CAPITULO 3 Y 4 DE SIELULINTUT

¡Queridos lectores!

Siento no haber podido actualizar antes, pero unos problemas personales me han tenido alejada de la zona Wi-Fi.

Como compensación, hoy tendréis dos capítulos de SIELULINTUT en vez de uno.

¡Permaneced atentos porque hay saltos temporales! Y a veces vía blog es muy difícil señalar los cambios de párrafo para aquellos que no están acostumbrados.

¡Espero que os guste la historia y que os mantenga enganchados!

¡Un abrazo!



SEGUNDA TAZA:

Vértigo, copos de nieve y café

3. SIBELIUS PARK

Como cada tarde después de comer, Izara salió a pasear con Batman por los jardines del Parque Sibelius.
La nieve le confería otra tonalidad distinta a cuando ella había descubierto el parque por primera vez. Los colores del otoño eran más vivos, más espectaculares, pero los copos congelados le regalaban al rostro del compositor y a los tubos que formaban las esculturas una ligereza y melancolía indescriptibles.
A Izara le gustaba pasear por allí. Se sentía a gusto, parte del paisaje. Porque su corazón estaba igual que el agua, cristalizado y congelado. O eso creía.
Una de las razones por las que había escogido el apartamento en aquella zona residencial en la costa oeste de la ciudad era justamente ese parque. Sus jardines, los pequeños lagos, los bancos, el silencio, la ayudaban a encontrarse a sí misma si se sentía perdida o echaba de menos a su familia.
Su hermana Caelia y su amiga Maia eran las personas más importantes de su vida junto a Ukko y Satu, y sin ellas parecía que le faltaba algo. Una parte de ella se había quedado en su Cantabria natal. A los dos últimos les tenía a mano, pero si no fuera por las charlas por Skype con las dos primeras no podría soportar la distancia que las separaba.
Aunque no llevaba mucho tiempo en la ciudad para habituarse a algo, crearse esa rutina de paseos diarios allí la hacía sentirse parte de un lugar, parte de la ciudad, del país, y no tan lejos de algo llamado hogar.
Sin embargo, aquella tarde el destino estaba juguetón y no quiso darle ni un poquito de tranquilidad, ni de recogimiento, ni de algarabía de juegos junto a Batman.
Había dos pájaros negros custodios que se habían cruzado hacía tiempo, y que estaban dispuestos a hacer todo lo posible porque los lazos siguieran entrelazados.
Ensimismada en los tubos circulares de la escultura al compositor, no vio que alguien se estaba aproximando a ella por su espalda.
El viento se colaba entre el acero y a veces conseguía crear algún sonido inesperado. El cachorro revoloteaba a su alrededor, saltaba, gruñía, escarbaba en la nieve y la manchaba con ella. Sus sonrisas se sucedían una tras de otra, y consiguieron llamar la atención de alguien que en busca de desconexión había viajado hasta allí. No pudo evitar mirarla.
Izara se carcajeó y se giró para lanzarle un pequeño palo al cachorro, cuando tropezó de bruces con un joven. Pidió disculpas con una pronunciación perfecta en el idioma de la ciudad en la que estaba y alzó los ojos.
—¿Aleksi?
Palideció nada más verle. Su mandíbula se tensó instantáneamente y no por culpa del frío. Por nada en el mundo imaginó encontrarse con él de nuevo. Claro que él vivía allí y las probabilidades eran muchas, pero como siempre estaba de gira ni siquiera lo había pensado. Todo su cuerpo reaccionó, traicionándola, y unas estúpidas mariposas se instalaron en su estómago.
No debía sentir eso. ¿Dónde estaban su corazón cristalizado y sus sentimientos congelados?
—Izara…—pronunció a media voz aún aturdido porque fuese ella y no se hubiera confundido.
Suspiró. Aquello había acabado con las pocas energías que le quedaban esas semanas. Tenía frente a él a la chica en la que había estado pensando durante tantos días y a la que había tratado de olvidar de todas las formas posibles.
—¡Batman! —pagó con el perro su cabreo.
—¿Es tuyo? —preguntó mientras una vocecilla se reía en su cabeza al recordar su propia camiseta de Batman y las bragas que ella tenía.
—Sí, me lo han regalado la semana pasada.
—¿Te lo has traído de España?
—No.
Ella no dijo más. Cortó la conversación y se puso a jugar con el perro. No entendía que después de cómo habían acabado la preguntase por ningún tema. La ira la carcomía por dentro, al igual que la incertidumbre y los malditos nervios.
