ALAS DE TINTA, CAPITULO 7

¡Queridos lectores!

Hoy regreso con el capítulo siete de la segunda parte de ALAS DE TINTA, y desde ya os digo que es más extenso de lo normal.

Es un capítulo con condimento, como me gusta decir. Con mucho sentimiento, con todas aquellas palabras y aquellos pensamientos que se guardan durante mucho tiempo y que al final tienen que salir. De una forma u otra.

Espero que disfrutéis de su lectura tanto como yo disfruté escribiéndolo.

Las escenas de este capítulo fueron de esas que anoté en mi libreta mucho antes de ponerme a escribir seriamente en el ordenador. Son de esas escenas que aparecen en tu cabeza mucho tiempo antes de que sepas cómo caminarán tus protagonistas. E incluso antes de que sepas cómo serán realmente.

¡Contadme qué os parece! ¿vale?



Capítulo 7. De vacíos y añoranzas

Cada vez que Alieke cruzaba el puente Magere Brug, le era imposible no acordarse de las palabras de Göran. De sus miradas absortas desde el ventanal de su salón en los meses que compartieron techo.

Con las luces de Abril y el renacimiento de las flores, todo Ámsterdam estaba más bonito y seguro que al sueco le hubiese inspirado vibraciones nuevas con las que poder escribir canciones.

Le extrañó. Recordó la conversación que había mantenido con Cat.

—Tu prima se va a quedar en el Angel Tattoo como recepcionista, los chicos ya tienen su clientela, deberías luchar por Göran, ir al último concierto de gira, e intentar al menos hablar con él.

—Si yo lucho por Göran, tú luchas por Sven.

—Esto no es una apuesta como cuando éramos crías, Alie.

No, no era una apuesta, pero ella se lo iba a tomar como tal. Quizá era la única manera de enfrentar a sus miedos.

La idea de acompañar a Eve al último concierto de la gira de Angels of Desolation le retumbaba la cabeza constantemente. 

La pelirroja se lo había pedido muchas veces y cada día que pasaba las ansias por ver a Göran, por verles tocar por primera vez durante esa gira, por hablar con él y preguntarle por las letras, habían ido creciendo como una enredadera que atravesaba su corazón impidiéndola respirar con normalidad.

Tenía mucha curiosidad por saber qué significaban aquellas iniciales que el joven le había dejado dibujadas en el armario. 

Una imagen flasheó en sus retinas trayéndole un momento del pasado.

Ella y Göran estaban tumbados en su cama, desnudos, después de un clímax alucinante, y el hombre se quedó asombrado viendo los dibujos que decoraban el cabecero de madera de su cama.

—¿Y estos dibujos?

—Cada uno de ellos es de una persona que ha pasado por esta cama.

Göran se quedó petrificado. Eran muchos dibujos y jamás imaginó que ella hubiese tenido tantos “affairs”.

—¿Por qué pones esa cara?

—Nada.

Alieke alzó las cejas pero Göran tan solo apartó la mirada y miró al techo.

Después de unos segundos en absoluto silencio, materializó:

—¿Cada dibujo es de una persona?

Alieke estalló en carcajadas. Estaba celoso. Su mentirijilla había funcionado.

—Solo hay dos colores.

—No lo pillo.

El negro es de Cat, el azul es de Dann. Solo ellos han dormido en esta cama conmigo. Cada dibujo es una conversación, un momento de paranoia.

—Interesante.

—Si quieres puedes dibujar algo…

—¡No gracias! No quiero estropear sus obras de arte.

Alieke se levantó a su despacho, totalmente desnuda, en busca de un rotulador. Cuando regresó se lo lanzó para que dibujase algo.

—¡No te cortes! ¡Fabrica un recuerdo para mí!

—¡Mejor otro día que esté más inspirado!

Una sonrisa gigantesca invadió su rostro al llegar a su local de trabajo.

