CAPITULO 9 DE AMOR EN BLANCO Y NEGRO

¡Queridos readers!

Un nuevo capi de AMOR EN BLANCO Y NEGRO.

¡Espero que os guste!

¡Un abrazo! ¡Gracias por leer!


9. UN COLGANTE CON FORMA DE CORAZÓN

Caminaron acelerados por llegar a su destino. Queriendo alejarse del traqueteo rutinario del pueblo, de las voces de los habitantes y de posibles interrupciones. El trinar de los pájaros y el susurrar del viento estaba hipnotizando el alma de Clyde cuando Estrella rompió el silencio con su dulce voz para explicarse.

—El perfume que llevas es 1 Million de Paco Rabanne.

—Buena observación. Es mi perfume preferido.

—No me disgusta su olor —dijo la joven mirándole a los ojos con tristeza mientras acariciaba su colgante con forma de corazón. Algo que no pasó desapercibido para el hombre.

—¿Pero? —preguntó con miedo.

—Pero me recuerda a una persona a la que quise muchísimo y que ya no está. Al olerte días atrás me recordaba a algo conocido sin llegar a identificarlo, pero al abrazarte ahora y percibirlo con más intensidad he descubierto realmente cuál era tu fragancia.

—¿Esa persona significaba mucho para ti? —preguntó sin querer parecer interesado.

—Sí. Fue el hombre al que más he amado en toda mi vida. El mejor hombre que jamás he conocido.

—Ajám.

El joven sintió como su corazón se paralizaba por completo, y el cosquilleo de su sangre se convertía en una danza de finas agujas que le resquebrajaban las venas interiormente con su deambular. Su mandíbula se tensó y su mirada se oscureció de tal manera, que sus preciosos ojos azules se convirtieron en dos gemas del mismo color gris que tiene el mar en días de tormenta.

«¿Está celoso?» Estrella al darse cuenta de lo que el joven podría estar pensando, prefirió matizar y explicarle quién era ese hombre en realidad.

En ese instante llegaron al rincón de inspiración de Estrella y a la vez se sentaron en el banco, uno al lado del otro. Su casa estaba cerca del parque ya que era una de las más alejadas del centro del pueblo. Un poderoso silencio se había instalado entre los dos rompiendo la magia que sus sonrisas habían creado al encontrarse.

—Mi padre.

—¿Perdón?

—El hombre que usaba tu perfume, era mi padre. Murió.

Clyde abrió los ojos estupefacto. Por nada en el mundo se hubiera imaginado que su padre hubiese fallecido. Enseguida una profunda tristeza le invadió todo su cuerpo, y mirándola a los ojos con dulzura le dijo:

—Lo siento, de verdad. Yo…

—No pasa nada. Fue hace dos años, duele pero estoy aprendiendo a vivir con ello.

Sí, lo estaba haciendo, pero eso no significaba que no le extrañase todos y cada uno de los días de su vida.

El hombre no sabía si acercarse a ella o cederla su espacio. 

Tenía unas ganas enormes de abrazarla pero si lo hacía ella inhalaría su perfume de nuevo al respirar, y los malos recuerdos regresarían a su mente para hacerla palidecer. Y él no quería verla así.

No sabía muy bien el motivo pero desde que se había despertado ese día  se moría de ganas de que ella se deshiciese en sonrisas de nuevo. En otras sonrisas como la de la tarde anterior, y como la que le había brindado al encontrarse a las afueras de su casa. Sonrisas que habían logrado remover sentimientos que él pensaba que ya nunca volvería a sentir por nadie.  

Al final iba a tener razón su hermana Davina, y el destino le estaba mostrando con esa chica que seguía estando vivo y que su corazón no era un fragmento de iceberg como muchos, incluso él mismo, pensaban.

La agarró fuertemente de su mano brindándole ánimos. Iba a cambiar de tema cuando instintivamente su mirada se fijó en el colgante con forma de corazón que la joven llevaba acariciando un buen rato.

Estrella al darse cuenta de ello, le dijo.

—Este colgante es mi amuleto de la suerte, tiene una historia trágica pero en el fondo tocarlo y sostenerlo entre mis manos me da fuerzas para seguir.