Le evitó. Como si no quisiera mirarlo, como si quisiera olvidar que estaba allí, a su lado, después de haber estado tanto tiempo separados. Y él por el contrario necesitaba tocarla, necesitaba saber que era real, que no era un producto de su imaginación agotada por el insomnio.
Izara cerró los ojos deseando que todo fuese un sueño. Ansiaba que en realidad su mente la hubiera jugado una mala pasada y él no estuviera allí. Pero por más que apretaba fuerte los párpados él no se marchaba, seguía a su lado, sin estar demasiado cerca pero sin marcharse por donde había venido. Quieto. Callado. Imperturbable. Como siempre.
La frialdad que nació entre los dos pesaba más que las bajas temperaturas. Su corazón la decía que siguiese hablando, que tenía que enfrentarse a aquel encuentro, pero su orgullo de mujer instaba a que se mantuviese firme, como una guerrera celta o una valkiria nórdica. Era lo que él se merecía.
Sin embargo, Batman resolvió que aquel finlandés de pelo largo anaranjado cubierto casi en su totalidad por el gorro negro que llevaba, era el compañero perfecto para sus juegos, y lo buscó juguetón. El finlandés les sorprendió a ambos deshaciéndose en mimos con el can.
Cuando Izara alzó la vista y le miró a los ojos todas sus fuerzas se desvanecieron. Sus irises azules y su mirada entre fría y pícara siempre había podido con ella. Y esas malditas sonrisas que ocultaba tan bien y que solo en contadas ocasiones mostraba, tenían un poder de embobamiento que nunca podría superar. Eran como un canto de sirena.
—Llevo una semana y media aquí por motivos de trabajo. Me quedaré un tiempo.
Él, sorprendido por sus silencios y por la reciente confesión, alzó una ceja intrigado. Tenía miedo de preguntar porque no era lo mismo tenerla a kilómetros de distancia que en su ciudad, pero se moría de ganas por saber más.
La joven que tenía frente a él distaba mucho de ser la que había conocido un año atrás y tal como acabaron las cosas entre ellos no sabía si debía abrir la boca o  no. Pero una especie de fuerza sobrenatural había clavado sus pies en la nieve y le impedía moverse de allí o alejarse de ella. Tenía que hablarla antes de parecer un completo idiota.
No entendía nada y podía ver cómo ella discernía sobre alguna cuestión importante. Cómo si algo la preocupara, cómo si no supiese si hablar o callar. En eso no había cambiado, seguía siendo transparente.
—Me han ofrecido un trabajo en el periódico de Ukko.
—¿Artículos de viajes?
—Sí.
—¡Eso está genial! Siempre fue tu sueño, viajar, escribir…
«Si tú supieras sobre mis sueños…»
—Sí…Lo era…
El silencio regresó de nuevo y sin poder seguir mirándole a los ojos sin delatarse, decidió que era hora de marcharse.
—Me alegra que lo consiguieras… —le dijo al ver que planeaba marcharse.
Por una extraña razón quería retenerla a su lado, dilatar la despedida. Deseaba que el tiempo se parase justo en ese momento porque presentía que ella estaba incómoda a su lado. Tal y como le latía el corazón era justo lo que necesitaba. Ya ni se acordaba del tiempo que hacía que no sentía a su sangre navegar a esa rapidez.
—Gracias, yo tambi…—fue a contestar cuando su móvil sonó.
Aleksi vio un nombre en la pantalla. «Janne, ¿quién será?»
La joven contestó en perfecto suomi, asombrándole. La sorpresa le hizo divagar, preguntarse quién sería ese hombre, quién le habría enseñado a hablar finés, incluso espiar su conversación. «¿Con quién estará quedando para cenar?» Demasiadas preguntas sin respuestas.
Izara colgó y se despidió con prisas.
—Discúlpame, me tengo que ir… Moi! Moi![1]
—Claro. Moi! Moi!
Aleksi la vio marchar a pasos apresurados. Se alejó de él sin mirar atrás más que para jugar con su perro que correteaba a su alrededor y eso le dolió. Estaba acostumbrado a que ella siempre siguiese el rastro de su silueta con los ojos, a que le observase cuando creía que no estaba mirando.
—A mí también me va genial…gracias por preguntar…—susurró al viento.
Recordó la primera vez que ella había intentado saludar en suomi y las recomendaciones que le hizo a su amigo Ukko para que la enseñara. Recordó el cabreo de ella aquel día y no pudo evitar sonreír con nostalgia. Una vez más la mente le demostraba que había momentos que regresaban a pesar del paso del tiempo porque el corazón los tenía guardados a buen recaudo.  
En un principio resolvió que quizá su amigo Ukko había hecho de profesor, pero su cerebro atormentado de interrogantes decidió fantasear más de la cuenta.
«¿Estará con un finés? ¿Habrá encontrado el amor que le dijo la vidente y por eso ha vuelto?»
