CAPITULO 5 DE AMOR EN BLANCO Y NEGRO

¡Queridos lectores!

Ya tenéis aquí un nuevo capítulo de mi historia por entregas AMOR EN BLANCO Y NEGRO.

Para leer con el café, a media tarde o en la soledad de la noche ;-)

Aprovecho para recordaros que hay una antología en marcha,y que podéis leer las bases en el siguiente enlace.

http://rebekaoctoberwriter.blogspot.com.es/2017/02/queridos-lectores-os-traigo-las-bases.html

Por si os apetece participar, crear conmigo, recomendarme canciones o regalarme inspiración.

Mi email personal:

bekaautumn666@gmail.com

Y sin más, el capi :P

¡Espero que os guste!

¡Un abrazo y gracias por estar ahí!



5. REFLEJOS DEL SOL

Una nueva mañana comenzaba a despertar en Zunse Schauns. Los reflejos del sol llevaban horas atravesando el cristal de la ventana de la habitación de Estrella, cuando sus ojos se abrieron. La luz irradió con tanta fuerza que la cegó durante unos segundos. Una punzada eléctrica en sus sienes le recordó que había dormido pocas horas.


Desde que se había encontrado con Gaelan, su sangre había decidido bombardear su corazón con tal aceleramiento que le fue imposible dormirse a la hora de todas las noches. Se pasó horas desvelada pensando en el joven, recordando su viaje a Escocia, extrañando algo que no conocía y que por más que trataba de hallar dentro de ella, no quería ser encontrado.


Clyde se levantó enérgico hacia el baño y se sumergió bajo el agua de la ducha en cuanto el sol le desperezó y sus ojos se abrieron. Había dormido como un bendito, sin malos sueños, ni desvelos. Después de pasarse los dos últimos meses mal durmiendo, el ajetreo por el pueblo, fotografiando, le había dejado totalmente exhausto.


Mientras el agua caliente le relajaba todo el cuerpo, pequeños fragmentos de ensoñaciones con Estrella de protagonista regresaron a su mente. Había estado soñando con ella durante toda la noche. Una enorme sonrisa se instaló en sus labios mientras que en otro lado de su cuerpo también creció algo. El brillo de sus ojos se intensificó y si se hubiera mirado al espejo en ese preciso momento se hubiera dado cuenta de que aquella joven quizá fuese la respuesta a todas y cada una de las preguntas que llevaba tiempo formulándose.


Sacó de su maleta un polo Ralp Lauren blanco y unos chinos cortos color tierra, y se los puso junto con sus playeras Ted Baker negras, para salir apresurado con su cámara entre las manos. Se sentía distinto. Más como el joven que abandonó Escocia para dedicarse a su sueño fotográfico, que como el hombre hastiado y taciturno en el que se había convertido después de varios años como fotógrafo de modelos y gente famosa.


Se presentó en el restaurante Luz de Luna a desayunar, y cuando hubo terminado su té y su croissant, se dirigió hacia un parque que había encontrado a las afueras del pueblo, y del que apenas había podido disfrutar el día anterior.




Estrella decidió quitarse la frustración de no haber podido dormir bien de la única manera que sabía. Escribiendo. Tras una larga ducha y un café reconfortante, actualizó su blog literario, y mandó unos emails a las únicas amigas que había dejado en España: Ana y Carmen.


La primera era una profesora de música de educación primaria en un colegio de su Zamora natal. Escritora de vocación y guitarrista en una banda de rock, era una de las personas a las que Estrella más admiraba. Se conocieron vía blog, y en uno de sus viajes literarios Estrella decidió visitarla, para poder escribir juntas un pequeño relato. Sentadas en un parque cercano a la ribera del Río Duero, habían cumplido la promesa de escribir un relato a cuatro manos. 


Aquel momento fue inolvidable para las dos, y para recordarlo siempre decidieron hacerse el mismo tatuaje en la muñeca. Una clave de Sol entrelazada con una clave de Fa, que juntas formaban un corazón. A pesar de la distancia, cuando recorría el tatuaje con la yema de sus dedos, Estrella podía sentir a su amiga cerca de ella.


La segunda, Carmen, era una escritora asturiana, que había conocido en la presentación de su primera novela. Aparte de escritora con dos novelas en el mercado y varias publicaciones digitales en su blog, ejercía de psicóloga. 


Desde que la conoció se había sentido muy unida a ella por la calidez y ternura que desprendía, por sus perfectos consejos. Era una de las pocas personas que la había puesto los puntos sobre las íes respecto a su hobbie literario. Si alguna vez llegaba a publicar una novela con una editorial, no en Amazon después de pasar por las manos de un corrector como sucedía ahora, Estrella sabía que sería por esa mirada de Carmen aquel día, por sus consejos y ánimos, y por su pequeño tirón de orejas. Cada vez que la recordaba: suspiraba, porque había momentos en los que no añorar sus abrazos, sus charlas sobre libros y series televisivas, sus cafés a media tarde y sus grandes sonrisas, se le hacía muy difícil.