Al llegar al estudio, entró en las redes sociales de los chicos, intentó buscar las iniciales en alguna parte. Mirar si pertenecían a alguna canción, pero no encontró nada.

Tan solo nuevas fotos de la banda, fotos de los chicos y de Göran sobre el escenario en las que el sueco divisaba al público con la mirada perdida. No tenía muy claro si eran cosas del directo o si se sentía triste. Tuvo un presentimiento extraño. Lo percibió roto, vacío. Y no la gustó imaginarle así ahora que todo le iba tan bien.

Las fotos con los fans no eran muy distintas. Parecía otra persona. Fue en una de ellas donde halló algo que no esperaba.

El joven llevaba una cadena al cuello que se perdía dentro de su camiseta del barrio Rojo de Ámsterdam, donde lucía una chica pin-up de sonrisa traviesa. No fue capaz de descifrar de qué colgante se trataba. Siendo la tinta su pasión, enseguida se percató del nuevo tatuaje del joven. El tatuaje del que había hablado con las chicas. Un pequeño cupcake en su antebrazo. Un cupcake como el que juntos habían comprado tantas veces. De nubes, como el que estaba pintado sobre la madera.

Cupcakes, camiseta del Barrio Rojo, cadena al cuello…

«¿Está intentando mandarme algún mensaje?»  

La esperanza de que él pudiese pensar en ella se hizo fuerte en su cabeza. La cadena, el tatuaje, la invitación para verles en directo…

Su corazón comenzó a latir desbocado y llamó a Eve por teléfono en busca de alguna pista, de que la ayudase con sus enigmas, de que preguntase a Björn.

Pero su amiga no hizo más que dejarle intrigada.

—Si quieres saber si piensa en ti tendrás que preguntárselo. ¿Vas a luchar o te vas a quedar con la duda?

Algunos días después

Göran estaba muy nervioso. Revoloteaba de un lado para otro por la suite en la que se hospedaba. Revisó su móvil tantas veces que le dieron ganas de estrellarlo contra la pared. No tenía ninguna llamada de Alieke y eso le atormentaba.

Había mantenido una pequeña esperanza de que ella se animase a verles en su último show, de que acudiese a la clausura de la gira, a disfrutar de su nueva banda por primera vez, pero la joven holandesa no había dado señales de vida. 

Y para colmo su amiga Eve no había querido decirle nada. Ya ni recordaba la cantidad ingente de mensajes que le había mandado a la mujer de su mejor amigo.

Göran podía haberse quedado en su apartamento, pero no le gustaba hospedarse allí cuando estaba de gira. Daba igual que tocasen cerca de casa. Necesitaba estar con los chicos, aunque tuvieran habitaciones y suites separadas, sabía que les tenía cerca para cualquier duda o idea sobre el show. 

Necesitaba ese hermanamiento que nacía entre ellos, mirarles a los ojos y saber que estaban a gusto.  

Esa noche tocarían por última vez durante la gira del álbum debut y después regresarían a casa unos meses para desconectar y quizás grabar algunos temas nuevos. Necesitaba seguir creando, sentirse fuerte, activo, ilusionado, mantener su cabeza en el sitio adecuado. Y solo la música era capaz de llenar su vida. 

Aunque a momentos echase en falta lo que no tenía y querría tener, saber que al menos poseía una nueva banda por la que luchar, sus ángeles, hacía que todo valiese la pena.

Habían dado mucha publicidad a su concierto en Gotemburgo, e incluso habían decidido grabarlo para un posible dvd. Los chicos estaban muy ilusionados, y él también, aunque le costase admitirlo.
Sabía que era muy pronto, pero había una parte de él que se quería aferrar a esa magia que había nacido entre ellos desde el primer concierto.

Quería tener la actuación de esa noche como recuerdo, quería poder visionarlo y ver hasta dónde había llegado después de haberse sentido tan derrotado en el pasado, ver cómo funcionaban como banda. Saber de ese modo, como espectador, si se cumplían sus expectativas.