Eran los celos quienes hablaban por él, pero era una posibilidad aunque remota dado que solo llevaba unas semanas en el país. «Unas semanas bastaron para que vosotros…» le gritó una voz en su cabeza y aquello acabó por agriarle el humor.
Saber que podía haber conocido a otro hombre finés del que enamorarse que no fuera él fue algo que no le gustó lo más mínimo, aunque hubiese sido él quien lo fastidió todo.
Al llegar a casa, la inspiración que había salido a buscar no solo se escondió de él, sino que había desaparecido la poca que tenía antes de llegar al Parque Sibelius.
Encontrarse con la alocada española que le había robado el corazón tiempo atrás no era lo que había esperado de aquella tarde de jueves.
Cuando entró en la web del periódico se encontró con la noticia que hablaba de la joven y constataba sus palabras:
La periodista y escritora española, Izara Rodríguez, autora indie destacada en Amazon, y que cuenta con algunas publicaciones para pequeñas editoriales, comenzará a trabajar con nosotros en la sección de cultura durante un tiempo indeterminado.
Nos sorprenderá con sus artículos de viajes que tanto gustaron a los lectores de este periódico en el pasado, e incluso con una novela por fragmentos que publicará en el blog creado exclusivamente para la ocasión dadas las peticiones que nos han llegado durante meses al email del periódico…
Al terminar de leer la noticia, cerró los ojos y miró por la ventana del salón. Volvía a nevar de manera pausada.
Recordó su encuentro, breve y demasiado frío. Tan frío como el día. Distante. Sin sonrisas. «Tú no eres así…» Ella era toda locura, espontaneidad y alegría y no lograba reconocerla en aquella joven pausada y de carácter insensible.
Regresó atrás en el tiempo y se acordó de sus sonrisas, de sus gestos, de su torbellino de palabras que resonaban entre el silencio llenándolo todo, de su dulzura, su delicadeza y su mirada soñadora.
En ese instante se dio cuenta de que la mujer con la que se había encontrado en el parque Sibelius no era la misma joven que le había vuelto loco, no era la mujer de la que se había enamorado muchos meses atrás o al menos aparentaba no serlo.
Y le dolió. Le hirió en lo más profundo de su alma porque sabía que si ella se comportaba de esa forma con él, era porque se lo merecía, porque la había hecho demasiado daño con sus palabras, con su forma de comportarse.
—¿Me enamoré…?
Al hacerse la pregunta a sí mismo, al materializar las palabras por primera vez, se dio cuenta de que sí. Le costó verbalizarla porque desde su adolescencia no había vuelto a enamorarse, pero sí. Sintió que sí, que lo más probable era que se hubiese enamorado de ella y que por ello hubiera decidido echarla de su vida lo más rápido posible, intentar olvidarla en brazos de otras, comenzar una relación con su ex para acallar viejos sentimientos…
Quizá por ello le había dicho aquellas palabras, aquella tarde, en su último día juntos…
Quizá por ello le habían aprisionado los latidos de su corazón en la garganta, quizá por eso le había dolido el pecho cuando la vio alejarse de él. Tan cerca y a la vez tan lejos… Por un instante había creído ver en sus ojos que se alegraba de verlo, de hablar con él otra vez, sin embargo al segundo siguiente solo encontró indiferencia tras sus pupilas y era más de lo que podía soportar aquella tarde.
Volvió a pensar en su última mirada en el parque.
El perro jugueteó con él, le manchó los pantalones de nieve y él le había acariciado, y ella se había comportado poco comunicativa, había contestado con monosílabos, no había hecho ningún gesto al hablar, tan solo había contestado de forma autómata las palabras al igual que un robot, hasta entonces. Pero la emoción pronto se fue de sus ojos.
«Seguro que ha rehecho su vida…no quiere saber nada de mí…»
Sus pensamientos le desanimaron y cayó rendido en el sofá mientras la noche avanzaba con su oscuridad.
Cuando entró en el Instagram de la joven se sorprendió al encontrar distintas fotos de la ciudad. Si no hubiera dejado de seguir sus pasos podrían haberse encontrado mucho primero y eso le dejó un regusto amargo en la boca.
Él había pensado en ella tantas veces, la había silenciado de sus pensamientos en tantos momentos, que saber que llevaba semanas tan cerca de él le hizo sentirse mal. Llamó a su hermano para hablar con él. Necesitaba sacar todo lo que llevaba dentro.
Izara está aquí.
Lo sé.


