CAPITULO 10 DE AMOR EN BLANCO Y NEGRO

¡Queridos lectores!

Tarde, pero llego a nuestra cita semanal.

¡Espero que este nuevo capítulo os guste! Es un poquito más largo que de costumbre... ¡Ya me contaréis!xD

¡Un abrazo!



10. ENTRE NOTAS MUSICALES

Después de comer pasaron toda la tarde juntos, hablando de su vida, su infancia y la diferente adolescencia de ambos. De los escasos novios de una y los numerosos ligues del otro.

Estrella le confesó porqué le había molestado tanto que la llamase niñata la mañana en la que discutieron. Y Clyde se sintió inquieto al percatarse de que entre el perfume de Paco Rabanne y su insulto en un arrebato de ira, en menos de una semana le había recordado a la joven cosas de su pasado que pretendía olvidar. 

No podía haber acertado menos con ella. Cualquiera que quisiera hacerla daño hubiera tenido menos puntería para lastimarla. En ese mismo instante se prometió a sí mismo que intentaría recompensarla durante su estancia en el pueblo llenando su rostro de sonrisas.

Hablaron de todos sus encuentros en Escocia. Clyde la confesó que estaba haciendo de turista por su tierra de origen, porque necesitaba recordar de vez en cuando el joven adolescente apasionado por la fotografía que llevaba dentro, para recomponerse de su rutina.

Ese día cenaron por separado porque Estrella había quedado en su casa con su amiga Alie, la hermana del guapo Stefan, que trabajaba en Ámsterdam y solo regresaba al pueblo en su día libre para ver a la familia. Aunque de haber podido, Clyde la hubiera invitado a cenar con el único propósito de tenerla cerca, porque se sentía muy tranquilo a su lado.

Al llegar al hotel, el hombre le envió un mensaje a su hermana Davina, para que fuese a su casa a por el disco duro donde guardaba sus fotografías de viajes. Esa misma tarde había decidido darle una sorpresa a Estrella y regalarle impresas las fotografías que la sacó durante sus primeros encuentros. Aunque ese favor le costase tener que poner al corriente de todo a la cotilla de su hermana a su vuelta a Londres.

En casa de Estrella, las dos amigas decidieron ponerse al día y abrir su corazón, entre palomitas, sándwiches y cerveza.

—¿Qué tal el guaperas de Ámsterdam? —preguntó Estrella a su amiga mientras le entregaba el bol metálico repleto de palomitas.

—Nos hemos estado viendo este último mes durante casi todas las noches.

—¿Entonces vais en serio?

—Solo diversión, amiga. Ya me conoces.

—Lástima. Y yo que pensaba que éste iba a ser el que conquistaría tu corazón.

—No creo que haya nacido el hombre que consiga eso de mí. El amor no es para mí.

—No digas tonterías, Alie. Todos somos capaces de encontrar el amor. Tarda más o menos en llegar, pero siempre llega.

—Tú siempre tan optimista…

—No es optimismo, ¿vale? Tiene que llegar y punto. Todos tenemos derecho a encontrar a esa persona que nos hace sentir únicos y especiales y que completa nuestra existencia.

—Sé que para ti es algo importante, de verdad. ¿Pero no es un poco excesivo pensar que todos estamos predestinados a vivirlo?

—No es cuestión de importancia, sino de sentimientos. Creo en el amor, y no pienso perder la esperanza. Ya lo conociste una vez y volverás a encontrarlo. Me niego a pensar que el ser humano viene a la vida únicamente a recibir hostias, a perder a sus seres queridos antes de tiempo y a llorar.

—Mirándolo así…

—Es que hay que verlo con esperanza. El amor es lo único que nos salva en este destartalado mundo. Un mundo sin amor es imposible, sería un caos absoluto.

Su amiga calló y ella continuó.

A ambas nos han hecho daño en el pasado, sí, pero eso no quita que podamos volver a conocerlo, incluso sintiendo mucho más que entonces. ¿No te gustaría volver a sentir amor de verdad, amiga? Ese amor con mayúsculas que te hierve la sangre, que se siente infinito, que te hace sentirte especial…

—Y que cuando se pierde te hace replantearte todo, sentirte como una mierda y mostrarte que no vales para nada sin esa persona...

—¡Venga ya! No pienses así.

—No sé…

—En serio, Alie. Vale que yo pueda ser demasiado romántica y soñadora, pero sé que algún día las dos lo encontraremos, porque ya no estoy segura de que lo que hayamos tenido ambas en el pasado fuese amor de verdad.

—Eres demasiado positiva.

