AMOR EN BLANCO Y NEGRO

¡Queridos lectores!

Un día tarde, pero llego. ¡Ayer me fue imposible actualizar!

Vengo con una nueva historia gratuita, que iré colgando cada miércoles, que espero que os guste. Es de esos manuscritos encerrados largo tiempo en el ordenador. Así que espero no decepcionaros.

Os dejo la portada y la sinopsis, y el prólogo y primer capítulo ;-)

AMOR EN BLANCO Y NEGRO


Sinopsis:



Un hombre que tiene todo lo que cualquiera pudiera desear.

Una mujer que ha perdido mucho.

Dos personas muy distintas entre sí, que han sido enlazadas por los hilos invisibles del destino, cuyos sueños  puede que les acerquen o que les alejen.

Escocia. Holanda. Londres.

¿Será capaz de nacer y sobrevivir el amor entre los vaivenes de la vida, las diferencias y la distancia?



1ª parte: CRUCE DE CAMINOS


Prólogo


La vida es un continuo cruce de caminos. Cada día un montón de corazones se acercan y se alejan sin haberse dado la oportunidad de conocerse.


El destino de cada uno de los habitantes del planeta ya está escrito desde el momento en el que nacen, sin embargo las decisiones que llevan a cabo cada día, pueden alejarles o acercarles más a ese destino que les espera únicamente a ellos.


Hay personas que son capaces de distinguir las distintas señales que se les presentan frente a frente, y dar pasos en la dirección correcta. Otras sin embargo, no dejan de dar rodeos, negándose a vivir lo que deberían por culpa del miedo. Y uno de los mayores miedos que paraliza al ser humano, después de la muerte, es el amor.


El amor y sus temidas consecuencias: amar y no ser correspondido, amar y ser traicionado. Incluso querer amar y no saber cómo hacerlo correctamente por miedo a fracasar.


El amor es uno de los mayores motores que mueven el mundo. Sin embargo es difícil dejarse llevar por él cuando uno ha sido traicionado, o cuando se ha perdido demasiado en la vida como para que otro fracaso más se sume a las grietas del corazón.


Sobre el cruce de caminos, el destino de cada persona y el amor, estaba reflexionando Estrella, en el mismo momento en el que el sol comenzaba a despertar entre las nubes holandesas.


Al mirar el calendario colgado en la pared de la cocina, se dio cuenta de que hacia justo un año de su viaje a tierras escocesas. Mientras sostenía una taza de café caliente entre sus manos, su mirada se perdió en la maravillosa vista que la embelesaba tras el cristal de la ventana. Perdiéndose en el verde clamor de los prados y en el balanceo de las aspas de los molinos, recordó ciertos momentos de su viaje a Escocia.


Un montón de suspiros y sonrisas se hicieron eco a su alrededor. Rememoró los antiguos castillos, los acantilados que parecían no tener fin, las adoquinadas calles, los callejones de Edimburgo, la suave hierba de Princess Street Garden. Recordó al joven con el que se había tropezado varias veces durante sus vacaciones. Enumeró una a una todas las veces que había sentido unos leves escalofríos y cosquilleos en la sangre, y como al alzar la vista siempre acababa encontrando que el joven estaba cerca. Como si el destino hubiese querido que se tropezaran una y otra vez. Al principio se había sentido extrañada, pero ahora lo recordaba con una nostalgia arrolladora.


Estrella no era de las que creía en el amor a primera vista, sin embargo cuando en uno de esos encuentros fortuitos había mirado fijamente a los ojos del joven, un sentimiento de añoranza le sacudió fuertemente. Sintió como si una parte de su alma estuviese anclada a la de aquel hombre desconocido, y se hubieran reencontrado después de mucho tiempo separados.


Desde que había regresado de su viaje, algo dentro de su corazón le hacía replantearse su día a día. Intentaba silenciar sus pensamientos dotando de vida a los personajes de sus relatos, realizando guiones para futuras novelas, documentándose para darles más realidad; pero de vez en cuando, unas chispas eléctricas le acariciaban su piel y los pensamientos volvían para hacerle sentir vacía.


Antes de viajar, su rutina no le parecía tan gris. Después de todo por lo que había pasado, las cosas no le iban tan mal, según ella. Había viajado en busca de inspiración para sus historias, y había regresado con una desazón dentro de su sangre que le hacía dudar incluso de sí misma y de sus decisiones. 


