CAPITULO 8 DE AMOR EN BLANCO Y NEGRO

¡Queridos readers!

Hoy vengo puntual a la cita y os dejo con un nuevo fragmento de AMOR EN BLANCO Y NEGRO.

Espero que estéis disfrutando de la historia y que al menos os haga reír ;-)

¡Un abrazo y feliz miércoles!



8. ABRIENDO EL CORAZÓN


Junio siguió avanzando sin detenerse sobre el calendario. Aquella mañana no brillaba el sol que se mantenía oculto tras las nubes, tímido y rezagado.


El corazón de Estrella se encontraba un poco como el día, tímido y lleno de dudas.


Por un lado estaban sus sentimientos hacia el mejor amigo de su cuñado. Stefan y ella habían salido alguna vez, habían tenido un par de citas de esas que acaban como tienen que acabar las buenas citas: con ambos cuerpos enrollándose entre las sábanas. Con él todo eran risas, alegría y momentos bonitos que recordar. Además de que era el hermano de su mejor amiga holandesa, Alie, y eso le daba más puntos a su favor.


Por otro, se encontraba el joven escocés que había llegado al pueblo para terminar de desbarajustar toda su tranquilidad. 


Gaelan era muy diferente a la clase de hombres que solían gustarle y sin embargo no podía dejar de pensar en él. Tenía una forma de vestir y unos modales demasiado exquisitos para una mujer como ella. Y podía sumar a la lista de dudas que ni siquiera lo conocía. Había algo en él que no acababa de darle buenas vibraciones, en su mirada le parecía vislumbrar que ocultaba algo. 


«Nadie es tan recto ni tan perfecto a la vista de los demás sin ocultar algo en su interior que no quiere mostrar» había pensado Estrella varias veces. 

Sin embargo algo dentro de su sangre la encaminaba hacia él, como si fuesen dos imanes que estuvieran destinados a juntarse. Por no mencionar su increíble atractivo que la tenía totalmente hechizada. Para más inconveniente, la llegada de Stefan la tarde anterior interrumpió sus planes de sonsacarle algún dato más íntimo sobre su vida.


La temperatura había bajado unos cuantos grados en el pueblo, como si el otoño se hubiese adelantado unos cuantos meses y quisiera aparecer de improvisto. Consecuencias del cambio climático, dirían algunos.


Clyde miró por la ventana del balcón del hotel antes de abrir su maleta y elegir la ropa para aquel día. Los pantalones cortos estaban descartados. A su look matutino tendría que añadirle un fino jersey de cuello en pico si no quería pasarse el paseo tiritando. El sol no sería su aliado ese día, así que se vistió con unos chinos largos de color gris, una camisa blanca, un jersey del mismo color que sus pantalones y sus playeras favoritas. Se miró al espejo y se despeinó con los dedos su desaliñado pelo moreno que ya comenzaba a quedarle demasiado grunge sin el gel fijador. 


Tras un vistazo de cuerpo entero decidió desabotonarse los dos primeros botones de la camisa al recordar unas palabras de Estrella que le habían dolido en el alma: “inglés estirado”. Tenían un look tan diferente, que lo último que quería era pasar desapercibido a sus ojos. Enterrar el gel fijador en el fondo de la maleta la noche anterior le parecía en esos momentos una gran decisión. Entre sus mechones rebeldes y la barba incipiente de varios días, ya comenzaba a parecerse un poco al tipo de hombres que parecían gustarle.


Con una mueca de disgusto recordó el final de la velada de la tarde anterior. El  musculado, rubio de ojos azules, que la había abrazado en el restaurante, apareció de la nada mientras revisaban las fotografías en blanco y negro. Había planeado indagar en su vida y charlar con ella tranquilamente en su banco preferido, cuando el tal Stefan apareció y lo echó todo por tierra.


Él, que estaba tan acostumbrado a los desfiles de moda, a las novedades de las marcas más exclusivas, a los trajes de chaleco y corbata, no entendía como alguien podía salir de casa vestido con unos vaqueros rotos, playeras Converse despeluchadas, camisa interior de tirantes blanca, luciendo brazos enormes y tatuados, y una camisa de cuadros granates atada a la cintura como un adolescente.


«Parecía un leñador»


Por la forma en la que ambos se miraban estaba claro que habían tenido demasiada intimidad.

Como hombre que había tenido muchas relaciones, sabía perfectamente cómo se miran y se comportan las personas cuando hay ese “tipo de confianza” entre ellas. Y ser consciente de ello lo irritó tanto que se marchó de allí excusándose con tener que hacer una llamada, antes de que ella le diese la patada en el culo por el holandesito.