En un impulso se agarró el colgante que llevaba alrededor del cuello. Ansiaba sentirse seguro, protegido. Las mariposas tatuadas en su brazo le ayudaban a no perder de vista los sueños, y saber que tenía unas alas en la espalda que lo alzarían en su vuelo, le daba seguridad, pero anhelaba mucho más.

Recordó el mensaje de Alieke para preguntarle sobre las iniciales que había dejado escritas y otro tatuaje ardió en su piel. «¿Vendrá?»

No pudo evitar pensar en ella. La echaba de menos. Mucho. Demasiado. Acercarse a su estudio no había resultado como él había esperado, pero al menos sabía por Björn que había cortado su relación con el tatuador.

—¿Se habrá dado por aludida con mis mensajitos abstractos?

Sonrió. Pero fue una media sonrisa. «¿Y sí no sirven de nada…igual que el dibujo en la madera?»

Solo de pensar que había tardado muchos meses en ver el dibujo de la cómoda le hacía pensar que quizá tampoco había visto sus fotos en Facebook. Para unas cosas era muy avispada, muy vacilona, como cuando le preguntó sobre sus dibujos y hasta que no le explicó la verdad estuvo cabreado un buen rato.

—Solo Cat y Dann. Nadie más ha dormido conmigo aquí. No traigo a mi casa a cualquiera.

El sueco la miró sabiendo que se había querido reír de él e intentando que ella temblase bajo sus pupilas.

—Tan solo quería ver la cara que ponías…

—Es que serían muchos…

—¿Muchos?

Göran calló. 

—Perdona, bonito…—continuó Alieke—. Pero si cada groupie que ha pasado por tus brazos quisiera dibujar algo no habría hueco en este trozo de madera, ni en todos los cabeceros de Ikea…

Touché.

Debía darla la razón. Aunque no le gustase admitirlo, posiblemente no era el hombre más indicado para echarle a nadie en cara el número de ligues pasados. Sonrió. Era una mujer angelical, espiritual, pero cuando se sentía amenazada sacaba las garras y decía lo que pensaba en todo momento. Le gustaba eso de ella. Era franca. Temperamental. Directa.

Eso era algo que le encantaba de ella. Esa mezcla entre dulzura y agresividad. Cuando sacaba las uñas se comportaba más acorde a su estética y eso la hacía tan especial...

Recordó su discusión. La última vez que se vieron. Y un sabor amargo se adueñó de su paladar. Sus palabras hirientes, su mirada de decepción, le hicieron reflexionar sobre la posibilidad de que simplemente no quisiera saber nada de él y de ahí su ausencia y sus silencios.

Björn entró en la habitación y anunció que tenían que marcharse hacia la sala donde tendría lugar el concierto. Tenían que probar sonido y atar muchas cosas del concierto. Su amigo sonreía excitado. 

Esa noche su mujer estaría viéndoles desde la primera fila, y llevaba las últimas semanas más sonriente que de costumbre. Göran le envidió, con una envidia sana pero celos al fin y al cabo.

—Estás insoportable. ¿No puedes dejar de reír como un idiota ni un solo segundo?

Björn alzó las cejas.

—¿Te molesta mi felicidad, amigo?

El sueco negó con la cabeza.

—No me hagas caso…Es la envidia la que habla por mí…

—Lo sé. Por eso no te lo tengo en cuenta. ¡Vamos! ¡Los chicos nos están esperando!

Sabía por Eve que ella ya no estaba con Brian y había mantenido la esperanza de que acudiría al concierto, de que lo llamaría, que quedaría con él. Pero solo había obtenido silencio. Un silencio estremecedor que le dolía en lo más hondo de su pecho.


Las luces se encendieron sobre el escenario a los primeros acordes de las guitarras. La batería marcó el ritmo y la voz gutural de Björn apareció entre las sombras.

