CAPITULO 2 DE AMOR EN BLANCO Y NEGRO

¡Queridos lectores!

¿Cómo habéis empezado el miércoles?

Yo con una buena sesión de Kick Boxing para quemar adrenalina y darle al cuerpo lo que necesita.

Ahora toca ponerse a escribir esa nueva historia, proyecto Fighter, que me tiene loca.

Para los que os habéis perdido cosas...A parte de un nuevo capítulo de mi nueva historia gratuita por entregas, os recuerdo...

El domingo colgué un relato romántico, BOULEVARD OF BROKEN DREAMS, ubicado en Praga. ¿Por qué en Praga? Porque es preciosa, y por culpa de esa obsesión mía de buscar "te quiero" en diferentes idiomas. "Mám tê rád". Suena bonito ¿verdad?

Te quiero. I love you. Ich Liebe Dich.Minä rakastan sinua. Mám tě rád (Miluji tě). Is grá liom thú.

http://rebekaoctoberwriter.blogspot.com.es/2017/01/boulevard-of-broken-dreams.html

Me encanta viajar con la mente, regresar a lugares en los que ya he estado, o descubrir otros en los que no, buscando información. Y darle ese toque romántico. Imaginar vidas de otras personas, sus formas de ser, de hablar y comunicarse, de decirse que se aman.

Para que luego digan que no se aprenden cada día cosas nuevas.


AMOR EN BLANCO Y NEGRO:

http://rebekaoctoberwriter.blogspot.com.es/2017/01/amor-en-blanco-y-negro.html


Ahora sí, lo prometido. El Capítulo 2 ;-)

¡Espero que os guste! Dejadme algún comentario y esas cosas...

Y si sois tímidos, ya sabéis, me mandáis un email o mensaje privado :P

Súper nenas, espero vuestros comentarios ;-) xD



2. FRENTE A FRENTE


Cuando reaccionó, Clyde se encontró de bruces con la chica del puente. Ella, con el ceño fruncido y las cejas alzadas, lo miraba con enfado mientras observaba las instantáneas que él había capturado.


Clyde no pudo evitar recorrer su cuerpo con un mirar ensimismado. 


Su blanca tez, sus mejillas sonrosadas y los mechones ondulados de su pelo castaño con reflejos cobrizos que bailaban sobre sus hombros. La joven que tantas veces había visionado en sus antiguas fotografías estaba ahora justo delante de él. Su cuerpo moldeado pero no esquelético era un regalo para sus pupilas acostumbradas a fotografiar chicas escuálidas, cuyas piernas y brazos parecían frágiles cristales que podrían quebrarse en cualquier momento si se las agarraba con fuerza.


El claxon de una bicicleta cercana le sacó de sus pensamientos, y se percató de que la naturaleza y ese casi silencio perpetuo que le había llamado tanto la atención minutos antes, les envolvía como si estuviesen ellos solos en el mundo. 


Solos, dentro de una burbuja idílica. La naturaleza y su magia dotaban a la escena de un encanto bohemio muy parecido al que les había acompañado cuando se vieron por primera vez.


Al mirar aquellas imágenes, el corazón de Estrella se saltó varios latidos. Jamás nadie la había retratado de esa manera. Era como si aquel hombre de pelo moreno y ojos glaciares poseyese un don para desnudar su alma. Había logrado capturar a la perfección el vacío y las dudas que tamborileaban dentro de su corazón al escribir.


—¿No tuviste suficiente en Escocia? ¿Eres un acosador o qué? —le preguntó.


Clyde se quedó mudo al constatar que lo había reconocido. Le descolocó que después de un año sin verse ella también lo recordase. Aunque solo se hubiesen visto cuatro veces, y los minutos transcurridos entre todas ellas no superasen los veinte minutos. Tímido, como si no la recordase pronunció:


—Creo que me estás confundiendo con otra persona…


—Nunca se me olvida un rostro.


Él calló y no pronunció ningún gesto que lo delatara.


—¿Qué narices haces aquí? ¿Por qué me fotografías? ¿Quién eres? —pronunció Estrella nerviosa.


—Eh, pisa el freno. ¿A cuál de tus preguntas quieres que te conteste?


—¿A todas? —dijo ella con la mirada inquisitiva.


—Solo te contestaré a una —pronunció Clyde con una enorme sonrisa de dientes blancos, mientras cambiaba el peso de sus pies con aire despreocupado.


—¿De qué vas, imbécil?


—Cuida tu lenguaje, jovencita, o no te contestaré a ninguna.


—¿Ah, no? —repuso ella, alejándose de él mientras lo fotografiaba de cerca, y él intentaba quitarle la cámara sin conseguirlo.


—¡Dame la cámara! —la ordenó con miedo a que su preciada herramienta de trabajo cayese al suelo.


Mientras ella caminaba hacia atrás, con la correa negra de la Canon enroscada en su brazo, retadora.