Ya no sabía si haber dejado España había sido una buena idea o por el contrario aquella decisión fue el resultado de una más de sus espantadas. No sabía si se sentía completa con su trabajo en el periódico local y su nuevo comienzo en Holanda. Su hermana era feliz, y eso le hacía feliz a ella, pero cuando reflexionaba sobre su lugar en el mundo, sobre su propia felicidad…ahí las dudas la carcomían hasta el punto de desestabilizar los cimientos de sus decisiones.


«Lo que tenga que llegar, llegará» pensaba siempre que las dudas le hacían tambalearse y dar pasos inciertos. Era una especie de mantra que ella misma se había obligado a recordar, desde hacía tres años, para no sentirse fuera de lugar. Sin embargo, desde su llegada a Zunse Schauns tras su viaje literario, aquel mantra ya no le funcionaba demasiado.


Desde que había viajado a Escocia y había sentido aquel cosquilleo eléctrico, su corazón suspiraba por algo que no era capaz de encontrar. A su regreso se había sentido distinta, incompleta. Como si su corazón fuese una pieza de un puzle que no encajaba ya en ningún lugar. Antes de viajar su sangre caminaba tranquila, reposada, sin sobresaltos. En ciertos momentos durante el viaje había caminado completamente alocada, y ahora Estrella echaba de menos ese sentimiento, ese escozor ardiente que precede a la incertidumbre y al misterio.



1. CRUCE DE CAMINOS


Estrella estaba sentada en el puente de madera cercano a la entrada de su pueblo: Zunse Schauns. Con sus pies colgando en dirección al río y su libreta posada sobre las piernas escribiendo anotaciones de un relato que tenía en mente para la publicación del próximo mes. Con un oído pendiente de la naturaleza y con el otro perdido en la voz rota de Ryan Bingham. Así era ella. Se sentía bien conectada a la tierra, con la naturaleza alrededor, con el aleteo del agua cerca y llenándole de brisa el rostro, con las letras bailando al compás de sus manos y de la música. Letras, música y naturaleza era todo lo que necesitaba para encontrar su lugar en el mundo.


Junio comenzaba a nacer en el calendario y los rayos del sol ya acariciaban la piel suavemente con su candor. Las aspas de los molinos ondeaban entre balanceos, surcando el viento con sus majestuosos silbidos, vigilando a todos los corazones que caminaban a su alrededor, incluidos a los extranjeros que habían decidido hacer turismo.


Uno de esos extranjeros era un joven llamado Clyde. Clyde había dejado atrás Londres para buscar de nuevo la inspiración. En su mente le rondaba desde hacía tiempo la idea de empezar de cero y dejar todo atrás, porque a momentos la rutina le estaba resultando insoportable. 


Su objetivo era intentar encontrar su esencia en aquel pueblo perdido que había conocido en un reportaje fotográfico de viajes, para volver a casa con el alma renovada. Desde que había visto las instantáneas de los molinos, los puentes de madera, las llanuras verdes y amarillas, y las casas de colores llamativos, quiso descubrir por él mismo si la magia que había sentido al visionar las imágenes le abrazaban en vivo tanto como necesitaba. Y ahí estaba. 


Después de dejar sus cosas en el hotel rural “Fairies”, que había escogido para hospedarse, y agarrar su cámara, había salido para perderse entre aquellas hermosas calles sin rumbo ninguno.


El joven no sabía a dónde mirar ni dónde fijar su objetivo. Cada una de las casas eran tan distintas las unas a las otras, que necesitaba fotografiarlas todas. Los colores llamativos de las paredes le tenían hechizado: nada tenían que ver con el tono gris londinense y le recordaban mucho a algunos puertos pesqueros de su Escocia natal. Los cuidados jardines le hicieron sentir la necesidad imperante de tumbarse sobre la verde hierba, sin embargo sus modales, siempre tan rectos, le impidieron dejar actuar al niño que llevaba muy escondido dentro de su sangre y que pedía a gritos liberarse. Clyde se conformó con cerrar los ojos mientras en sus pulmones se colaban resquicios de un nuevo aire fresco.


Las figuritas de enanos que se escondían entre las plantas le sacaron una sonrisa gigantesca mientras sus pies se perdían entre calles que desconocía y que recién empezaba a descubrir.


Fotografió las distintas fachadas, los cuidados jardines y todos los pares de zuecos de madera que reposaban en los peldaños de la escalera de entrada, esperando a sus dueños. 


Parecían iguales, pero al regresar a cada fotografía tras capturarlas se percató de que todos tenían algún detalle que los diferenciaba. Todo lo que veía llamaba su atención y le pedía ser fotografiado. Esa sensación de pronunciar continuos “clics” era algo que le tenía totalmente desconcertado, porque nada tenían que ver con los clics mecánicos que debía pulsar en su trabajo. No llevaba ni tres horas en el pueblo y ya se sentía otra persona.


