CAPITULO 3 DE AMOR EN BLANCO Y NEGRO

¡Queridos readers!

Un poco tarde pero llego a tiempo.

Ya me diréis qué os va pareciendo esta historia. Es de las primeras de temática romántica que escribí, hace ya bastante tiempo, así que sed malos y destripadme.

Os dejo con un nuevo capítulo de AMOR EN BLANCO Y NEGRO.

¿Qué pasará con Clyde y Estrella?

¡Espero que os guste!

¡Un abrazo muy grande y gracias por estar al otro lado!



3. FOTOGRAFIAS EN BLANCO Y NEGRO

Clyde continuó su camino por el pueblo intentando olvidar el encuentro con la chica de nombre Estrella. Aunque unas pequeñas vocecitas dentro de su cabeza le impedían olvidarla del todo, trayéndole a su memoria imágenes de sus primeros encuentros un año atrás. No podía olvidar su intensa mirada marrón, sus sonrisas. 

Meneó la cabeza intentando alejar esos pensamientos porque tenía que centrarse en su búsqueda de la inspiración. Se sentía cansado de su rutina en Londres. 

Cansado de fotografiar mujeres esqueléticas y hombres de cuerpos esculturales para las revistas de moda. Hastiado de ver sus imágenes decorando vallas publicitarias y autobuses. Agobiado de los actos multitudinarios codeándose con la gente más V.I.P., y por eso había viajado hasta aquel rincón, casi perdido, en busca de silencio y paz. 

Quería volver a sentirse como aquel joven escocés que dejó su carrera de Derecho a medio terminar para pelear por su sueño artístico. Quería volver a ser aquel muchacho que sentía la naturaleza como parte de él y que se tiraba horas y horas en busca de la imagen perfecta, sin ninguna prisa. 

Aquel joven que se sentía maravillado al observar la silueta de una hoja descendiendo de la rama del árbol que la vio crecer y que durante el otoño se tumbaba en la hierba esperando que alguna se descolgase de su rama para poder fotografiar ese preciso momento. El joven que se sentía extasiado al contemplar las nubes blancas de un radiante cielo azul y soñador intentaba hallar en ellas distintas formas que le mostraran mensajes.

Estaba seguro de que en aquel pequeño pueblo holandés rodeado de bella naturaleza, acabaría por encontrar su esencia de nuevo. Allí podría ser quien él quisiera ser. Y por lo visto había decido ser Gaelan y no Clyde, el fotógrafo aclamado. En la gran ciudad muy pocos conocían su segundo nombre y nadie lo utilizaba. 

Por unos días no quería ser Clyde. Quería utilizar el nombre que utilizaban tanto su madre como su hermana para referirse a él. Quizá así se sintiese un poco como en casa. Gaelan. Al repetir su nombre en un leve susurro, se acordó del encontronazo con la joven, de su grito y de la respuesta de ella mientras se alejaba, y una sonrisa radiante inundó su rostro.

«¿Cómo sonará mi nombre en los labios de Estrella?» pensó. Y ese pensamiento lo pilló tan de sorpresa que enseguida quiso enterrarlo en el fondo de su corazón.

Había viajado a aquel pueblo para encontrarse, no para perderse aún más. Ya había olvidado el tiempo que había transcurrido desde la última vez que se había sentido tan atraído por una mujer, y no iba a permitir que nada lo alejase de sus objetivos. 

Le invadía una sensación extraña porque aquella chica era todo lo contrario a lo que él buscaba en el sexo opuesto. No era algo meramente sexual sino algo que le nacía de adentro y que no sabía explicar. Y no le gustaba sentirse así.
Estrella se dirigió hacia su casa dispuesta a escribir un nuevo relato para así olvidarse del encuentro con el gentleman estirado, y de la palabra que la había recordado las que Carlos le había gritado antes de romper.

Por unos instantes volvió a sentirse culpable al recordar sus hirientes palabras profesadas con rabia: «Si tú no me lo das, lo tendré que buscar fuera ¿no? O acaso esperabas que te guardara fidelidad hasta que te volviese a apetecer jugar, niñata… » 

Esas habían sido las últimas palabras que Carlos le había gritado en su cara, al encontrarlo con su ex novia en la cama que ambos compartían cuando Estrella se quedaba en su casa. Ese día había querido pasarse por su apartamento y darle una sorpresa. Sin embargo la sorpresita se la había llevado ella.

Tras la muerte repentina de sus padres, Estrella había entrado en una depresión tan profunda que no la apetecía siquiera mantener relaciones sexuales. Se pasaba los días durmiendo y cuando estaba despierta permanecía en estado de shock o llorando la mayor parte del tiempo. Tan solo había pasado un mes desde el accidente que les sesgó la vida, pero para Carlos había sido suficiente para buscar calor en otro lugar.