Siguió retrocediendo, esquivando bancos y girando alrededor de los árboles de la ribera del riachuelo, mientras el humor del joven iba volviéndose más taciturno a cada paso. Clyde ya se estaba cansando de jugar con aquella joven insolente. Él estaba acostumbrado a personas serías y discretas, sin aires infantiles, y no sabía cómo enfrentarse a una persona juguetona como ella.


En ello pensaba cuando la chica trastabilló en uno de sus pasos por culpa de un agujero en el césped, provocando que el joven perdiese el color del rostro y la paciencia antes de acercarse a ella de golpe con una mueca ausente de diversión. Mirándola fijamente con sus ojos azules llameantes de furia, le ordenó:


—Dame mi cámara, se te va a caer al suelo y vale mucho dinero.


—Oh, ¿qué tenemos aquí? Un gentleman materialista que acosa a las chicas y las fotografía sin su permiso…—susurró ella divertida mientras se alejaba.


—Dame la cámara ¡ya!


—No me da la gana.


Con la mandíbula tensa tintineando bajo su mentón y una mirada cargada de odio, se detuvo frente a ella antes de pronunciar en un tono más alto:


—Basta, dame mi Canon de una puta vez.


—Anda, pero si el inglés estirado sabe decir tacos —dijo ella, antes de sacarle una última fotografía a su rostro.


—¡Suficiente!


Le arrancó la cámara de un tirón mientras la sujetaba de un brazo para que no se escapase.

—Me estás lastimando, suéltame — le suplicó con voz temblorosa.


—Quien juega con fuego se quema, niñata —le espetó con una furia descontrolada, que nada tenía que ver con sus exquisitos modales de siempre.


Dentro de su interior latía punzante un sentimiento que no lo abrigaba desde hacía bastante tiempo. Él no se dejaba dominar ni por la ira ni por el odio, pero aquel jueguecito y la desobediencia de la chica lo habían irritado demasiado. No era algo a lo que un hombre como él estuviese acostumbrado. 


En su ambiente era él quien daba las órdenes y todo el mundo las satisfacía con premura. No le hacía falta alzar la voz. Pero que la joven le hubiese llamado “inglés estirado”, a él… “Clyde Gaelan Mac Donnell”, era lo que más lo había descontrolado de todo. Su orgullo escocés hirvió su sangre en protesta, totalmente ofendido y no pudo evitar ridiculizarla, sabiendo que a las mujeres no les gusta que se las trate como a unas niñas.


En ello reflexionaba cuando la vio mirarle con los ojos como platos, antes de emprender pasos cansados en la dirección contraria.


Clyde no entendía nada. «¿La habré hecho daño de verdad?» pensó.


Sin embargo a Estrella le había bastado la palabra “niñata” para no querer jugar más. Esa palabra pronunciada  por el joven de ojos azules, le había recordado a otros labios masculinos de origen español, y el eco de esas seis letras le habían devuelto al pasado de un golpe directo al corazón. Un pasado que pensaba que ya tenía olvidado y que volvía a resurgir mostrándola frente a ella todos sus demonios.


Incrédulo, Clyde la gritó:


—¿Ya está? ¿No quieres tus respuestas? ¡Dime tu nombre al menos! —gritó—. Me llamo Gaelan.


La joven se volteó, lo miró con tristeza y levantó el dedo corazón de su mano derecha como única respuesta.


—Maleducada… —pronunció el joven mientras una sonrisa invadió su rostro sin permiso. 


Maleducada o no le había dado de lleno en su interior y no podía dejar de observarla. Y aún no entendía el motivo de decirla su segundo nombre en vez del primero. Dubitativo, encendió su cámara y al verse reflejado en aquellas imágenes algo tintineo en su pecho.


Él era el fotógrafo profesional. Jamás había permitido que nadie le fotografiase desde tan cerca, y verse perfectamente enmarcado en distintas expresiones, le descolocó. 


En blanco y negro, se encontró a sí mismo sonriendo mientras sus ojos traviesos brillaban ante la imagen de la chica retándole. En otras se encontró su mandíbula tensa y su mirada arrolladora, en otras su rostro temeroso de que la cámara acabase en el suelo, y la furia ardiente en su mirada en la última imagen, consiguió dejarle abatido. Aquella chica había conseguido reflejar a la perfección sus sentimientos con un montón de clics despreocupados y sin apenas enfoque.


—Estrella —pronunció alguien a su lado con un fuerte acento holandés.


Clyde se volteó y se encontró con uno de los ancianos fuertes y sonrientes que habían gozado de lo lindo mientras ellos dos se encaraban por su cámara, a pocos metros de distancia.


—¿Estrella? —preguntó.


—El nombre de la preciosa chica con la que discutías, y a la que has gritado. Se llama E-S-T-R-E-L-LA —susurró el fornido hombre mientras deletreaba el nombre de la chica con una sonrisa burlona.


—¿Española? —inquirió intrigado.


El anciano se alejó del joven, alzando sus hombros mientras sonreía enigmático.


«Seguro que sí» pensó Clyde reflexionando sobre el carácter juguetón y el vocabulario callejero de la chica, más utilizado en países de habla hispana.

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