Al escuchar aquellas palabras, Clyde se cercioró de que la mujer que tenía frente a él tenía un alma especial. No era una niñata como él le había dicho días atrás. Ahora se arrepentía profundamente de haberlo pronunciado. Tras sus ojos comenzaba a vislumbrar sufrimiento y demasiada madurez para su edad, aunque a veces se comportase con un aire infantil, no era ninguna niña.

—¿Quieres contarme su historia? —le preguntó revolviéndose en el asiento sin saber qué posición tomar.

—Es una historia triste… —le dijo ella.

—Es tu historia. Y me encantaría conocerla para saber de ti —pronunció suavemente con su voz ronca temblando en miles de sentimientos encontrados.

Estrella se levantó del banco para después sentarse a horcajadas sobre la madera, y así explicarse mirándolo directamente a los ojos.

Después de suspirar profundamente, comenzó su relato.

»Este colgante fue el último regalo de mis padres por mi cumpleaños. Es de plata forjada, y en su interior había una fotografía de ambos. Cuando fallecieron en un accidente, decidí soldarlo para no volver a abrirlo nunca más. Como no nos quedaba familia, decidimos incinerarlos y esparcir sus cenizas en un monte al que íbamos juntos los cuatro a hacer senderismo. 

Sin embargo tanto mi hermana como yo reservamos una mezcla de ambas cenizas para llevarlas siempre con nosotras. Si te fijas verás que mi hermana tiene el mismo colgante y que solo se diferencian en que el suyo es de oro. En el interior del colgante están esas pocas cenizas. Sé que suena tétrico, pero es nuestra manera de llevarlos con nosotras. Es mi manera de sentirlos conmigo aunque ya no estén.

Clyde no sabía qué decir. Las palabras se le habían atascado en el fondo de su garganta.

Era una historia amarga, demasiado. No solo había perdido a su padre, sino que también había perdido a su madre. En el mismo lugar y al mismo tiempo. Ahora entendía por qué había dejado España y se había instalado en el mismo pueblo que su hermana. No tenía a nadie más. Y ser consciente de ello le abofeteó el corazón de tal manera que se sintió completamente devastado.

Sin dudarlo un minuto, se acercó a ella y la abrazó muy fuerte.

Ella se dejó abrazar, en ese momento necesitaba sentirse protegida, y entre los brazos de Gaelan se sintió mejor de lo que esperaba. Acurrucada en su fuerte pecho suspiró, y al inhalar el perfume de nuevo, unas cuantas lágrimas se precipitaron desde sus pestañas sin pedirla permiso. Se separó de él para no mancharle el jersey de rímel negro, pero él se lo impidió.

—No me molestas.

—Pero mi rímel negro manchará tu impoluto jersey.

—Ya me comprarás uno nuevo, no te preocupes por eso.

Estrella soltó una carcajada al escuchar su respuesta y la melancolía dejó de abrazarla. 

Se separó de él para darle las gracias y por un instante se perdió en la mirada dulce del joven que nada tenía que ver con las miradas frías y amenazadoras como puñales que se habían lanzado en los días anteriores.

El silencio volvió a rodearlos, y para romperlo Clyde le secó unas huellas emborronadas de sus lágrimas con el dorso de sus manos, antes de restregárselo por el jersey, dejando a su paso motitas negras.

Estrella no pudo evitar darle un golpecito en el pecho y echarse a reír de nuevo. Al verla sonreír Clyde no pudo evitar hacerlo también. Estrella se levantó como un resorte del banco y lo invitó a alzarse. Demasiada intensidad en el ambiente y como siguiese así de cerca del joven, la iba entrar uno de sus arrebatos y se iba a lanzar a por su boca.

—Te invito a comer en el restaurante de mi hermana. Seguro que si se lo pido me da un día de descanso —le propuso guiñándole un ojo.

—Perfecto. ¿Pero no te querrás escaquear de comprarme un jersey nuevo, no?

—¿Sabes que existen las lavadoras, verdad?

—¿Esa cosa cuadrada con un circulo en su interior que gira dando vueltas?