Estrella en el fondo de su corazón sabía que no debía de sentirse culpable, que sus palabras no debían afectarla, porque se supone que las personas que nos quieren están para las buenas y para las malas. Sin embargo, una vocecita le había hecho dudar durante meses. Pensar que si ella se lo hubiera dado tal vez él no lo hubiera buscado, que si no hubiese pensado solo en sí misma y en su estado de ánimo, las cosas tal vez fuesen diferentes.

A veces cuando lo pensaba de nuevo y miraba hacia atrás, lo único de lo que se arrepentía era de haberse puesto a llorar como una imbécil y darle el placer de verla derrumbada. Tenía que haberle dado una buena bofetada como respuesta a sus palabras. O mejor, un buen rodillazo en los huevos para que se acordase de ella cada vez que tenía una erección con otra. Tenía que haberse quedado durante algún tiempo en España y no haber salido corriendo de la manera en la que lo hizo.

Pero por mucho que alguien lo intente y lo desee, el tiempo es algo que sucede y no se puede regresar a él de ninguna manera. 

Debía seguir adelante, olvidar el pasado y vivir el presente como mejor pudiera, ella lo sabía y lo intentaba. Y para conseguirlo necesitaba escribir y transportarse a otros mundos donde la realidad no se hacía tan pesada.

Llegó a casa y, al abrir la puerta, el olor a café recién hecho le inundó su nariz. Sonrió. Le encantaba el aroma del café porque su olor le recordaba a los desayunos en familia. Aunque a veces esos recuerdos le provocaban demasiada nostalgia, gracias a sentir esas sensaciones sabía que tenía un montón de buenos instantes que ya nadie le podría robar. 

Además la cafeína era un remedio perfecto para despertar todos sus sentidos y dejar fluir la inspiración, aunque no era recomendable que se tomase más de tres tazas durante el día, si no quería acabar subiéndose por las paredes girando la cabeza como la niña del Exorcista.

Se quitó las Converse rojas y las dejó en el zapatero de la entrada, se puso las zapatillas con forma de mariquita y fue directa a la cocina a por el café.

Con la taza caliente entre las manos se dirigió a la habitación en la que había instalado su despacho, y encendió su ordenador portátil dispuesta a dejarse llevar por las musas.

Suspiró hondo mirando el reloj y comenzó a pulsar las teclas escuchando a su corazón. De su mente pronto comenzaron a brotar las palabras y un nuevo relato corto empezó a nacer entre líneas. Tenía dos horas para seguir escribiendo antes de marcharse a ayudar a su hermana en el restaurante que ésta había abierto junto a su marido Jurian, el culpable de que ambas estuviesen en Holanda.

Clyde siguió caminando por el pueblo, sacando un centenar de fotografías con las que había vuelto a sentirse renovado. Se apoyó en la barandilla del puente donde horas antes había visto a Estrella, y encendió su cámara para divisar todas las fotografías de aquella mañana.

Patos nadando a favor de la corriente, frondosas hojas verdes, árboles gigantes llenos de espesura y vida, casas pintadas con colores tan llamativos que provocaban sonrisas inesperadas, enanitos de jardín con barriguitas prominentes, ancianos que bajo el sol charlaban de sus asuntos y sonreían, prendas de ropa sujetas por pinzas ondeando sus texturas entre el aire del viento. Y una chica de tez pálida y pelo ondulado de color marrón con reflejos rojos, cuya imagen provocó que en su sangre volviese a aparecer ese cosquilleo electrizante que tan poco le gustaba.

Pasó una a una sus fotografías y los latidos de su corazón se desbocaron. 

Aquella joven era tan distinta a las mujeres con las que él había mantenido relaciones sexuales, que no lograba entender por qué se sentía tan atraído hacia ella. No era para nada su tipo de mujer ideal. Ni su físico ni su personalidad lo eran, para ser exactos.

No era como ninguna de las modelos con las que se había acostado, ni vestía como ninguna de sus amistades, y mucho menos se comportaba como tal. Si la vieran los diseñadores para los que él había trabajado lo más seguro sería que la mirasen por encima del hombro y se riesen de su atuendo, que parecía salido del armario de Kurt Cobain

Vaqueros rotos, playeras Converse desgastadas, camiseta de un grupo de indie rock. Sin embargo por más que trataba de no pensar en ella, la chica volvía a resplandecer en su retina, una y otra vez.
Clyde sintió rugir su estómago y se apresuró hacia el restaurante que había visto al salir del hotel. “Luz de Luna” creía recordar que se llamaba. Quizá, al calmar su apetito, su mente dejase de jugarle malas pasadas.

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