Tampoco ella esperó cruzarse con el dueño de los ojos más bonitos del mundo.
Tras colgar la llamada del marido de la amiga de Satu que le había regalado a Batman, había corrido a paso ligero a refugiarse en su apartamento como si la hubiese estado persiguiendo un asesino en serie.
En parte así era. Porque aquel hombre la había roto el corazón en distintos trocitos, y el destino había decidido que se reencontraran sin que ella estuviese preparada. Que se volviesen a mirar a los ojos, que toda ella temblase mientras que el rostro del joven no mostraba nada más que un poco de sorpresa al verla en su ciudad natal. O eso creía ella.
El pasado se había cruzado de frente y de golpe con su presente y seguía noqueada y abatida por ello. La chica de las listas ya no lo tenía todo bajo control y no se lo podía permitir.
Su mayor miedo, encontrarse con él, se había materializado. Al menos se había enfrentado a él. Se había mantenido férrea en la decisión que tomó muchos meses atrás: no volver a ser dulce. Por lo menos esa vez lo había conseguido aunque había estado a punto de flaquear. Tenía que reconocer que Aleksi siempre sería su excepción si no se controlaba. Porque por mucho que un corazón trate de olvidar, hay personas que siempre serán una debilidad.
Lo que no tenía muy claro es si lo conseguiría si volvían a tropezar, porque todas las barreras que intentaba alzar y todas sus murallas de defensa temblaban cuando le tenía cerca. En esos instantes su decisión ya no le parecía tan buena…
Cerró los ojos, y mientras degustaba la sopa de miso caliente que se había preparado, no pudo evitar pensar en sus frías manos, en sus caricias gélidas de sangre ardiente, en sus miradas glaciales, en todas las sensaciones que se habían apoderado de ella mientras había bailado entre sus brazos…
Después de cenar, aún con manos temblorosas y con un calor desbordante en su cuerpo, cogió su Iphone y llamó a su hermana. Cuando ésta le contestó ni siquiera la saludó:
—Me he encontrado con Aleksi.
Se hizo un silencio en la línea.