Él le dio un golpecillo en el hombro, guiñándola un ojo antes de ofrecerla su brazo para que se acercara a él.

Cuando llevaban un minuto caminando en silencio entre sonrisas se acercó a su oído y la dijo:

—Mientras esté en el pueblo dejaré de usar mi perfume. No quiero verte triste otra vez. Me gustan demasiado tus sonrisas.

Ella lo miró divertida sin saber qué decir. Había logrado dejarla sin palabras. A un hombre como él le gustaban sus sonrisas…desde luego aquello no lo esperaba, pero antes de quedarse muda por más rato y parecer idiota, lo miró a los ojos. Se apretó más fuerte de su brazo y le dijo:

—No lo hagas. Piensa que al olerte a ti una parte de la esencia de mi padre sigue aquí, conmigo. Al menos he podido sentirlo más cerca gracias a ti. Ya ni me acordaba de como olía.

Él la miró con dulzura. Con una extraña sensación en su interior al escuchar aquellas palabras. No sabía qué contestarla. Ahora fue él quien se quedó completamente mudo, de nada le había servido esta vez tener siempre las respuestas a todo.

Llegaron al restaurante de su hermana y mientras comían en la misma mesa y sin discutir, se fueron contando más cosas sobre su vida.

Clyde abrió su corazón, y le confesó que había viajado hasta el pueblo para intentar encontrarse a sí mismo. La vida que llevaba en Londres estaba comenzando a hastiarle demasiado, y aunque mintió y la dijo que era abogado en vez de fotógrafo de modelaje y alta costura, respecto a sus sentimientos le fue totalmente sincero.

—Estoy planteándome volver a mi casa de Inverness, y empezar de cero otra vez. Dedicarme a la fotografía artística.

—Si no tienes ninguna carga económica, puedes hacer lo que quieras. Nunca es tarde para emprender un camino nuevo que nos haga sentirnos mejor con nosotros mismos.

—¿Eso es lo que hiciste tú?

—Sí. Tras la muerte de mis padres vinimos aquí de vacaciones para cambiar de aires. Nada tenía sentido allí. Mi hermana había tenido un romance de verano con Jurian y quiso venir al pueblo del que él le había hablado tanto, para descubrirlo. Cuando se reencontraron ya nada les separó, y yo decidí instalarme aquí también. Este lugar es mi remanso de paz y me inspira para escribir.

—¿Y tú, no tenías ningún amor en España?

—Lo que tenía nunca fue amor, aunque yo pensara que sí. Resultó ser un gilipollas que al mínimo oleaje se cayó del barco para marcharse con otro puerto seguro de sexo y diversión.

—Lo siento.

—Yo no. Soy de las que cree que las cosas suceden porque han de suceder. La vida es impredecible y de nada sirve lamentarse por lo que podría haber sido. ¿Sabes? Por mucho que deseemos lo contrario hay sucesos que nos marcan, que nos rompen y nos cambian, pero sin ellos no seríamos las personas que somos. La fórmula para seguir está en recordar y avanzar, pero nunca en caminar hacia atrás.

—La vida es un continuo aprendizaje. Una sucesión de resurrecciones y cambios de piel, sin olvidar nuestra esencia.

—Sí. Eso creo yo también. Me gusta pensar que somos como pequeñas mariposas.

—¿Pequeñas mariposas? —Clyde pensó en el tatuaje que compartía con su hermana.

—Si—dijo Estrella—. Aunque a momentos nos sintamos nadie, como pequeños gusanos insignificantes, al final podemos mutar nuestra piel y convertirnos en preciosos ejemplares de nosotros mismos. En pequeñas y lindas mariposas.

—Me encantan las mariposas y tu idea de renacer a pesar de los golpes de la vida. Creo que tenemos mucho en común—dijo Clyde quitándose los restos del postre de manzana con la servilleta.

El tiempo hacia minutos que se había detenido para ellos. Mientras se observaban, comenzaron a sentirse en conexión a través de sus almas. Su sangre les sorprendió a ambos dejando de cosquillear para comenzar a caminar serena.

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