—Y tú deberías serlo. Eres guapa, inteligente, divertida, cariñosa…Cualquier hombre que te conozca de verdad estaría dispuesto a hacerte feliz. El único problema es que no les das ni siquiera la oportunidad de acercarse lo necesario.

—¿Para qué me vuelvan a partir el corazón?

—Puede que sí o puede que no. Si no arriesgas nunca sabrás si puedes ganar.

—Prefiero vivir como estoy, disfrutar de los hombres y de lo que me puedan dar, de la vida, de mi día a día, sin más. ¿Tan raro es entender que no quiero sufrir?

—No es raro, te entiendo. Solo quiero que no te cierres al amor…que dejes aunque sea la puerta un poco entreabierta, amiga…

Alie se quedó pensativa, y tras terminar de ver la película que habían escogido para esa noche, no pudo evitar cambiar de opinión:

—Vale. Si alguna vez siento que tengo frente a mí el amor verdadero, no dudaré en vivirlo, amiga. Te lo prometo —sentenció Alie.

—No hay como P.d: Te quiero, para hacerte ver lo importante que es vivir a corazón abierto, ¿eh?

—Es tan trágica…pero tan bonita…Ella sufre un montón, pero los recuerdos de su vida con él son lo único que la ayudan a seguir adelante. Sus cartas…

—Sí. Ese es el poder del amor, nos destruye y a la vez nos reconforta…Así que cuando sientas que tienes mariposas en el estómago, y que te hierve la sangre…¡zas! ¡Lánzate!

—Y tú ¿vas a darle por fin la llave de tu corazón a mi hermano? O estos consejos solo he de aplicármelos yo…

Estrella enmudeció. No sabía qué decir. No sabía si hablarle de que había vuelto a sentir su sangre hervir con fiereza…

—¡Estrella, escúpelo, estás muy pensativa!

—Es que yo…

—¿Has conocido a alguien?

Estrella resopló y decidió sincerarse, al fin y al cabo era su mejor amiga.

—¿Te acuerdas del hombre con el que me tropecé tantas veces en Escocia?

—¿Al que le sacaste una foto de su trasero? ¡Pedazo trasero, por cierto! ¿El morenazo de mirada glacial?

Estrella asintió y Alie la hizo un gesto para que continuara.

—Está en el pueblo. Nos hemos visto y hemos discutido —dijo la joven sonriente.

—¿Si? Y si habéis discutido, ¿por qué sonríes?

—Porque me he dado cuenta de que me encanta sacarle de quicio. Es tan estiradillo, tan perfecto, tan de otro siglo, tan…

—Vale, vale…Vamos que te pone cardiaca perdida y mi hermano no te hace sentir esas mariposillas —susurró Alie haciéndola cosquillas en el estómago.

—Yo…apenas le conozco…no…

—Ni intentes disculparte, ¿vale? Eres mi mejor amiga, me encantaría que fueses mi cuñada porque creo que eres la única mujer que puede conseguir que mi hermano siente la cabeza y deje de tirarse a todo lo que se menea, pero si tú no sientes lo mismo, no hay más que hablar… Cuéntame todo sobre el hombre de hielo. Tienes que presentármelo…

Al día siguiente, lo primero que hizo Clyde tras darse una ducha y desayunar en el comedor del hotel rural, fue dirigirse a la única tienda fotográfica que había en el pueblo, para imprimir las fotografías que llevaba en un pendrive. Lo bueno de la tecnología digital era que incluso en la distancia con un poco de suerte se podía hacer un regalo especial.

Pagó lo que el gerente de la tienda le pidió, y con un sobre que él mismo le había entregado, se dirigió de nuevo a su habitación con una enorme sonrisa en los labios. Guardó las fotografías en uno de los compartimentos de su maleta hasta el que fuera su último día de vacaciones. Se las entregaría a Estrella esperando que cuando se marchase le quedase un buen recuerdo de aquellos instantes en Escocia y de los días que habían pasado juntos, aunque en algunos de ellos anduvieran discutiendo y lanzándose pullas.

Se miró una última vez al espejo, y casi no se reconoció en el reflejo que le mostró el cristal. Con la barba más crecida que nunca, el pelo revuelto, un polo de Ralph morado de manga corta y unos pantalones cortos blancos, parecía una versión adolescente de sí mismo. Darse cuenta de ello le hizo sentirse bien por primera vez en mucho tiempo. Frente aquel espejo, en su mirada, su sonrisa y su look, no había ni rastro del hombre trajeado de rostro gris en el que se había llegado a convertir.