Cuando Göran buscó con la mirada a Evelijn en las primeras filas, estuvo a punto de tropezar al pisar el pedal de su guitarra.

Ahí estaba su ángel preferido. Alieke. Al lado de la mujer de su mejor amigo. Con una sonrisa resplandeciente que la hacía brillar bajo las luces de los focos.

Göran no pudo evitar sonreír y sacarle la lengua. La joven, sin dejar de mirarle a los ojos detenidamente, le secundó. Las manos del músico se deslizaron ágiles por el mástil, marcando cada nota con suavidad pero con una firmeza renovada. Estaba guapísima.

Su amigo se posó en su hombro para cantar mientras él puntualizaba cada nota, y cuando se miraron a los ojos, Björn pudo vislumbrar el brillo incandescente que desprendían sus irises azules. Le guiñó un ojo y en ese preciso momento, Göran supo que Björn se había callado la sorpresa de Alieke.

Su corazón latió más desbocado que nunca. Un sentimiento extraño de felicidad absoluta se apoderó de él. Estaba compartiendo su música con ella. La música que ella inspiró con sus consejos, las melodías que nacieron entre las paredes de su apartamento cercano al Magere Brug.

Cuando llegó el turno de tocar “Angels of Desolation”, mientras Björn cantaba la canción, Göran no pudo censurar el impulso de cantarle a Alieke. Esa era su canción. Quería que ella lo supiera, quería que se diese cuenta de que era solo para ella, que los ángeles de los que hablaba la letra eran ellos dos. Por eso canturreó cada palabra de la canción sin perderla de vista.

Cuando la canción finalizó, el sueco se acercó al respetable y apoyando uno de sus pies en el borde del escenario, y el otro sobre la valla de seguridad, entregó la primera púa de la noche a su ángel de la guarda.

Alieke la cogió y le regaló una de sus mejores sonrisas.

Cuando sus dedos se tocaron, todo su cuerpo se electrificó. Le bastó esa simple caricia para saber que no importaría lo que pasase después, simplemente con sentir lo que estaba sintiendo desde que las luces de la sala se habían apagado para comenzar la actuación, ya merecía la pena el viaje.

La joven tarareó cada párrafo mientras sonreía a su amiga Eve, que tenía una gran sorpresa que darle a su marido esa misma noche. Juntas disfrutaron de una hora y media de música increíble, de sensaciones que hormigueaban la piel y de instantes que quedarían grabados para siempre en su retina, su corazón y su alma.


Minutos después de final del show, con una cerveza en la mano, Alieke entraba a camerinos detrás de su amiga. No pudo silenciar el revoloteo de mariposas que tenía en el estómago. Se sentía como una adolescente cuando consigue tener cerca a su músico favorito. Y en parte así era. Ella debía sumarle que además era el hombre que se había adueñado de su corazón. 

Las manos le temblaban, la voz se la había escondido en alguna parte de su garganta, solo era capaz de asentir y sonreír. Sus labios resecos mostraban sus nervios, y todo su cuerpo hormigueaba expectante. «¿Cómo será el reencuentro?»

Al llegar le dio un gran abrazo a Björn, que ya estaba duchado, y sus brazos la reconfortaron pero no le quitaron la ansiedad. Los nervios iban en aumento a cada respiración. A cada repiqueteo de sus pies inquietos, sus manos sudaban tanto que continuamente tuvo que restregárselas por la camiseta que llevaba.

El joven notó su turbación y le presentó a los demás miembros de la banda, mientras todos esperaban a que saliese Göran de ducharse. 

El moreno de pelo rizado se había dado cuenta de lo nerviosa que estaba la amiga de su mujer. Su cabeza no paraba de dar vueltas, de hacerse preguntas y los movimientos nerviosos de sus manos lo evidenciaban. Por eso quiso que dejase de pensar aunque fuese por unos segundos.

—Ella es Alieke, la tatuadora de las mariposas y las alas de Göran y una de las mejores amigas de mi mujer.

