonó con la llegada de un nuevo mensaje, por nada del mundo imaginó que sería el hombre que siempre la observaba desde la pared, sobre su mesa de trabajo. 


«Tienes que arreglarme el tatuaje, pequeña…»


Después de tragar saliva, y de pedir un minuto al cliente, contestó:


«Cat te dio una tarjeta de un gran tatuador y la rompiste…Yo no tengo tiempo…»


Lo de “pequeña” la había afectado más de lo que hubiera deseado.


Pequeños flashes de imágenes bombardearon su mente. Ella bajo el cuerpo de Göran, arqueando sus caderas, mientras el hombre con maestría perdía sus dedos entre el centro de sus piernas.


—Disfruta, pequeña…


A los pocos segundos, Göran estaba escribiendo un nuevo mensaje y la joven no pudo evitar sentir un cosquilleo eléctrico en sus partes más íntimas. Indicativo de que para nada le había olvidado en brazos de Brian. Se sintió sucia. Rastrera. Mala persona. Balanceó sus pies, repiqueteando con las botas en el suelo, hasta que las letras aparecieron en la pantalla.


«Antes incluso hacías horas extras por mí…»


Recordó cómo se conocieron y sintió un escalofrío mientras escribía. «¿Cómo puede hacerme esto? ¿Decirme estas cosas? ¡Capullo!»


«Eso era antes…»


«Te echo de menos. Te necesito, nena…»


Sonrió con una luz tan distinta que el cliente, que la conocía desde hacía mucho tiempo, se sorprendió.


—Brian te está enviando mensajitos guarros ¿o qué? 


—¿Perdona?


—Acabas de iluminar la habitación con tu sonrisa. Hacía mucho tiempo que no te veía sonreír así.


—Es un viejo amigo del que no sabía nada desde hacía mucho tiempo….—mintió.


Una desazón inundó su corazón. ¿Desde cuándo mentia? Se sintió mal por Brian, por haber pensado en Göran y ponerse nerviosa, por recordar uno de sus muchos encuentros ardientes, y tras su última frase borró la conversación de Whastaap.


«Sigue tu vida sin mí como has estado haciendo hasta ahora…¡Nunca fui nadie para ti!»


Quiso mandarla un nuevo mensaje, decirla que eso no era cierto, pero el mensaje nunca llegó. No había aviso de dos clics. Una de dos, o la joven había apagado el móvil o lo que era peor, le había bloqueado.


Tuvo que volver a su realidad. 


A su día a día sin Alieke, a centrarse en su banda y en dar lo mejor de él en cada concierto. Sin embargo, en algunos momentos no consiguió desconectar del todo. Cada vez que leía el setlist y se disponía a comenzar a tocar Angels of Desolation sus dedos temblaban sobre las cuerdas al pulsarlas, y pronto las revistas comenzaron a hacerse eco de ello. 


Evelijn lo habló con Björn, ambos sabían que le sucedía porque se acordaba de Alieke, y la chica del pelo del color del fuego decidió meter baza a favor del sueco. Había cambiado, y había estado con ella en los peores momentos de su vida, la había ayudado mucho y solo por eso merecía la pena intentarlo aunque a veces tuviese ganas de estrangularlo. Se lo debía.


Habían quedado en una cafetería para hablar del desfile de ropa que pronto se celebraría en un pub del Barrio Rojo, en el que Eve presentaría su ropa y Cat desfilaría con sus modelos.


—Qué tatuaje más cuqui…—dijo Eve.


—¿Cuál? —preguntaron Cat y Alie.


La joven les mostró el teléfono y Alieke arrugó el morro antes de alzar la ceja.


—¿No te parece bonito? Es uno de los cupcakes que solíais comer juntos ¿no?


—¿En serio?


—Yo solo te estoy preguntando, amiga.


Cat sonrió y Alieke la miró enfadada también.


—¿Les han sacado nuevas fotos?