Cogió su cámara, y salió disparado bajando los escalones de forma acelerada entre canturreos de una canción que siempre le ponía de buen humor. “Directing of the wind” de Ryan Bingham. Entre murmullos cantó bajito: “Yesterday is gone…are startin’ to begin, to understand that here and now, can be powered by the wind”, mientras caminaba hacia el parque donde había medio quedado con Estrella. No es que hubieran quedado a ninguna hora, pero su: ¡Tal vez! acompañado de sonrisita traviesa, cuando la preguntó si estaría al día siguiente por la mañana en su parque, a Clyde le pareció una forma de quedar.

Como decía esa canción, era un buen momento para comenzar un nuevo día y ser impulsado por el viento, y lanzarse a disfrutar de las sonrisas y de los momentos junto a la chica que le había despertado de su letargo. Porque esa era justo la conclusión a la que había llegado durante la noche, minutos antes de caer rendido en las ensoñaciones con la joven española. Ella le había despertado de su gris rutina, y sí le atraía, demasiado como para no hacer nada. Sino no soñaría con ella, sino no tendría unas irremediables ganas de besarla cada vez que la veía sonreír.

Estrella llevaba unos minutos sentada en su banco inspirador. Con la mirada perdida en el horizonte, viendo como las aves volaban lentas por el cielo al compás del viento, recordó la velada de la noche anterior. Siempre aprovechaban cualquier rato que tenían para ponerse al día, y desde que la joven dejó el trabajo en uno de los bares del pueblo para marcharse al centro de Ámsterdam a trabajar, sus citas de películas y confesiones tenían lugar únicamente una vez al mes.

Repasó mentalmente su conversación sobre el amor, y como Alie había cambiado de opinión tras ver la película protagonizada por Gerard Butler y Hilary Swank. En un intento de ser fuerte y darse ánimos para vencer sus miedos, repitió la última frase de su amiga: «La vida es corta, Estrella. Tú mejor que nadie sabes eso. Si ese escocés te gusta, a por él. No pienses nada más. Sé un poco más como yo, y un poco menos como tú. ¡Viveee!»

En su Ipod sonaba una canción que siempre la impulsaba a querer caminar hacia adelante. Escucharla la ponía de buen humor, aunque aquella mañana no necesitase música para despertar sus energías positivas, su amiga le había insuflado bien de ellas. Aunque no había dormido mucho en toda la noche, nerviosa por encontrarse con Gaelan de nuevo, la conexión que había nacido entre los dos en tan poco tiempo, la hacía sonreír y estar ilusionada frente al nuevo día que tenía ante sí.

Al final el encuentro con el joven había resultado un soplo de aire fresco en su rutina, a pesar de las discusiones del comienzo, que si era sincera también la habían encantado.

En un principio había pensado que un hombre como él nunca congeniaría con una mujer como ella, sin embargo ahora se sentía única y especial. No había tenido que recurrir a la blusa y el traje de ejecutiva con tacones para llamar su atención y eso la hizo sonreír aliviada por no tener que parecer ridícula. Pensaban parecido en algunos temas, y aunque viniesen de mundos diferentes, su forma de sentir y ver la espiritualidad de la vida les unía.

A medida que los minutos avanzaban en el reloj, Estrella sentía como el nerviosismo en su estómago revoloteaba en aumento. Las mariposas azules y verdes que llevaba tatuadas en su columna vertebral, comenzaron a aletear acompañando a sus nervios. Las mismas que la recordaban que debía renacer cada día, ahora la tenían muerta de ansiedad. ¿Se seguirían conociendo, sentiría él ese cosquilleo de atracción que ella sentía en cuánto lo tenía cerca, sería solo un falso espejismo el deseo que veía tras sus ojos?

Preguntándose esos interrogantes estaba cuando alguien la sorprendió con el tacto frío de sus manos al posarse sobre sus ojos. Al sentir su suavidad supo que no eran las manos agrietadas de Stefan y eso la hizo sonreír al comprender que por nada en el mundo deseaba que fuese otra persona que su escocés ya no tan desconocido. O al menos eso pensaba ella.

Se quitó un auricular y se levantó para recibirlo con dos besos y un fuerte abrazo. No se dio cuenta hasta ese momento de la necesidad que su cuerpo sentía del cuerpo del joven. Con tan solo un abrazo había conseguido que todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo soltasen descargas eléctricas que la habían sacudido de pies a cabeza, arremolinando todo su ardor en su bajo su vientre.

Sus mejillas se acaloraron al mirarle a esos preciosos ojos azules grisáceos que se la habían aparecido en sueños durante la noche. El silencio volvió a instalarse entre ellos, mientras sus miradas trataban de mostrar los deseos de ambos, porque Clyde sentía exactamente el mismo calor y nerviosismo que Estrella al estrecharla contra su pecho.

