CAPITULO 12 DE AMOR EN BLANCO Y NEGRO

¡Queridos readers!

Como cada miércoles llego a mi cita con vosotros con otro fragmento de esta historia romántica por entregas.

AMOR EN BLANCO Y NEGRO.

Mi primera novela de este género y que como ya sabéis está sin terminar, así que tendré que ir poniéndome las pilas si no quiero decepcionaros. :P

Espero que os esté gustando, y si hay cualquier dato, cualquier escena, lo que sea que no os guste, podéis hablar que estaré encantada de saber vuestra opinión. Pensad que ayuda que otros te digan lo que opinan de tus historias para seguir avanzando y creciendo como escritora.

¡Un abrazo! ¡Y disfrutad del sol!



12. TOCADOS Y HUNDIDOS


El nuevo amanecer despertó nublado en todo Zunse Schauns. Las nubes negras amenazaban con lluvia y las temperaturas habían vuelto a bajar.


Estrella se había levantado muy soñolienta y ansiaba una buena taza de café con leche. Necesitaba algo que la ayudase a despertar después de una noche prácticamente de insomnio. Era su día libre. Había planeado compartirlo con Gaelan, proponerle una ruta en bici por los alrededores del pueblo y visitar las aldeas colindantes, pero ya no estaba segura de que el joven aceptase su oferta, lo mismo ni la hablaba y el tiempo parecía que no les iba a acompañar. Así que no tenía muy claro qué hacer. Intentó ponerse a escribir, pero en su corazón revoloteaba una maraña de sentimientos tan enfrentados, que le resultó imposible.


Clyde se había levantado hastiado, enfadado consigo mismo y con Estrella. Dentro de su cabeza la chica se estaba riendo de él, y al mirarse en el espejo se sintió como un imbécil. Había cambiado un poco su look, para que al no parecer un inglés estirado la joven se acercase a él, y al final no había servido de nada. Se había acercado sí, pero para darle una buena patada en el culo. Abrió su maleta, sacó la cuchilla de su neceser y se afeitó la barba que se había apoderado de su rostro. Se vistió con unos pantalones vaqueros negros, una camisa de botones blanca y una americana de sport gris. Se calzó sus playeras y se peinó con gel fijador hacia atrás. Ni rastro de estilo desaliñado. 


Tras darse un último vistazo, se echó un par de gotas de 1Million y con la cámara colgada del cuello bajó las escaleras del hotel dispuesto a ignorar a la joven y a seguir fotografiando lugares idílicos.




Estrella se dirigió a su armario pensativa. Dos días antes había sacado la blusa de leopardo del armario para ponérsela en su día libre, y que el joven la viera con otros ojos, sin embargo ahora ya no la parecía una buena idea.


«Qué más da como te vistas si jamás te mirará de esa manera…Se estaba quedando contigo, idiota»


Su rostro se entristeció y volvió a sentir como su corazón enamoradizo se resquebrajaba. Eso significaba aquel cosquilleo. Que volvería a sufrir otra vez. Lo que había tomado como una señal del destino de un posible amor ardiente de verano, había sido una señal de aléjate de él cuanto puedas. Definitivamente su radar estaba completamente obsoleto.


Suspiró asqueada y cerró de un portazo el armario. Después de sentarse en la cama y dejar que su mente navegara pensativa durante diez minutos, decidió ponerse la ropa que ya tenía planeada, y salir a dar una vuelta por el pueblo.


«Si el señor estirado quiere jugar, vamos a jugar. Se va a dar cuenta ese idiota de lo que se ha perdido»


Encendió su Ipod y como señal de mal augurio, la canción “Song to say goodbye” de Placebo comenzó a nacer a través de los auriculares blancos. Sus primeros acordes la hicieron detenerse en sus pasos y replantearse volver a su habitación y cambiarse de ropa. Acarició su colgante con forma de corazón, y como un acto reflejo imaginó la voz de su madre «Lo que tenga que llegar, llegará».