Un año y medio antes

4. LA LLAMADA QUE LO CAMBIA TODO

Izara miraba por la ventana mientras degustaba la taza de café que calentaba sus manos. Intentaba hallar en el balanceo del viento y de las nubes una señal que la dijera que estaba haciendo las cosas bien, que iba por buen camino. Pero no encontraba ninguna. O las nubes no se movían, o ella ya no distinguía nada de tanto buscar.
Llevaba días con una desazón en el corazón, con ese cosquilleo que produce saber que querrías cambiar de vida pero que no tienes ánimo para hacerlo porque ni siquiera conoces el camino que elegirías.
Las cosas parecía que le iban demasiado bien, aunque sabía que la realidad no era tan bonita como la pintaban en los cuentos infantiles, por lo que tenía miedo a que todo cambiara y no precisamente para ir a mejor.
La joven siempre había creído la teoría de que para que la vida mereciese la pena tenía que ser vivida como cuando uno se monta en una montañosa rusa. Con sus subidas y bajadas y sus momentos de vértigo y tensión. Cuando la rutina no se salía de sus parámetros y las sonrisas abundaban, tenía miedo.
Aunque más que miedo fuese un pánico atroz, porque intuía que tanta calma no auguraba nada bueno. La parte más irracional de su alma titubeaba ante ese traqueteo ligero de la sangre en sus venas porque sabía que todo se podía torcer en cualquier momento. «Las cosas malas suceden cuando hay abundancia de cosas buenas.» pensó. O eso le había escuchado decir a su abuela, que siempre la recomendó estar alerta.
Mientras la parte más espiritual le carcomía su cerebro gritándola que llevaba varios meses sin sentir latidos acelerados. Tanta rutina había vuelto su existencia demasiado gris y ella ansiaba algo nuevo, aunque no tuviese ni idea de qué era lo que quería exactamente.
Hacía una semana que había terminado de corregir una nueva novela que pronto estaría a la venta en Amazon, en cuanto su editora diera el visto bueno. Siempre que terminaba un proyecto se quedaba sin fuerzas, como si de tanto plasmar palabras se hubiese quedado vacía y ya no tendría nada en su interior. Lo sentía así porque la abrazaba esa sensación de haberlo dado todo, de haberse dejado el sudor, la piel, las lágrimas y todas sus sonrisas en el universo escrito, y después estaba como desfondada. Veía su vida a través de un cristal empañado.
Para colmo había terminado los artículos que escribía como periodista freelance y los había entregado a sus respectivos dueños, por lo que ahora se encontraba con demasiado tiempo libre al no tener su trabajo en Madrid como hacía años.
Cuando hacía de reportera y tenía que salir cada día a buscar la información afuera de las cuatro paredes de su despacho, todo era tan distinto y tan excitante porque no sabía con lo que se podría encontrar en el camino, que nunca la embargaba esa melancolía que parecía haberse instalado en ella en los últimos días.
Sin embargo con la maldita crisis económica había tenido que regresar a su comunidad autónoma, al pueblo que la vio crecer, abandonar la capital de España y asentir al ofrecimiento de su hermana de cobijarla en su casa a cambio de un mínimo alquiler y gastos compartidos. Porque tenía claro que después de haber sido independiente lo de vivir con sus padres no era una opción. Los adoraba, pero mucho tiempo con su madre cotilla y acabaría en la sección de sucesos del periódico local, seguro.
  Sí, tenía un montón de ideas en la carpeta de “futuras novelas” esperando que  se decidiera por escribirlas, pero no sabía cuál escoger. Había revisado sus apuntes demasiadas veces. Incluso había trazado una posible lista de prioridades según el orden en el que creía que las debería comenzar, pero hasta de las listas se estaba cansando y eso que lo de las listas para Izara era una auténtica obsesión.
Después de enumerar proyectos no había sucedido nada y eso era lo que la tenía tan pensativa. Se conocía demasiado bien a sí misma para saber que necesitaba un cambio.
Porque no había sentido esa necesidad de ponerse a teclear como una loca alguna de las ideas. Estaba parada, como si necesitase alguna cosa que la hiciera despertar. Perdida entre una niebla que no lograba disipar.
Volvió a mirar las nubes. La casa estaba en silencio pero dentro de su cabeza había una melodía que no paraba de elevarse entre sus pensamientos.
 Llevaba días sin poder quitarse de la cabeza una canción de Enya titulada: If I could be where you are.
Y por más que lo intentase, a ratitos sus labios cobraban vida para murmurar fragmentos de la letra sin que ella pudiera silenciarlos.
Where are you this moment? Only in my dreams, you’re missing, but you’re always a heartbeat from me
Ahí estaba otra vez esa sensación.
Ese estremecimiento que la sacudía al saber que buscaba algo que no conocía y que no obstante tenía la certeza de que estaba demasiado cerca. Cerca pero tan lejos, como en otro mundo paralelo, en otra dimensión donde una nueva Izara si estaba llevando la vida que quería llevar y no trataba de perder el tiempo encontrando nada.
De un trago se terminó el café que aquella tarde le supo más amargo que de costumbre y decidió que saldría a pasear para despejar la mente de tanto pensamiento frustrado e inútil.