Si Ana y Carmen estuvieran a su lado en Holanda, las cosas serían muy distintas. Al menos tenía a su hermana Luna y a Alie, y al loco de su cuñado Jurian, que tenía que reconocer que era una chispa de frescura en la vida de ambas. Ya no imaginaba una vida sin su cuñadito. No solo porque su hermana era feliz, sino por todas las veces en las que aquel hombretón enorme la había ayudado con sus sabios consejos y demostraciones de afecto.


Dispuesta a relajarse, se vistió para salir, metió su libreta en el bolso y le mandó un mensaje a su hermana para decirla que se iba a su rincón favorito.


Llevaba media hora escribiendo sentada en su banco especial, cuando alguien se acercó y se sentó a su lado.


No la hizo falta mirarlo a la cara para saber quién era. El rastro de su perfume y su ropa de marca habían hablado por él. Su forma de vestir nada tenía que ver con los habitantes del pueblo, siempre acostumbrados a ropa de trabajo para el campo, y de telas más bastas.


Se quitó uno de sus auriculares, apagó el Ipod, y lo miró fijamente a los ojos intentando descifrar sus intenciones. Frente a ella tenía al culpable de que no hubiera podido pegar ojo en casi toda la noche, y ahora para colmo la interrumpía cuando estaba haciendo la única cosa que se le daba bien. La ira no tardó en apoderarse de sus palabras.


—¿Molesto? —preguntó el joven.


—Si —contestó Estrella de forma escueta y tajante.


—¿Por qué? ¿Ni siquiera me conoces?


—Ni ganas que tengo. Ahora porque no te marchas por dónde has venido y me dejas sola.


Clyde sonrió triunfante.


—Esto es un parque público, por lo tanto no pienso largarme. Vete tú si quieres, se está muy bien en este bancooo…el sol acaricia de plenooo…—dijo el hombre arrastrando las palabras para irritarla un poco más—. Además hay más bancos libres que puedes ocupar.


—¿En serio?


—Sí.


Estrella bufó intentando tranquilizarse antes de pronunciar:


—Necesito estar aquí, este es mi rincón de inspiración. Por favor… —le contestó mirándole dulcemente, cambiando su humor para intentar convencerlo.


—Me llamo Gaelan —dijo el joven extendiendo su mano hacia ella—. No pienso molestarte, de verdad. Tú sigue escribiendo como si yo no estuviese aquí.


Ella lo miró de nuevo, sin contestar a su saludo. Su humor se agrió, y sin una pizca de dulzura le espetó:


—Ya sé cómo te llamas, todo el pueblo lo escuchó cuando gritaste. Y solo con tu aura gris ya me estás molestando, así que vete a otro banco o me marcho yo.


—Como quieras, Estrella —pronunció el joven mientras se levantaba para marcharse.

—Perdona ¿qué has dicho? —dijo la chica agarrándolo del brazo.


«Ahora sí he llamado tu atención ¿eh? »


—¿Tienes problemas auditivos? —espetó él, mirándola divertido.


—¿Por qué sabes mi nombre?


—Adiós. No quiero ensombrecer tu nidito de inspiración con mi aura gris.


Y se marchó, dejándola intrigada y sin respuesta. Ni siquiera le dio tiempo a formular una nueva pregunta o pulla a su contestación.


Estrella no pudo evitar mirarlo mientras se alejaba por el sendero de tierra que llevaba al centro del pueblo. La irritaba, sí. Era el tío más soso y estirado que había conocido en su vida, también. Pero no podía evitar desnudarle con la mirada. Estaba segura de que bajo aquella ropa perfectamente planchada se hallaba un cuerpo ardiente y escultural, que cada terminación nerviosa de su cuerpo se moría de ganas por probar. 


«Jamás se fijará en una grunge como tú, querida» le recordó una vocecita en su cabeza.


Se volvió a colocar los cascos de su Ipod, con la esperanza de que la voz de Dan Reynolds, el cantante de Imagine Dragons, le calmase y devolviese las musas de la inspiración para poder continuar con la escritura. Pero después de varios minutos de intentos fallidos y de frases tachadas al tiempo de nacer, se levantó furiosa y se marchó hacia el restaurante de su hermana.


—Maldito gentleman, porque no se quedaría en su casa…

No hay comentarios :

Publicar un comentario

Se agradecen todos los comentarios siempre y cuando estén hechos desde el respeto. Aquellos que no lo estén serán eliminados por el autor. Gracias.