—Solo un par por su última entrevista. Está fallando siempre al tocar “Angels of Desolation” y la prensa ha comenzado a hacerse eco de ello. Y en una de las entrevistas le han preguntado.


Alieke la miró sorprendida. «¿Fallado al tocar mi canción?»


Recordó el instante en el que él la había mostrado parte de algunas estrofas melódicas y su letra.


Alieke había llegado del trabajo, algo cansada por todos los tatuajes que había tenido, y con la idea de meter nuevos tatuadores que la echaran una mano con su cartera de clientes rondándole en su cabeza.


Cuando entró en el cuarto de invitados, donde él había instalado su propia mesa de operaciones, como a Alie le gustaba llamar a su ordenador, su guitarra y su ampli, se lo había encontrado con una sonrisa distinta en los labios. Estaba rejuvenecido, ilusionado.


—¿Por qué sonríes tanto?


—Creo que tengo parte de tu canción.


—¿Mi canción?


—Sí, esa que te prometí en la cartulina. Mira. Escucha.


Ella se sentó sobre la mesa de escritorio y permaneció atenta mientras él tocaba y canturreaba.


Tras escuchar la preciosa melodía que había surgido, y parte de la letra, ya que aún faltaba mucho por construir, Alieke se quedó hechizada. La historia de ángeles caídos que veían arder su mundo le había entusiasmado.


Después de eso, Göran la había quitado el vestido negro ajustado, las medias negras del liguero rojo que formaba el conjunto de Agent Provocateur que se había comprado para darle una sorpresa, y que la había durado un suspiro puesto.


Los besos ardientes, los mordiscos y las caricias apresuradas se habían sucedido sobre el escritorio para acabar sobre la cama.


Tras un movimiento de cabeza volvió a la realidad. Tenía que dejar de recordar el pasado, por su propio bienestar mental y su salud cardiaca. La pregunta de Cat le intrigó.


—¿Y eso por qué le sucede? —inquirió la pin up.


—Según Björn se pone nervioso al acordarse de la persona para la que escribió esa canción.


Ambas miraron a Alieke y la joven se puso demasiado colorada. Aquello la afectaba. La deshacía por dentro. Deshojaba la escarcha que había instalado alrededor de su corazón. ¿Cómo negarlo?


—No digáis chorradas… —espetó intentando no sonar nerviosa.


—Cree lo que quieras, yo solo digo lo que sé y lo que pienso.


Se hizo el silencio.


—Por cierto ¿le has bloqueado en redes y su número de teléfono?


Cathelijn se echó a reír y como su amiga no despuntaba, habló por ella.


—La mandó mensajitos, se puso toda loca y como está con Brian, se sintió mal…


Evelijn se rió. 


—Sabes que contestar a un par de mensajes no es infidelidad ¿verdad?


—¡Idiota!


—Yo te lo aclaro por si acaso…


—Creo que se siente culpable por recordar los momentitos de sexo salvaje y apasionado…que la sacuden la mente cada vez que piensa en él. Y por los calentones que eso conlleva...


Alieke fulminó a Cathelijn con la mirada.


—Estamos entre amigas… —se disculpó.


Aunque su amiga sabía de sobra que no se arrepentía de nada de lo que decía.


—Pues esos pensamientos no son culpa de Göran sino de tu mente, preciosa.


—Creo que tiene miedo de saber que sigue con el mismo número de teléfono. No vaya a ser que un día de borrachera le llame y le diga lo que siente por él en realidad…—atacó de nuevo la rubia.


—¡Pero seréis zorras…! ¿En serio tengo que aguantar esto? —protestó Alie.


Las dos jóvenes alzaron las manos en señal de paz y dejaron de reírse. O al menos lo intentaron porque era muy difícil no dejarse llevar por las sonrisas que intentaban perfilar sus labios. Habían cruzado una línea que había mosqueado a Alie, aunque en el fondo sabían que las barreras que había decidido alzar en Estocolmo estaban más tambaleantes que nunca.


La conocían y su mirada siempre la había delatado.


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