Una mezcla de distintos olores llenó sus fosas nasales de satisfacción. Al distinguir el olor a queso, a galletas recién horneadas, a comida y a especias se deleitó con ellos y no pudo evitar reflexionar. 


Recordó el humo del tráfico londinense, el olor a condensación y sudor en los vagones del metro junto a los perfumes que cada habitante utilizaba, y sonrió al ser consciente de lo distinto que era aquel lugar.  Era como si aquel pueblo se hubiese quedado anclado en el tiempo. 


El susurrar de los habitantes con su fuerte acento, el cantar de los pájaros que correteaban en busca de una rama en la que posarse a admirar el tiempo, el tintineo de los timbres de las bicicletas que avisaban para no atropellar a los viandantes, le regaló los oídos. Ya ni siquiera se acordaba de la última vez en la que ese casi silencio había reinado a su alrededor.


Estrella estaba escribiendo en su libreta: “siento mi sangre dormida, espesa, sin un atisbo de intriga. Completamente cristalizada, sin una pulsación eléctrica que la mantenga alerta, esperando un nuevo suceso que la avive, que la haga arder. Escocia. En Escocia latió acelerada mostrándome que aún sigo viva, enseñándome que no soy una muñeca de terciopelo inerte que pasea sin sentir. Quiero volver a sentirme excitada, intrigada. Sentirme como los personajes que creo. Necesito despertar de este letargo en el que me estoy sumergiendo. No quiero sentirme de nuevo dentro de un pozo negro de insatisfacción. Quiero despertar, vivir, sentir de verdad…” cuando dentro de su sangre apareció el mismo cosquilleo que la invadió durante sus vacaciones en Escocia.


Levantó su mirada protegiendo sus ojos del sol de verano con su mano a modo de visera, y a lo lejos distinguió la figura de un hombre que le resultó vagamente familiar. Vestido como si fuera un maniquí de cualquier escaparate de las lujosas tiendas de Londres. 


El joven con el que tropezó en las Highlands, ataviado a la última moda, caminaba con paso ligero y despreocupado. Estrella agachó la cabeza y siguió escribiendo intentando olvidarse de lo que acababa de ver. «El sol me ha cegado y me hace delirar» pensó intentando serenarse.


¿Sería capaz el destino de entrelazarla de nuevo con el hombre que despertó su sangre congelada con tan solo una mirada profunda?


Cerca de la ribera de un pequeño riachuelo proveniente del río Zuan, Clyde se detuvo sonriente a fotografiar un pato nadando a favor de la corriente, cuando en su interior nació un cosquilleo que hacía más de un año que no había vuelto a sentir. Recordó los encuentros con la mujer desconocida y su mandíbula se tensó, deshaciendo su sonrisa.


—Es imposible…no me puede pasar esto otra vez —murmuró.


Intrigado, y algo asustado, alzó la vista a su alrededor en su busca, y como una especie de aparición, allí estaba ella. La joven que vio por primera vez en el puente del Castillo de Eilean Donan. Colgando sus pies esta vez de un puente de madera, en la misma posición que entonces: con su libreta sobre las piernas, perdida entre las letras.


«Desde luego a esta chica le gustan los puentes » pensó.


No supo a dónde ir, y aunque hubiera querido hacerlo no hubiese podido, porque sus pies habían decidido quedarse anclados a la tierra. Sus piernas no le correspondieron y su corazón latió totalmente acelerado. Se tomó las pulsaciones y reconoció que jamás habían estado tan alteradas, ni después de hacer un gran esfuerzo físico.


Resolvió quedarse tras el árbol que lo ocultaba, y sacarla alguna fotografía manteniendo la esperanza de que su zoom le mostrase que era una chica parecida, y no la joven que conoció un año atrás. La fotografió, en blanco y negro, con distintos enfoques, y al observar la pantalla digital constató que verdaderamente era ella.


Recordó las palabras de su hermana Davina cuando le habló sobre la chica meses atrás, y el joven tras respirar hondo cerró los ojos para que la desconocida se desmaterializara de su vista como si solo hubiese sido un espejismo. Respiró una y otra vez intentando serenarse y cuando sintió haberlo conseguido, volvió a abrir los ojos. Al mirar en dirección al puente, la chica ya no estaba allí.


—Me estoy volviendo completamente loco —susurró respirando más relajadamente.


Aunque su tranquilidad duró pocos instantes, porque alguien lo empujó contra el árbol que le había servido de escondite y le arrancó su cámara de las manos.

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