CAPITULO 2 DE SIELULINTUT: VALSE TRISTE OP 44

¡Queridos lectores!

Dado que algunos ya me estáis pidiendo la continuación de la historia, tanto por privado como en mi página de escritora...

Aquí tenéis un nuevo fragmento de SIELULINTUT. Más breve de lo normal...y es que lo interesante comienza en el siguiente.

¿Me estáis maldiciendo? jijiji

¡Feliz lectura!


2. VALSE TRISTE OP 44

El mes de enero ya estaba finalizando e Izara llevaba unas semanas en Helsinki.
Después de los nervios que la habían atenazado al principio, ahora no le iba tan mal. Tras la charla con el jefe de Ukko y posteriormente con su cuñado, tenía unos cuantos proyectos en mente que la mantenían ilusionada, entretenida y desbordante de alegría.
Artículos que escribir, viajes que planificar, relatos románticos ubicados en Finlandia que comenzar, un libro de relatos de fotografías que preparar, y alguna historia más que aún tenían que pactar. 
La mesa del comedor del apartamento que había alquilado estaba llena de papeles y adhesivos de colores. Su cabeza era un hervidero de ideas que llevar a buen puerto. Era emocionante sentirse agobiada por los proyectos y con la adrenalina golpeando sus venas porque así no tenía tiempo para pensar.
Lo que más le había gustado es que la habían dado carta blanca para proceder.
No tenía que reunirse con el periódico más que una vez a la semana en una especie de reunión informal, ya que todo lo demás: el blog y los artículos, corría de su cuenta y podía hacerlo desde cualquier lugar con acceso a Wi-Fi.
Tan solo debía enviarles un e-mail con el documento para la revisión y la traducción, y que así pudiera publicarlo en ambos idiomas.
La nieve ya había comenzado a caer, sepultándolo todo con su ligereza, e Izara todavía se estaba acostumbrando al frío que hacía allí y que en su tierra nunca había experimentado por eso de vivir a nivel del mar. Por lo que el apartamento en el que vivía se había convertido en su refugio durante esos días. Calefacción, manta, portátil. Todo lo que necesitaba a su alrededor para no moverse mucho. 
Lo que peor llevaba es que se hiciese noche cerrada tan deprisa. Que la oscuridad lo sepultase todo con su manto desde muy temprano tenía su bohemia pero era algo a lo que se tenía que adaptar. Y tardaría tiempo en hacerlo.
El reencuentro con su amigo Ukko y con Satu había sido el bálsamo que necesitaba para enfrentarse al cambio con optimismo, a los nervios iniciales que la habían creado ataques de ansiedad por salir de su zona de confort.
Incluso gracias a Satu que le había hecho de profesora de suomi a través de Skype desde hacía un año antes, el idioma ya no sería un impedimento para confraternizar con sus compañeros de trabajo o vecinos. Aunque todavía le quedaba escribirlo con soltura, con defenderse y no sentirse perdida la valía.
Además, una amiga de Satu le había regalado un cachorro de Husky siberiano nada más llegar al país y ese había sido otro motivo por el que sonreír constantemente.
Gracias a ella pudo tachar uno más de los anhelos que escribía en esas listas interminables de deseos y sueños emborronadas en sus libretas. El perro la ayudaría a tener una rutina, a preocuparse y centrarse en alguien aparte de en ella misma y su trabajo, y a no sentirse tan sola en el apartamento que había alquilado cerca del Parque Sibelius cuando la tristeza la invadiese.
Al principio dudó, pero desde el instante que le vio por primera vez, se enamoró completamente de aquel cachorrillo de pelaje blanco y negro y de ojos azules bordeados con unas manchitas de pelo negro que le hacía parecer un súper héroe con antifaz.
En pocos días, para Izara se convirtió en su salvador. Era capaz de acabar con la oscuridad de sus pupilas con un solo intento de aullido. Porque todavía no sabía ladrar y sus monerías y juegos era algo a lo que no se podía resistir.
Después del paseo canino rutinario de la tarde, se centró en los artículos y en planificar los lugares que recorrería junto a Ukko y Satu para después escribir sobre ellos.
Se sentó en la mesa del comedor y se puso a teclear después de preparar en el reproductor una banda sonora que sacase lo mejor de ella. Finlandia, nieve y frío tras la ventana, necesitaban una música acorde a sus pensamientos, y no pudo evitar meter un par de melodías de Jean Sibelius.
El Valse triste op 44 que tanto la gustaba sonó en uno de los auriculares, mientras Batman descansaba a sus pies, agotado de tanto jugar y correr. A media canción tuvo que quitarla porque le había hecho sentir tantas cosas que decidió silenciar sentimientos y seguir pulsando nuevas letras.
