CAPITULO 4 DE AMOR EN BLANCO Y NEGRO

¡Queridos lectores!

Después de los post anteriores sobre la antología gratuita ALETEOS DE PALABRAS, regreso a la actividad normal del blog y os traigo un nuevo capítulo de AMOR EN BLANCO Y NEGRO...

Clyde y Estrella ya tenían ganas de volver. ¿Y vosotros de descubrirlos?

¡Espero que sí!

¡Un abrazo! Y mil gracias por estar al otro lado...

4. LUZ DE LUNA
Clyde llegó al restaurante y tras la barra lo atendió muy amablemente un joven más o menos de su edad, alto y fuerte, de brazos fibrados y penetrantes ojos azules. Le mostró una mesa vacía, le entregó la carta del restaurante y el menú del día impreso en un folio. Incluso le cedió el periódico del pueblo en versión inglesa destinada a los turistas, por si quería amenizar la espera mientras le servían.
Clyde lo abrió encantado. Tenía ganas de conocer un poco más a fondo aquel pueblecito y las noticias que les interesaban. Lo extendió sobre la mesa para verlo y se llevó una enorme sorpresa. Al pasar las páginas del “Diario de Zunse Schauns”, en la esquina superior derecha de una de las hojas encontró una pequeña fotografía de carnet de Estrella. Bajo ella la palabra “Writer”, y en el centro de la hoja el título de lo que parecía un relato corto: Un fantasma en Mary King’s Close.
Aquello le provocó una sonrisa al recordar esa atracción terrorífica que habían creado bajo la Royal Mile en su querida Escocia, y sin perder el tiempo se dispuso a leer el relato.
«Así que eres escritora…y buena la verdad» pensó en voz baja. Entonces entendió el motivo de encontrarla con una libreta sobre sus piernas, tanto en el puente del Castillo de Eilean Donan como en el puentecillo de madera cercano a la entrada del pueblo. Y él pensando que la joven estaba escribiendo un diario como algunas adolescentes.
Ya casi había terminado de leer, cuando alguien se le acercó y por la estela que dejaba su perfume supo que conocía a la persona que estaba de pie a su lado.
—Buenas tardes. ¿Qué desea comer?
Al alzar sus ojos hacia la aterciopelada voz, Clyde se encontró de frente con los ojos marrones color miel de Estrella.
—¡Buenas tardes! Pero si eres tú…
—Me confunde con otra persona, señor.
Desde la barra, el holandés rubio de ojos azules los miraba atentamente, con el entrecejo arrugado. ¿Se conocerían Estrella y aquel joven?
—No. Nunca me olvido de un rostro, además mi cámara puede verificarlo.
Estrella resopló y chaqueó su lengua molesta. Su corazón latía totalmente desbocado y sus mejillas llevaban minutos ardiendo, desde que su cuñado le había pedido que atendiese a un cliente que acababa de entrar. Desde que lo vio tras la ventana redonda de la cocina, su piel comenzó a traspirar.
Cambió el peso de sus pies, y mirándolo fijamente con cara de pocos amigos, le preguntó:
—¿Qué desea comer?
Entre sonrisas Clyde la pidió que le aconsejara. Ya había decidido lo que quería desde hacía rato, pero quería martirizarla un poco teniéndola allí plantada. Ella le explicó el menú y le aconsejó algunos platos. Con la comanda en la mano se disponía a marcharse hacia la cocina, cuando él la cortó el paso.
La cogió de la mano y la atrajo hacia la mesa para que ella se girase y lo mirase. Estrella lo miró a los ojos con sus perfiladas cejas alzadas, y él entre sonrisas se acercó a ella para susurrarle:
—Sin veneno, por favor.
—No te creas tan importante.
Ella negó con la cabeza, dedicándole una mirada glacial, y mientras caminaba hacia la cocina murmuró en castellano:
—Veneno…no, pero un buen escupitajo sí que te echaba yo.
Él la escuchó refunfuñar como una niña pequeña y sonrió. La verdad es que le estaba cogiendo el gusto a eso de pelear con ella. Aquella chica lo hacía sentir como un adolescente travieso.
Entregó la comanda en la cocina. Su hermana no pudo evitar cotillear al ver su cara. Su cuñado entró en ese momento dispuesto a interrogarla, y así ambos se enteraron de que lo había conocido por la mañana, y que le había pillado sacándola fotografías.
Se guardó para sí que ya lo había conocido un año antes en Escocia, y que cada vez que pensaba en él su sangre cosquilleaba de una forma extraña. Aquello era algo que no le interesaba a nadie más que a ella, solo su mejor amiga lo sabía, y que de saber ambos la volverían loca con bromas.
—Parece guapo —dijo su cuñado guiñándola un ojo—. Aunque como hombre no entiendo mucho de estas cosas.
—Es muy guapo —constató su hermana.
A lo que Estrella no pudo evitar protestar moviendo las manos para que terminasen con aquella conversación.
Su hermana supo leer más en su mirada, y cuando el cotilla satisfecho de su cuñado regresó a la barra a atender a nuevos clientes, Luna se acercó a Estrella y la dijo:
—Algún día me contarás “toda” la historia.
Estrella que era incapaz de mentirla, guiñándola un ojo la dijo:
—Quizás, algún día.
Estrella le sirvió los dos platos y el postre que Clyde había pedido con toda la educación del mundo, y se hizo cargo de las distintas mesas que se fueron llenando conforme pasaban los minutos. El joven no la perdió de vista en ningún momento, y se sorprendió a sí mismo acalorado por los celos, cuando un rubio de ojos azules, alto y de espaldas anchas, se la acercó amigablemente y se fundió con ella en un abrazo que parecía no tener fin.
«Aquí todos tienen que ser rubios, de ojos azules, altos y musculados o qué…»
Las sonrisas que ella le brindó al joven le desquiciaron aún más. No entendía esos celos que se habían despertado en su interior, porque él jamás había sido un hombre celoso. Sin embargo no pudo evitar que todo su cuerpo se tensara y que su humor diese un giro de ciento ochenta grados.
Airado, terminó de comer y se marchó a seguir paseando por el pueblo en busca de inspiración, con la esperanza de que lo abrazasen las respuestas que llevaba queriendo encontrar desde hacía más de un año.

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