Clyde decidió romper el silencio interesándose por la música que ella estaba escuchando antes de que él llegara. La hizo un gesto para que se sentara en el banco con él, y la pidió el auricular que ella se había quitado. Tras ponérselo él mismo le dio al play del reproductor.

Estrella decidió poner la canción desde el principio, y en cuanto sonaron los primeros acordes de “Directing of the Wind”, Clyde palideció. Para nada se esperaba que ella escuchase Ryan Bingham, y mucho menos esa canción.

Estrella rompió sus pensamientos diciendo:

—Es mi canción preferida de este cantautor. Siempre me saca una sonrisa y me hace querer bailar de alegría.

—No te lo vas a creer, pero también es la mía. La tengo de melodía para cuando me llama mi hermana Davina.

—¡Venga ya! Yo lo mismo con mi hermana.

—Y es más, tras recibir una llamada suya esta mañana, se me ha quedado grabada en la cabeza, y cuando venía hacía aquí no he podido evitar canturrearla.

—Otra coincidencia más.

—Parece que nuestros caminos están repletos de ellas… 

Estrella asintió antes de chincharle un poco:

—¿Por eso parece que te has disfrazado de Ryan esta mañana?

—¿Qué? —preguntó él sorprendido.

—Sí. Entre la barba que te comienza a nacer…—pronunció en susurros la joven mientras acariciaba su barbilla— el pelo sin gel fijador y tu aire grunge, te pareces a Ryan Bingham. Nada que ver con el pijito que llegó al pueblo…

—¡No me he disfrazado de nadie! —espetó Clyde enfurruñado.

—No te enfades, hombre. Era una broma.

Aunque sabía que la joven no lo había dicho para importunarle, saber que ella se había dado cuenta de su cambio de look, le hizo sentirse como un idiota. Lo había hecho para llamar su atención pero sentirse descubierto le hizo sentir raro. Él que se había acostumbrado a dar pasos automatizados, a no redirigir su camino para satisfacer a nadie, que no mostraba debilidades, ahí estaba, intentando ser otra persona para gustar a una chica a la que en otras circunstancias ni siquiera hubiera mirado a la cara por estar fuera de su radar. Pero aquel maldito cosquilleo le hacía comportarse de formas que ni siquiera hubiera llegado nunca a imaginar. A sus treinta y un años parecía un niño confundido que intentaba cambiar para encajar.

—Te queda genial —dijo ella sacándole de sus pensamientos.

Clyde la miró con dudas, pero vio que la joven era totalmente sincera y no pudo evitar estallar en una carcajada enorme.

Ella le secundó, y ambos comenzaron a canturrear la letra entre miradas cómplices, siguiendo los acordes de guitarra con sus pies. Pasándola el brazo por encima del hombro Clyde se acercó más ella, y Estrella con una sonrisa tímida se arremolinó entre su pecho. Entre carcajadas amplias y miradas intensas, siguieron cantando mientras las aves revoloteaban inquietas de un lado para el otro. 

Mientras las nubes se iban acercando y alejando formando extrañas formas que ambos intentaban dar significado apuntando con el dedo como dos adolescentes que descubren el cielo azul encapotado por primera vez.

Entre acordes musicales pasaron el resto del día sonriendo, dando paseos por el pueblo entre confidencias. Hablando de sus sueños. De las ganas de Gaelan de dedicarse a la fotografía artísticas y de viajes, y del sueño de Estrella de publicar alguna de las novelas que tenía escritas en otro lugar que no fuese el periódico del pueblo y Amazon. Separándose únicamente cuando Estrella tuvo que ir a ayudar a su hermana en el restaurante para la comida. Aquel día tuvieron muchos clientes, y su hermana la había prometido darle libre el día siguiente, aprovechando que era Domingo.

Clyde conoció de mano de Estrella los rincones más mágicos del pueblo.

Pasearon en barca por las orillas del río Zuan, teniendo desde el agua las mejores perspectivas de los molinos que Clyde no desaprovechó para inmortalizar la gigantesca silueta de madera y aspas. 

Le enseñó las diferentes fábricas que dotaban de estabilidad económica a los habitantes del pueblo, la quesería, la fábrica de madera que elaboraba los típicos zuecos de madera que todo holandés tenía a las afueras de sus casas junto a la escalera, y que muchos turistas se llevaban hacia sus países de origen como recuerdo. Fue justo en esa fábrica de madera, cuando la mirada de Clyde se clavó profundamente en los ojos de Stefan Van der Vaart. Era uno de los trabajadores que mostraban el trabajo de artesanía al público, y al verle tallar la madera mientras Estrella lo miraba fascinada no pudo evitar sentir una punzada de celos mientras fotografiaba.