Antes de emprender rumbo hacia su parque preferido, Estrella decidió ir a su panadería preferida “Cupcake’s time” para hacerse con una buena provisión de azúcar, Lo necesitaba para calmar su ánimo. Después, entre bocado y bocado se iba a quedar sentada en su banco, sin hacer nada, mirando la vida pasar hasta la hora de comer, que iría a echar una mano a su hermana si lo necesitaba. De nada le iba a servir el día libre sin nada en lo que llenar su tiempo.


Mientras caminaba hacia el centro del pueblo una voz masculina pronunció su nombre, y su corazón se saltó un latido.


Al girarse se encontró frente a frente con Stefan, que la miraba sorprendido al verla vestida con una blusa con la que jamás la había visto antes.


—¿Qué tal, preciosa? —la dijo mientras la abrazaba y la daba dos besos cerca de la comisura de sus labios.


—Bien. Iba a dar una vuelta para despejarme.


—Más bien parece que vayas a una entrevista de trabajo con esa blusa. ¿O es que tanto tiempo con el abogado se te ha pegado un poco el estilo?


Ella le contestó con un puñetazo ligero en el estómago, que el joven aprovechó para agarrarla por la muñeca y tirar de ella hacia él.


—Te echo de menos, ¿sabes?


—Oh, sí. Seguro.


—Segurísimo.


—Pobrecito… Ahora será que la camarera de cierto bar de Ámsterdam te tiene descuidado.


El joven alzó las cejas intrigado, mientras entrelazaba sus dedos con los suyos y ella intentaba zafarse de su abrazo.


—Tu hermana es mi mejor amiga, ¿recuerdas? Me entero de todos tus ligues cariño, y más cuando las chicas en cuestión trabajan con ella —le espetó retándole a dos centímetros de su cara, perforándole con la mirada.


—Touché —pronunció poniendo cara de niño bueno.


—No me pongas cara de perrito abandonado, no te va a servir conmigo.


Ella se soltó de sus manos y se alejó unos pasos, pero el chico siguió poniendo pucheros, y Estrella no pudo evitar acercarse de nuevo y revolverle el pelo para después empujarle hacia atrás. Stefan sonrió luciendo sus dientes blancos y extendió sus brazos hacia ella para intentar agarrarla de nuevo, consiguiéndolo. Cuando la tuvo abrazada por la cintura, la susurró mirándola profundamente:


—Pero si solo fue un rollete de un par de noches —se excusó.


—Como yo.


—De eso nada. Sabes perfectamente que jamás serás un rollo para mí. Que yo lo sea para ti no quiere decir que no yo me muera por salir de manera oficial contigo.


Ante tanta intensidad, Estrella se sintió azorada y poniéndole una mano sobre la boca para callarlo, y la otra sobre su fuerte pecho, intentó separarse de él. «No tenía que haber dicho nada…» 

Como el chico la tenía bien sujeta, le pellizcó los pezones con ambas manos hasta conseguirlo. Sabía que esos pellizcos le ponían demasiado nervioso como para quedarse quieto.


Se separó de él un poco, y sin darle tiempo a continuar la conversación, se puso de puntillas para darle un beso rápido en la mejilla izquierda y salió despavorida.


—Te quiero —gritó el joven.


Ante aquellas palabras no pudo hacer como si no hubiese escuchado nada, al fin y al cabo era su mejor amigo. Así que se giró y con una amplia sonrisa, le lanzó un beso que Stefan cogió en el aire antes de soltarle sobre su pecho.


Estrella meneó la cabeza en negativa sonriendo y siguió caminando hacia su parque preferido.


Stefan era un ligón empedernido. Aunque su hermana Alie dijera que ella era la mujer de su vida, Estrella no se creía nada. Eran amigos con derecho a roce y punto. Si tanto la quisiera no se liaría con tantas mujeres. Ella era tan solo una barca segura en el puerto del pueblo a la que él se aferraba para sentirse en casa.



Clyde caminaba con su Canon entre las manos sacando algunas fotografías más. No se cansaba de hacerlo, siempre encontraba algo nuevo que capturar.