A cada instante que transcurría estaba más impaciente, la espera se le estaba haciendo eterna. Un nudo se había instalado en su garganta desde que los guardias de seguridad la habían permitido la entrada al camerino. Lo que no imaginaba es que había un joven sueco que mientras se ponía los vaqueros, estaba tan nervioso como ella y por ello sus pies se trastabillaron varias veces al meter las piernas en la tela con agujeros.

Cuando todos se quedaron en silencio, supo que Göran estaba justo detrás. Lo que nunca imaginó es que estaría sin camiseta, con su pelo más largo de cómo lo recordaba, suelto y dejando un rastro de gotitas de agua en una toalla blanca de algodón. 

 De su cuello colgaba la cadena que ella había visto en las fotos, con la púa de plata y el ala de ángel que ella misma llevaba, y el anillo que le había regalado. Aquello la dejó en shock.

Un interrogante ya había sido contestado. Faltaban unos cuantos.

Sus ojos se perdieron en los perfectos abdominales que ahora decoraban su estómago, nada tenían que ver con la tripilla cervecera que ella había conocido, y sonrió orgullosa. Cuando sus ojos se fijaron en la mancha de tinta que decoraba su cadera, sintió un cosquilleo en el vientre. Sus manos ardieron en deseos de repasar con sus yemas las letras de tinta negra.

Las mismas letras que él había escrito en la cómoda de su habitación, estaban tatuadas sobre su cadera derecha, en el lugar exacto que ella le había mordido tantas veces porque sabía que le hacía cosquillas y le ponía tan nervioso que no podía evitar arquearse tras ser acariciado.

Aquel detalle la intrigó todavía más.

Se acercó a ella y sin mencionar una sola palabra, la abrazó con tanta fuerza que la distancia que les había separado, tanto física como espiritual, se deshizo en mil añicos tornándose insignificante. La levantó del suelo y la joven se sintió flotar. Era un abrazo de esos que significaba el no querer soltar a la otra persona nunca.

 Alieke sintió como todos sus nervios se amontonaban en un lugar muy concreto de su anatomía, bajo su ombligo, convirtiéndose en ganas de tenerlo solo para ella. Era una reacción que no podía controlar. Tenerlo tan cerca era insoportable. Había pensado en el sexo con él demasiadas veces en los últimos meses. 

Cuando su respiración se agitó, se cercioró de que para nada le había olvidado. Estaba loca por él, y posiblemente lo estaría siempre.

—Lleva el mismo colgante que tú, tío —dijo el batería de la banda sacándoles de la burbuja en la que se habían sumergido desde que cruzaron sus miradas.

—Fue un regalo mutuo. Ella es la culpable de que el maestro de la guerra recuperara su fuerza. Ella me hizo resurgir de mis cenizas y extender las alas para volver a volar ilusionado.

—Ohhhh, que se nos pone poético…—se carcajeó el bajista.

—Yo solo dije lo que necesitas escuchar —pronunció Alieke.

Él la miró confundido. «Fue más que eso…»

—Vamos que solo querías a tu guitarrista preferido sobre el escenario —soltó el segundo guitarrista de la banda, señalando el tatuaje que llevaba Alieke de la antigua guitarra de Göran.

Ella miró el tatuaje antes de pronunciar:

—¿Qué más iba a querer?

Su ego masculino tembló. Él la estaba abriendo su corazón delante de sus compañeros de grupo y ella parecía no darse cuenta.

—Necesitaba nuevas melodías para inspirarme.

—¿Sólo mi música? —preguntó incrédulo.

—Solo tu música. Siempre fue así…

Göran la miró entre perplejo, decepcionado y cabreado. El corazón le dolió. La cogió de la mano y se la llevó a un rincón del camerino bajo la atenta mirada de todos. Eve y Björn se echaron a reír. Sabían que ella no se lo iba a poner tan fácil. Había sufrido mucho por su culpa. Lo que no sabía es que él había sufrido tanto o más que ella por cosas que ni siquiera se había atrevido a confesarle.