—Él fue quien me regaló los zuecos que yo tengo, especialmente tallados para mí. Es un genio —dijo la chica sonriendo al holandés, que lo miró triunfante con una sonrisa amplia antes de abrazar a la chica y darla un beso suave sobre su cabello.

Aquello sacó de sus casillas a Clyde, que sintiéndose más celoso de lo que había estado en toda su vida, interrumpió el momento diciendo que quería marcharse para seguir su tour turístico por el pueblo.

En la mente de Clyde solo había un objetivo: dejar de ser un pagafantas y llevarse a aquella pequeña estrella a la cama. Lo necesitaba para satisfacer su ego masculino. «A ver si después te ríes tanto, imbécil»

Continuaron el camino. Estrella le descubrió el interior de los seis diferentes molinos, de especias, madera y minerales. Le enseñó las distintas granjas del pueblo, y pudo capturar a los habitantes de  Zunse Schauns en su apogeo rutinario. Alimentando el ganado, sembrando la tierra, labrando el trigo, recogiendo la siembra. Las amas de casa limpiando su jardín y regando sus tulipanes y flores, preparando exquisitos platos cuyo olor embriagaba el corazón de cualquiera que pasase por delante de sus ventanas.

Fotografiar aquello era como regresar atrás en el tiempo, a una población rural que nada tenía que ver con el resto del mundo.

La joven le llevó hasta su panadería favorita, que elaboraba cada día desde el amanecer galletas de mantequilla y canela con forma de animales, figuras geométricas y corazones, para todos los gustos. Diferentes barras de pan, bombones, donuts, magdalenas y tartas decoraban el escaparate de la tienda, edulcorando los labios de los curiosos que se acercaban, y haciendo las delicias del paladar de aquellos que decidían romper la línea y llevarse algo que saborear mientras caminaban por las distintas calles del pueblo.

Las sonrisas y las fotografías en blanco y negro y a color se siguieron sucediendo durante todo el camino. Clyde no pudo evitar inmortalizar a Estrella en muchas de las capturas. Incluso unas señoras que estaban en el pueblo de vacaciones les confundieron con una pareja de turistas de luna de miel y les propusieron sacarles diferentes tomas, juntos y abrazados. Aquella confusión le ayudó al joven a tantear el terreno.

—Luna de miel ¿eh?

—Eso parece —contestó Estrella guiñándole un ojo.

—Pues ya estamos tardando en consumar la noche de bodas, porque que yo recuerde… —le susurró socarrón acercándose a ella.

Estrella no le dejo terminar si quiera. Con cara de sorpresa y la boca totalmente abierta en una perfecta “o” le dio un empujón hombro con hombro antes de menear la cabeza mientras una sonora carcajada inundaba su garganta. El hombre se tomó su gesto como una negación, como un “más quisieras o un ni lo sueñes”, sin embargo lo que la joven pretendía con sus gestos era decirle “estás loco, me encantas”. Es sabido por todos que cuando las palabras se imaginan y no se pronuncian, los malentendidos se instalan en el presente para arrasarlo todo a su paso.

Clyde no pudo evitar perderse en sus pensamientos, pensando en la negación, vio como falsos sus acercamientos, sus miradas, sus gestos. Sabía perfectamente cuando una mujer se sentía atraída por un hombre y desde que se habían conocido sabía que a la joven no le era indiferente, o eso creía. Y no parecía de las que llegaban vírgenes al matrimonio porque estaba más que claro que con el señorito Van der Vaart habían tenido más que palabras y besos castos. «¿Y entonces por qué me mira de esa forma, por qué se sonroja, por qué tiembla? Si no siente nada…» «No puede ser tan buena actriz…¿o sí? »

En ello pensaba cuando la joven se volvió a colocar a su lado, enroscando su brazo en su codo, y con un chasquido de dedos frente a su cara, lo sacó de su ensimismamiento.

Él la miró y ella sonrío.

—Vuelve de dónde sea que estés —le dijo.

Él solo pronunció una mueca que pretendía nacer sonrisa pero que se quedó tan solo en el intento. Él no era falso y no iba a empezar a serlo en ese momento.

Ella le volvió a empujar, y cuando sus ojos marrones se fundieron en el azul glacial, dejó de dudar y se lanzó. «La vida es muy corta, Estrella» recordó que le había dicho Allie.

—Cuando quieras —le dijo humedeciéndose los labios mientras devoraba los suyos con la mirada.

Clyde detuvo sus pasos y preguntó: 

¿Perdón?

—La noche de bodas…cuando quieras.

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