CAPITULO 11 DE AMOR EN BLANCO Y NEGRO

¡Queridos lectores!

Después del extenso fragmento de la semana anterior, esta vez el bocadito será demasiado corto.

Espero que os queden ganas de seguir leyendo tras este puente festivo.

Parece que entre Estrella y Clyde se tuerce todo...Porque así es la vida a veces, un continuo baile entre gestos mal interpretados, palabras no pronunciadas y miradas que se quedan a medio camino.

¡Un abrazo! Y disfrutad de las mini vacaciones...




11. CASILLA NUMERO UNO


Ella se había lanzado. Y él después de lanzarse se había quedado de piedra sin atrever a dar el siguiente paso. Pensó que lo estaba vacilando, que se estaba quedando con él.


«Ha dudado»


Y Clyde era de los hombres que no permitía dudas en un tema tan importante como el sexo. Se quería o no se quería. Para él cuando una persona no respondía, negaba con la cabeza y luego se quedaba en silencio otra vez, era porque no estaba segura de sentir cosas por la otra persona. Y lo último que quería era que la chica echase con él un polvo de consolación, eso sí llegaban a echarlo y no le dejaba con el calentón.


Estrella tan solo había dudado un segundo. El silencio que se levantó entre los dos tras la broma del joven, era algo para lo que no estaba preparada. Pensó que la retaría, que la seguiría preguntando. Sin embargo resultó que Clyde no era de los que preguntaban dos veces, y cuando contestó ya era demasiado tarde para él.


Después de seguir paseando y de cenar juntos, él se marchó a su hotel y ella hacia su casa. Uno pensativo. La otra con el corazón abatido después de sentir en cada terminación de su cuerpo el aire congelado que se había instalado entre los dos. Ya nada fue igual, no hubo bromas, ni coqueteos, ni confidencias. Solo charla carente de intimidad, como la que pueden tener dos desconocidos dentro de un ascensor para que el aire que les rodea no resulte tan espeso. 


Habían vuelto a la casilla de salida número uno. Parecía que el camino recorrido durante los últimos días ya no significaba nada, tan solo un recuerdo que se esfumaba lentamente como una cortina de humo.


Estrella no pudo dormir esa noche. Y por primera vez durante sus vacaciones Clyde tampoco. 

Ella se pasó la madrugada dando vueltas entre las sábanas sin poder conciliar el sueño. Él se pasó las horas apoyado en la barandilla del balcón de su habitación, divisando el horizonte del pueblo, observando la naturaleza en la noche sin ser consciente de nada. En sus pensamientos había regresado a Londres. A la gran ciudad, donde tenía lo que quería, cuando quería y en el momento en el que quería. Donde ya se había acostumbrado a las caras desdibujadas, a la falsedad y a las dobles intenciones. Sin embargo no había sido consciente de la falsedad en Estrella.


Clyde ya había experimentado de joven lo que sucedía cuando una mujer dudaba. Samantha había dudado en dar un paso más en su relación,y lo había hecho porque ya estaba liándose a escondidas con el que era su mejor amigo, Ryan. Ahora Estrella había dudado, y entonces Clyde no pudo evitar pensar que quizá tuviese algo con el holandés, que se había acercado a él para utilizarlo y divertirse, reírse de él y vengarse por las fotografías a escondidas y por insultarla. La sonrisa triunfante del holandés en la fábrica de madera comenzaba a tomar un cariz distinto para Clyde. ¿Sería posible que él estuviese al tanto y entre confidencias se contasen lo estúpido que estaba siendo cambiando su atuendo para gustarla?


«¿Y entonces por qué contarme lo de sus padres, el colgante, mi perfume? ¿Y si también eso es mentira…?»


—Me estoy volviendo loco —susurró al viento que aleteaban las aspas de los molinos.



Estrella dio vueltas en la cama intentando buscar una explicación al enfriamiento en el trato con Gaelan. Algo rondaba su cabeza, lo percibió cuando él pareció transportarse a otro mundo cuando ella no contestó. «¿Habrá malinterpretado algún gesto? ¿Lo preguntaría de bromas y al contestar afirmativamente se llevó una sorpresa? ¿Intentaría reírse de mí? Sí, sino se hubiera lanzado…»


Había dudado tan solo un segundo antes del lanzarse, no porque no sintiese nada por él, sino porque sentía demasiado. Era impensable porque apenas le conocía, pero desde el primer abrazo que la dio supo que entre sus brazos se sentía segura y a salvo. Ni siquiera con Stefan había sentido esas cosas. Stefan era su confidente, su folla amigo, un ancla que la sujetaba para que no se perdiera del todo, pero nada más. Nunca podría ser ese amor por el que somos capaces de flotar a la deriva como una chica Robinson. Al llegar a esa conclusión recordó un libro de una autora catalana que la había encantado. Robinson Girl de Rocío Carmona. La protagonista se pierde a la deriva entre el oleaje de dos mundos muy distintos, y así se sentía ella.


Con Stefan jamás había sentido ese cosquilleo en la sangre ni esos revoloteos de mariposas en el estómago. Y con Gaelan lo había sentido mucho antes de cruzar la primera palabra con él. Con el primero todo era muy fácil, con el segundo todo eran discusiones y malentedidos.


—Arrrggg —gritó de desesperación tapándose entera con las sábanas para patalear bajo ellas como una niña pequeña.


El cansancio les venció horas después, y sin saber qué sería de ellos dos con la llegada de un nuevo día, se dejaron abrazar por los brazos de Morfeo.

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