Lavó la taza y la dejó reposando cerca del fregadero para que secara. No había terminado de posarla cuando su móvil sonó provocando que diera un salto y la taza se le resbalara de las manos. Si no hubiera sido por sus amplios reflejos su taza de Batman hubiera acabado hecha añicos en el suelo.
La melodía identificaba a una persona que conocía muy bien pero con la que llevaba un mes sin hablar. Aunque se mandasen mensajitos por las redes sociales y el WhastAap todas las semanas, solo hablaban por teléfono una vez al mes porque después se echaban tanto de menos que les resultaba imposible aguantar.
—¿Cómo está mi finlandés preferido?
—Bien, ¿y la chica más guapa de Cantabria?
—Como te oiga tu prima no creo que la haga mucha gracia… —recordó pensando en Maia.
—Creo que está acostumbrada a ser la segunda…
—¡Eso es cierto!
—¿No piensas decirme cómo te va?
—Pues igual que ayer, Ukko. Ni fu ni fá.
—¿Cansada de la rutina? ¿O la crisis de los casi 30?
—Dado el tiempo que llevo mirando por la ventana sin saber qué hacer, creo que un poco de las dos.
—Pues tengo la propuesta perfecta…
Diez minutos más tarde, después de haberse quedado en shock, intentaba negarse a lo evidente. Se moría de ganas por aceptar, por lanzarse a la piscina, por cogerse el primer avión y cumplir el que siempre fue uno de sus sueños. Pero había colgado a Ukko después de su conversación con la promesa de darle una respuesta lo más pronto posible. ¿Por qué había dicho que se lo pensaría cuando en realidad quería decir que sí, a gritos y llena de ilusión.
¿Miedo? ¿Pánico? ¿Vértigo?
El paseo se truncó. Se fue a su habitación y tumbada en la cama intentó encontrar una solución a su estado de ánimo y a las consecuencias que podrían surgir de aceptar la propuesta de su amigo.
Acarició la bola de cristal que su amiga Satu le había regalado por su cumpleaños, la agitó y la nieve brilló sobre la catedral luterana de Helsinki tan conocida por su escalinata en la Plaza del Senado, y recordó la conversación con su amigo.
—¿Te acuerdas de esa frase tuya de: algún día viajaré a Finlandia y tendrás que hacerme de guía?
—Sí, claro. Lo raro es que tú la recuerdes…
—Pues es el momento.
—¿Cómo?
—Necesito a la Izara periodista para unos artículos de viaje.
—Pero…
—Nada. Mi jefe quiere hablar contigo, necesitamos alguien del extranjero, una periodista freelance que mire el país con ojos nuevos, y nadie mejor que tú.
—Ukko…
—¡Qué! ¡Necesitas cambiar de aires y yo necesito a una escritora! ¿Vas a decirme que no?
—No te aproveches de mi incapacidad para decirte que no…
—Solo intento demostrarte que no tienes otra opción. Además hay varias personas que desean conocerte, y lo sabes.
—Sé que la debo una visita a Satu…
—¿Entonces?
—Me lo pienso ¿vale?
—Piensa lo que quieras pero ahora mismo te busco billetes…
—Ukko…
—Es el momento de que taches de una vez a Finlandia de esa lista de sueños y viajes tan kilométrica que tienes, doña de las listas…que tanto esperar al final no vas cumplirla…
—¿Cómo puedes decirme…? ¡Buff, eres increíble!
—Sí, pero me quieres, no puedes vivir sin mí…
—Voy a colgar, Ukko…
—Vale, vaaaleeee! Pero piensa en todo lo que ganarías con el viaje, ¿sí? No puedes decirme que no…
—¿Tan seguro estás?
—Nunca me dirías que no a un favor y de verdad que te necesito.
—¡Te odio!
—Eso es mentira y lo sabes, preciosa.
—Arggg ¡Te quiero, petardo!
—¡Y yo a ti!
 Cuando su hermana llegó del trabajo se la encontró en la cama, mirando al techo decorado con estrellas. Lo bueno de vivir en aquel dúplex con su hermana es que el techo de su habitación era abuhardillado y había podido colocar las pegatinas para no perder de vista sus constelaciones favoritas. Su hermana estaba más loca que ella y siempre le permitía esa clase de licencias infantiles.
A sus casi treinta seguía teniendo la cabeza llena de pájaros, de anhelos, de sueños y de ilusiones. Su madre la decía que ya era hora de que madurara y formase una familia, pero ella siempre la decía que no pensaba perder nunca la niña que llevaba dentro.
Mientras cenaban una pizza, puso a su hermana al corriente de la petición de Ukko, y la benjamina de la familia se puso de lado del finlandés.
Caelia adoraba a Ukko, y sabía más que de sobra del enamoramiento de su hermana por aquellas tierras de paisajes de ensueño, así que la animó a lanzarse de lleno en esa aventura inesperada que había surgido para romper con su asfixiante rutina.
—Llevas desde adolescente queriendo ir a Finlandia. Toda la vida te he escuchado que ese era uno de tus sueños. No lo dejes más…
Al terminar de cenar, le dijo a su hermana que se relajara y que ya se encargaba ella de los platos sucios. No había terminado de fregar cuando le llegó un mensaje de Satu. «¿Ya te has decidido? Tienes que venir L»
El mensaje de su amiga la entristeció pero a la vez la dio coraje. Solo por conocerla valía la pena viajar y salir de su rutina. Aunque una parte de ella tuviese miedo de que su relación no fuese como siempre había imaginado. Cosas de las redes sociales y de lo que las personas aparentan y que luego no son.
Llamó a su mejor amigo y le dijo que le concertase la reunión, que le diese una dirección y le buscase un hotel cercano donde hospedarse.
Una hora más tarde tenía toda la información, incluidos los billetes de vuelo en su email. Así era Ukko, diligente, rápido y cabezota. Porque ni siquiera la había dejado pagarse el viaje y el hotel. Seguro que ya lo tenía todo preparado a la espera de su confirmación antes de proponérselo.