Esa misma noche, Clyde se había propuesto descubrir que se escondía detrás de aquella mirada color miel y por qué no, averiguar cada centímetro de la pálida piel de la joven. Estaba claro que no la era indiferente. Y tenía que lograr que le ayudase a averiguar si la atracción que le había sacudido hacía ya un año en Escocia era solo producto de su imaginación. Ese cosquilleo en su sangre tenía que significar algo, sí o sí. 

Él no era un hombre de cosquilleos ni de ese tipo de sensaciones. Así que salió de la habitación dispuesto a recorrer todo el pueblo antes de comer, con tal de tropezarse con ella en algún lugar y entablar un acercamiento. Solo esperaba que nadie apareciese para interrumpirlos.


Cogió la cartera de marca Ted Baker, apagó el móvil y lo guardó en la maleta. No quería ningún tipo de distracción y solo faltaba que la inoportuna de su hermana lo llamase. Cerró la puerta de la habitación, suspiró y emprendió camino dispuesto a abrir el corazón de la joven, de par en par.



Estrella se vistió todo lo aprisa que pudo, sin pararse mucho a elegir su atuendo. Lo único diferente que hizo esa mañana fue perfilar sus pestañas con unas gotas de rímel negro.


No perdió el tiempo porque no tenía muchas opciones de elegir otro tipo de vestuario, ya que en su armario reinaban las prendas vaqueras, las camisetas de grupos musicales y las camisas y jerséis amplios. Tan solo una minifalda negra de traje, una blusa de leopardo rojo y unos zapatos de tacón de aguja color negros, rompían la monotonía. Y eran prendas que solo había utilizado en una entrevista de trabajo en España, para causar buena impresión.


Escogió una camiseta de Placebo color blanco, unos mini shorts vaqueros negros con tachuelas en los bolsillos, unas medias de encaje para no congelarse de frío y un jersey gris oscuro de cuello redondo. Tras mirarse al espejo una última vez se puso sus converse moradas de estética sideral, con estrellas y constelaciones grafiadas, y se dispuso a salir de casa dispuesta a silenciar sus miedos y dejar que su sangre hablase si tenía que hablar al encontrarse con Gaelan. 


El reloj marcó las once de la mañana regalándola en sus campanadas nuevos ánimos cuando abrió la puerta para marcharse.


Cerró la puerta tras de sí dando un giro de llave, y cuando se volteaba para encaminarse hacia el centro del pueblo sus pies se detuvieron como si se hubieran hundido en la tierra del jardín. Su sangre comenzó a vibrar produciéndola ese tintineo que conocía tan bien, y al alzar su mirada al frente, se encontró con Gaelan.


El joven de ojos azules la miraba atentamente, saludándola con su mano derecha y con una amplia sonrisa en su rostro. Aquella mañana estaba distinto. No llevaba el pelo engominado, e incluso se había desatado un poco la camisa. Aunque seguía vistiendo de forma pija, tenía un aire juvenil y moderno que no pasó desapercibido a los ojos de la joven. Respondiéndole con una sonrisa amplia y sincera se encaminó hacia él para darle los buenos días.


Cuando llegó a su lado, Clyde la sorprendió con dos besos en sus mejillas y un fugaz abrazo. No había podido evitar ponerse nervioso al verla con aquellos pantaloncitos. 


Aunque las medias de encaje le impedían ver las piernas con total detalle, no le impidieron vislumbrar lo moldeadas que estaban. El gesto tan cercano del joven la hizo viajar al cielo y regresar a la tierra de golpe. Al coger aire para serenarse, Estrella inhaló la fragancia del joven y su corazón se paró una milésima de segundo para comenzar a latir apresurado. Su rostro palideció para después sofocarse y al verla Clyde la agarró del brazo y la preguntó si se encontraba mal.


—No, estoy bien. Es solo tu perfume.


—¿Te desagrada el olor?


—No —pronunció aturdida con el alma entre dos mundos, el real y el de los recuerdos.


—¿Y por qué has palidecido entonces?


—Recuerdos.


—Malos al juzgar por tu rostro.


—Malos y buenos.


—Lo siento, pero no te sigo.


Estrella suspiró antes de invitarle a caminar hacia su parque favorito. A esas horas de la mañana solía estar vacío y con un poco de suerte nadie les interrumpiría y así podrían charlar y conocerse un poco.


Después de varios minutos en silencio caminando uno al lado del otro, mirándose de reojo y sin abrir los labios, Estrella decidió sincerarse y abrirle su corazón.



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