—¿Y lo que pasó entre nosotros esos meses? ¿Tus palabras? ¿Lo que se supone que sentías al estar conmigo?

—Ah, ¿pero eso significó algo? Según tú saliste de la oscuridad tú solito…Yo no hice nada… ¿Por qué ibas tú a significar algo para mí entonces?

—¿Leíste la entrevista? —dijo al recordar sus palabras que sintió en esos momentos como puñales.
—Soy tu fan número uno ¿recuerdas? Leo todo lo que publican sobre ti. Hasta que me hace daño y dejo de hacerlo…

—Mentí. No podía hablar a la prensa sobre ti. «Mi hermano sabría…»

Alieke calló. Podía leer en sus ojos que había algo más que no la estaba diciendo, que la estaba ocultando.

—No sabía qué decir…

—No hay nada que decir…

Él la miró perplejo. Con miedo.

—¡Me marcho, chicos! ¡Encantada de conoceros! ¡Genial actuación! Una gran despedida de gira.

Les fue a dar un beso a los presentes para después marcharse cuando él la volvió a agarrar…

—¡No te vas!

—¡Si me voy!

Abrió la puerta para marcharse cuando dos guardas de seguridad la interrumpieron el paso a una mirada de Göran.

Los mismos que la habían permitido entrar ahora no la dejaban salir. No lo entendía.

Alieke alzó las cejas, y los dos armarios empotrados ni siquiera se movieron.

—No vas a ningún lado, pequeña… —susurró Göran cerca de su nuca provocándola temblores en todo el cuerpo—. Ellos siguen mis órdenes. Les pago mucho para que así sea.

Su voz sensual y grave se coló en su cerebro quebrando todas sus fuerzas y su seguridad. Odiaba cuando se ponía tan chulito.

Intentó abrirse un hueco entre los hombres, pasar entre medio, pero Göran la cogió por la cintura y la llevó a la esquina de nuevo.

La encajonó entre sus piernas, y posó sus brazos sobre la pared para impedirla que se fuera.

Tenerle tan cerca y sin camiseta provocó que su respiración se entrecortara de nuevo. Le faltó el aire por unos segundos. Y luego estaban aquellas malditas letras. 

—No me voy.

El sueco sonrió triunfante. La agarró posando sus manos a cada lado de su cabeza, y tras acariciar la comisura de su boca con sus pulgares, se acercó a ella con miedo de que le esquivara y la besó. 

El beso se quedó en un intento. Ella se había inclinado hacia atrás. Y él sonrió. Le había hecho la cobra. A él. A Göran Jonsson. Solo ella podría comportarse de esa manera, aun sabiendo que él sabía que ambos se morían de ganas por besarse.

Ella ni siquiera se movió. Se limitó a alzar las cejas, retadora.

El sueco sonrió y lo volvió a intentar y esta vez Alieke se limitó a cerrar los ojos, detener sus pensamientos y dejarle hacer. Abrió su boca y se dejó besar hasta que su lengua cobró vida y le devoró. 

Lo había echado mucho de menos, pero no fue hasta ese momento en el que sus bocas se reencontraron cuando todo su cuerpo reaccionó y su corazón se encabritó. No fue hasta entonces cuando se percató de la magnitud de sus sentimientos, de cuánto le había extrañado realmente.

En ese instante ni el vacío que había sentido cuando él se marchó, ni las discusiones, ni la distancia, tuvieron sentido. Tan solo eran Alieke y Göran. Dos corazones que se habían extrañado y habían estado demasiado tiempo separados.

Cuando él detuvo el beso para coger aire, la sonrió con una luz radiante en sus ojos y ella se sintió en casa. Tranquila, orgullosa de él y de ella misma por haber viajado, poe haber luchado contra sus miedos y haberse reencontrado con él. El calor que su cuerpo desnudo había dejado en el suyo fue demasiado para su cerebro.