Al llorar de violines le fue imposible no acordarse de las otras veces que había escuchado Sibelius desde que había descubierto las melodías del compositor tras su visita a la casa museo de Järvenpää. A su mente regresaron unos enigmáticos ojos azules y sus labios murmuraron palabras que la hubiera gustado ocultar pero que su subconsciente gritó antes que ella.
—Un valse triste es mi corazón sin tus ojos…
Un pequeño intento de aullido de su perro la sacó de esos malditos pensamientos y de la nostalgia que siempre la sacudía cuando le recordaba, y tras acariciarle, decidió que aquella tarde no era tarde de Sibelius. No era momento para darse cuenta de las cosas que echaba de menos, de los instantes que recordaba con el corazón encogido en un puño y que ya no tendría jamás. No era momento para ponerse nostálgica y llorica al ser consciente del acontecer del tiempo, de los anhelos frustrados y de los sueños interrumpidos.
No era lo mismo escuchar Sibelius estando en Cantabria, que en el país natal del compositor. Todo cobraba un matiz diferente.
Izara ni siquiera imaginaba que en la misma ciudad, no muy lejos de aquel apartamento, había alguien que también estaba escuchando esa pieza y pensado en unos ojos de color verde y en unas sonrisas que por más que trataba de olvidar no lo conseguía.
La joven puso Nocturnal, el último disco de Amaral, y aunque sus canciones siempre la hacían pensar más de la cuenta porque parecían la banda sonora de su vida, lo prefirió a esa nostalgia que la nacía en el corazón y la ahogaba cada vez que escuchaba el crujir de violines y la cadencia oculta en las composiciones de Jean. Le traían demasiados recuerdos. Unos eran buenos, otros sin embargo no lo eran tanto. Hay palabras que se clavan tan adentro que no se pueden olvidar pase el tiempo que pase…
¿Por qué la vida había tenido que regalarle oxígeno para después quitárselo de golpe? ¿Por qué lo perfecto ya no le era suficiente? ¿Por qué había tenido el amor que siempre había deseado, su príncipe azul, y no había sentido mariposas en el corazón? ¿Por qué había tenido que tachar esos anhelos de su lista de sueños y cosas por hacer?
El día uno de enero había escrito nuevos propósitos en la libreta que siempre la acompañaba en el bolso, una Moleskine blanca de una marca casi impronunciable, y esa vez no había apuntado nada sobre el amor.
Se había dado cuenta de que buscarlo desesperadamente era un error. Encontrarlo, a veces, no indicaba que fuese lo que el corazón anhelaba en ese instante, y sentirlo hervir bajo la sangre podía llegar a ser una gran putada si no era correspondido o te hacían daño. Ella lo sabía mejor que nadie.
Ese nuevo año se limitó a apuntar deseos y sueños que hablaran de viajes, de soles de medianoche, de noches polares y auroras boreales. Y como si por alguna extraña razón, el destino quisiera fastidiarla, al redactar esos sueños volvió a pensar en unos ojos azules. En esos ojos que cambiaban de color según la luz que les diera y que en algunos momentos le habían parecido incluso más brillantes que las tan alucinantes auroras.
La voz de Eva Amaral resonó en el único auricular que se ponía para no evadirse del todo de la realidad.
“Ohh, si tus ojos son un faro has peinado el horizonte solo con mirar…
Ohhh. Si los tiempos han cambiado yo te pido que ilumines esta oscuridad…”
Izara maldijo. Parecía que esa tarde todo iba de ojos que iluminaban, que entristecían, que la dejaban sin aliento.
Bufó hastiada y se quitó los auriculares. Guardó los cambios en el documento y apagó el ordenador. Se levantó a la cocina a prepararse una tila porque necesitaba relajarse y dejar su mente en blanco. Tras varios suspiros se tumbó en el sofá del salón y trató de olvidarse del mundo.
Abrazó a Batman, que en cuanto la vio tumbarse se acurrucó a su lado en el sofá, y cerró los ojos. Sentir su respiración y el latido de su corazón la hizo desconectar por completo.
—Gracias por estar a mi lado.
El perro tan solo la miró, balbuceó bajito y la lamió en la nariz y la cara.
Y así la encontró la noche. Aunque la oscuridad ya lo dominaba todo desde media tarde, cuando se quiso dar cuenta se levantaba como un zombie camino de la cocina para prepararse la cena antes de sacar al perro a la calle un rato.

1 comentario :

  1. Me sigue pareciendo intrigante y buena la historia...y como es jueves...llevas un dia de retraso en la siguiente entrega ... ;)
    Vamos ...no seas mala y no nos hagas sufrir

    ResponderEliminar

Se agradecen todos los comentarios siempre y cuando estén hechos desde el respeto. Aquellos que no lo estén serán eliminados por el autor. Gracias.