Estaba ensimismado mirando la última fotografía que había lanzado, cuando una voz masculina pronunció el nombre de la joven que traía en danza a su corazón. Al verla dirigirse hacia Stefan se ocultó tras uno de los árboles de la ribera del río y observó la escena de ambos, sin perderse un solo detalle.


Ella iba vestida con una blusa de leopardo rojo que destilaba un aire sofisticado que no la había visto nunca. «¿Será para gustarme?» pensó. Pensamiento que enseguida desapareció al ver cómo se trataban.


Stefan la abrazó, la dio dos besos muy cerca de la comisura de su boca y ella no se apartó, los dos se miraban intensamente mientras hablaban. Ella le dio un ligero golpe en el estómago que él aprovechó para agarrarla y acercarla a él. Ella no se amilanó y le retó con la mirada mientras le espetaba unas palabras. Después forcejearon, tontearon, y ella le calló con la palma de su mano sobre su boca. Ver aquella intimidad entre ambos le acabó de dejar muy claro, que entre aquellos dos había una historia inacabada y que él solo era un juguete nuevo para la chica. Alguien de quien estaba seguro los dos se estaban riendo de lo lindo.


Y encima para colmo, tras un beso fugaz de Estrella en la mejilla de él, Stefan le gritó en medio del pueblo: Te quiero. Mientras ella se marchaba. Como si no les importara que les oyesen. «Menuda forma de hacer el rídiculo» pensó. 

Cuando Clyde creía que ya lo había visto todo, la joven se giró hacia el holandés y le lanzó un beso, como hacen los enamorados. Desde luego aquella despedida no tenía nada que ver con la que le profirió a él después de discutir tras su primer encuentro.


Ver aquella escena con sus propios ojos, le borró la poca tranquilidad que le quedaba. 

Definitivamente entre los dos se tenían que estar cachondeando de él. Y encima esa maldita sensación de cosquilleo no se le iba de la sangre.


—La noche de bodas…cuando quieras. ¡Y un cuerno! —susurró antes de salir de su escondite dispuesto a enfrentarla.



Diez minutos más tarde, después de seguirla por el pueblo a una distancia prudencial para que ella no se percatara de su presencia, llegó a su rincón de inspiración en el mismo momento en el que Estrella llegaba a su banco y se sentaba.


Miró hacia todos los lados para comprobar que estaban solos en esa parte del parque. Lo último que quería era dar un espectáculo, para eso ya estaba ella y el musculitos rural. Él no era hombre de ese tipo de demostraciones. Se acercó a ella y la gritó con voz demasiado ronca:


—¿De qué vas?


La chica sorprendida se giró en busca de la voz para saber si hablaba con ella, cuando se encontró frente a frente con la última persona a la que esperaba encontrarse ese día. Con cara de muy pocos amigos y con el look de estirado del primer día, el joven la miraba con fuego en sus pupilas.


—¿Perdón? —preguntó.


—¿Se puede saber a qué diablos juegas?


—No te entiendo…


—¿No me entiendes? Ayer me dices que cuando quiera nos acostamos, después de negar tras mi comentario. Pasados los minutos dices que sí, y ahora te veo en mitad de la plaza del pueblo tonteando con ese idiota, como si fueseis dos tortolitos…


—Lo que haga con mi vida no es asunto tuyo.


—Me incumbe cuando me dices palabras como las que dijiste ayer.


—Y a ti, ¿qué te importan mis palabras? Si luego no haces nada con ellas…


—Y cómo no haga nada, te vas con el primero que encuentras, ¿es eso? O es que siempre estuviste con él y te acercaste a mí para reírte en mi cara de gentleman estirado.


—Eres un imbécil.


—Y tú una calienta pollas.


La chica no pudo contenerse y le asestó tal bofetada que giró el rostro del joven hacia un lado.


Llevándose la mano hacia el rostro y mirándola con cara de furia, fue a enfrentarla cuando ella se marchaba. Cogiéndola de la mano, la atrajo hacia él y atravesándola con una mirada gélida la espetó:


—Ni se te ocurra volver a tocarme.


—Más quisieras que te volviese a tocar.