Recordó uno de los motivos de su viaje. Las letras. Como un flash aparecieron en su mente y acarició su tatuaje con la yema de sus dedos.

Göran se estremeció bajo su caricia. Solo ella lograba hacerle temblar en escalofríos con tan solo tocarle. Toda su piel se electrificó y la susurró lo que significaban aquellas palabras. Al oído. En bajito.

—You will always be my angel.

Alieke lo miró perpleja. Él la acarició la palma de su mano al notarla nerviosa.

Unas lágrimas furtivas se arremolinaron en el borde de sus ojos queriendo derramarse.

La besó la nariz y la atrajo hacia él para abrazarla y besarla en el cuello. No quería verla triste.

—¿Desde cuándo lo llevas? —preguntó abatida.

El batería del grupo la escuchó y contestó por él.

—Se lo tatuó mi primo el primer día de grabación del disco en Estocolmo. 

—Yo…—dijo ella sin poder asimilarlo.

—Shhh, no importa el pasado, nena…lo que importa es que ahora estás aquí ¿no?

Björn y Eve percibieron el dolor que empañaba la mirada de Alie, y decidieron ayudarla a no pensar.

—¿Has visto su espalda?

Ella recordó entonces las cicatrices que quería que arreglara.

—¡Has jodido mi obra de arte! —le escupió antes de darle un pellizco en uno de sus pezones.

—Auchh. No lo quisiste arreglar…

Ella lo miró ceñuda antes de suspirar. Bufó como un pequeño gatito.

—No fue un golpe grave, gracias por preocuparte…

Ella le dio un puñetazo flojo en el hombro y todos rieron.

—¿Cómo te lo hiciste? —preguntó. Pero antes de que nadie contestara, sentenció—. No. No. Mejor no quiero saberlo…

Björn intuyó que podría pensar algo sórdido y explicó:

—Después de la convención de tatuajes en Estocolomo…tras vuestra discusión. Se emborrachó tanto que se cayó sobre la mesa del salón de la suite, tuvo que llamarme. Se había clavado unos cristales de los vasos y después se cayó sobre la tapa del wáter al intentar arrancarlos…

—Lo tuyo con los cristales —replicó ella mordaz.

Göran la taladró con la mirada antes de abrazarla y volver a besarla.

—¡Iros al hotel! —dijo Eve, cuyos ojos empezaron a encharcarse de lágrimas de felicidad. Estaba demasiado sensible.

Björn quiso brindar por el reencuentro de él con su mujer y de su mejor amigo con la mujer de sus sueños, y cogió copas para todos.

Su mujer no la aceptó y él extrañado fue a preguntar el motivo cuando vio que ella y Alie se guiñaban el ojo. Al verse descubierta, por fin le lanzó lo que llevaba semanas ocultándole.

Cogió su mano derecha y la posó sobre su tripa. Todos se quedaron callados. Göran miró asombrado a Alieke y ella asintió.

—Vamos a ser padres, cariño.

El grandullón de pelo rizado quedó lívido. Su rostro palideció antes de cerciorarse de que no era una broma. Su mujer cabeceó afirmativamente y él estalló en júbilo.

Evelijn intentó explicarse.

—No quería precipitarme…Yo…tenía miedo de que fuese una falsa alarma…

—Shhh…¡Te amo! ¡Te amo!

Por un momento Göran había temido que su mejor amigo se desvaneciese de la impresión, pero había pasado de la palidez a la algarabía en segundos.

Se sucedieron los abrazos y las sonrisas. La alegría inundó todo el camerino. Aquella última noche de gira, en Gotemburgo, no la olvidarían jamás. No sería una noche de concierto más. Se convirtió en especial por tantos motivos y todos eran tan buenos motivos para sonreír sin descanso, que un ronquido en sus corazones les demostró que al final el tiempo acababa poniéndolo todo en el lugar correcto en el que debía estar.

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