Dos días más tarde, con la maleta preparada y cerrada se subía a un taxi para ir al aeropuerto de la capital cántabra rumbo a Madrid y después a Helsinki. Dejó la cámara fotográfica, el Ipad, su reloj, pendientes, colgantes y anillos, colocados en la bandeja de plástico por puro automatismo y cruzó el arco de seguridad para ir en busca de la puerta de embarque.
Después de fisgonear en el Relay del aeropuerto, se sentó en la terminal de su vuelo con la guía de Finlandia que había adquirido ya que la que le había regalado su amigo siendo unos críos había preferido dejarla en casa por miedo a extraviarla.
Siempre habían acordado hacer ese primer viaje a Finlandia juntos. «Nadie mejor que yo para enseñarte mi tierra…», pero habían tardado tanto tiempo en cumplir esa promesa que Izara se había propuesto no ponerse frenética e ilusionada hasta que no estuviera allí. No quería que con tanto desenfreno de felicidad algo saliera mal.
Quien la viese podría creer que no la ilusionaba el viaje dadas las ojeras que adornaban su rostro bajo sus pestañas, y claro que la ilusionaba, lo que no la gustaba era tener que coger un avión para irse hasta allá.
Odiaba los aviones. La ponían demasiado nerviosa. Ahí estaban de nuevo sus brotes de ansiedad. Respiró un montón de veces hasta que consiguió ralentizar sus latidos. Era de las que tenía que tenerlo todo atado, y no poder controlar lo que pasara durante el vuelo con todo lo que se veía en los informativos le sacaba de sus casillas.
Prefirió no pensar. Anestesiar sentimientos. Sumergirse en la guía que tenía entre las manos y en esa promesa de adolescentes.
—Ukko te voy a volver loco… —susurró mientras llenaba las páginas de post-its de colores.
Esa era su venganza. Tenerle de un lado para otro como si fuera una marioneta por parte del país hasta que regresara a casa. Sí se decidían a contratarla, claro, porque primero tenían que darla el visto bueno en la reunión.  


Cuando llegó a Helsinki se cogió otro taxi directo al centro para hospedarse en el hotel que Ukko había elegido para ella. Cenó en el hotel y en cuanto la noche cayó sobre la ciudad, la joven agotada de cansancio y de nervios ni siquiera protestó y se sumergió bajo el edredón hasta la mañana siguiente.



[1] Moi! Moi!: ¡Adiós! En suomi.

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