Estrella intentó desasirse de su agarre sin conseguirlo, con gesto de dolor le pidió que la soltara pero el chico no la hizo ningún caso. Al verse desprotegida, le empujó hacia atrás sin moverlo del lugar, y le gritó cerca de su rostro, que jamás la volviese a llamar puta. Clyde seguía sujetándola con dureza.


—Suéltame, me estás haciendo daño.


—¿Y tú no haces daño a nadie? Juegas con los hombres, te ríes de ellos y ¿luego te quejas cuando te ponen los cuernos?


Aquello fue un golpe bajo. Clyde lo supo desde el momento que escuchó sus palabras cobrar vida, pero verla con Stefan le había sacado de sus casillas completamente. Estaba acostumbrado a intimidar a las personas, a que nadie se atreviera a traicionarle ni a rechistarle. Tan solo le habían traicionado una vez, y desde aquel día se juró a sí mismo que no volvería a suceder. Y aquella joven rebelde y desliñada lo había hecho. Se había ganado su confianza haciéndose la indefensa y luego le había devorado el corazón como una víbora.


Estrella se quedó pálida al escuchar sus palabras. Todo su cuerpo comenzó a temblar, un escalofrío recorrió su nuca, y él al verla palidecer la soltó. Un montón de lágrimas brillaron en sus ojos, deseosas de salir, pero apretando sus puños en busca de entereza lo impidió. No le daría el gusto de verla hundida. Eso ya había sucedido con Mario, pero con Gaelan no ocurriría. Ella era de las que aprendía de sus peores errores.


Acariciándose su muñeca, bajó la vista al suelo y se dirigió hacia su casa. Él no supo cómo reaccionar, sus pies no le correspondían. Todo su cuerpo aún temblaba por la ira. Sabía que ella no le perdonaría sus palabras.


Se giró para sentarse en un banco, y cuando pensó que la joven ya se había marchado, se sorprendió al escuchar su voz entrecortada tras él.


—Jamás he jugado contigo. Puede que dudará cuando dijiste lo de la noche de bodas, pero nunca dije que no.


—Meneaste la cabeza antes de reírte de mí.


—Me reí y negué con la cabeza por tu atrevido comentario. Ni me reí de ti ni dije que no quisiera acostarme contigo.


—Mientes.


—Cree lo que te dé la gana, pero jamás he jugado contigo —pronunció antes de emprender la marcha de nuevo.


—¡Espera!


—Adiós Gaelan —dijo ella mientras se iba alejando de él, dando pasos hacia atrás.


De dos zancadas la sujetó por la cintura y la agarró de la mano para que parara. La clavó su mirada gris mezcla de furia contenida y tristeza y la pidió que hablaran.


Ella meneó la cabeza y para que esta vez no hubiese confusiones, mirándole a los ojos profundamente, dijo:


—No. No quiero discutir, estoy harta, de verdad…


—Empecemos de nuevo, por favor. Olvida todas las cosas feas que te he dicho, dame una oportunidad.


—Ya hemos tenido nuestra oportunidad. Somos muy diferentes, jamás llegaremos a llevarnos bien.


—Estrella, por favor…


—No.


—Podemos escuchar música juntos, hablar de nuestros sueños. Me has contado cosas de tu vida muy íntimas, por favor…quiero volver a estar así…


Ella negó con la cabeza, se soltó de sus manos, y salió apresurada hacia su casa. Clyde no fue tras ella porque sabía que no conseguiría absolutamente nada. Era demasiado cabezota. Igual que él.

Abatido, caminó hacia el banco de Estrella en busca de respuestas.


Se sentó en él y recostándose en el respaldo de madera desgastada por el clima, recordó sus confesiones, sus sonrisas, el tono de su voz, el olor de su perfume, sus pies danzando entre los acordes de “Directing of the Wind”, el calor de su cuerpo junto al suyo, los mechones rojizos entre el tono castaño de su pelo ondeando con el viento, esa mirada intensa color miel que lo volvía loco.


—Soy idiota —le pronunció al viento que comenzaba a rugir fuerte, al compás de la maraña de sentimientos enfrentados que asolaban su corazón.

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