CAPITULO 5 DE SIELULINTUT

¡Queridos lectores!

Hoy sí cumplo semanalmente y os traigo un nuevo capítulo de esta historia por entregas ubicada en Finlandia.

¡Espero que os esté gustando!

¡Un abrazo!


5. WELCOME TO HELSINKI (Tervetuloa Helsinkiin)

A la mañana siguiente, ataviada con un traje de falda y chaqueta y unos botines de tacón fino se dirigió de forma apresurada hacia el punto de reunión con su amigo. En cuanto salió del hotel y puso los pies en la calle, la brisa otoñal le acarició el rostro regalándole un poco de tibieza con la que calmar el calor de sus nervios.
No era la primera entrevista de trabajo a la que acudía, ni sería la última, pero tenía demasiadas expectativas puestas en la oferta como para que al final no saliese bien.
Había quedado con Ukko en la puerta de entrada al edificio de oficinas donde estaba ubicado el periódico. Llevaban mucho tiempo sin verse y en su estómago revoloteaban un montón de mariposas. No por amor, sino por el gran cariño que le tenía, la expectación por el trabajo de su vida y porque estaba pisando suelo finlandés por primera vez después de años soñándolo.
Eran muchas las emociones reunidas en poco tiempo.
Estaba tan nerviosa, con la vista fija en su alrededor y en el nombre de las calles que debía tomar para no perderse que no se dio cuenta del muchacho que se acercaba a ella hasta que fue demasiado tarde y tropezaron. Cuando alzó los ojos y trató de esquivarlo, sus cuerpos chocaron de bruces y él tuvo que sostenerla para que no se cayese al suelo aterrizando de culo por culpa de los tacones.
Miró hacia arriba y quedó impactada con su mirada de un color azul intenso y grisáceo. Sus ojos la noquearon. No solo por la dureza de la mirada característica finesa y de los países escandinavos sino porque eran los ojos azules más bonitos que había visto en toda su vida.
El joven, más alto que ella, era de porte nórdico y tenía el pelo largo. Tras agarrarla fuerte a la altura de sus antebrazos, pronunció algo en suomi que ella no entendió y después la soltó para proseguir con su camino cuando la mujer intentaba pronunciar unas disculpas que se atascaron en su garganta.
Izara no pudo evitar voltearse para mirarlo mientras se alejaba hacia su encuentro con su amigo. Vaqueros, sudadera, coleta de pelo rubio anaranjado, espaldas anchas, cintura más estrecha…Parecía un vikingo salido de alguna serie de televisión y eso la dejó atontada.
Cuando se giró, aún aturdida, por poco no tropezó con otro viandante y una sonrisa turbada se escapó de su rostro. No sabía si era porque llevaba meses sin sexo o por el choque fortuito, pero lo que había visto la había gustado más de lo que quisiera admitir.
El choque había durado solo unos instantes, pero cuando se separaron, Izara siguió notando el cosquilleo de sus fuertes dedos alrededor de su chaqueta durante varios minutos mientras caminaba hacia el periódico.
 El calor de los nervios dejó su paso al rubor de mejillas al recordar lo acontecido y ni la brisa otoñal ni el escalofrío que percibió en su columna pudieron templar sus ánimos hasta que llegó a los brazos de su amigo y desconectó olvidándose de todo.
—¡Qué fea estás, cántabra!
—Yo también te quiero, suomi man…
Así eran ellos. Como dos adolescentes que no habían madurado y que seguían lanzándose las mismas pullas que cuando eran niños. La revolvió el pelo y volvió a abrazarla fuerte para después ofrecerla su brazo y subir juntos a la planta de las oficinas mientras ella trataba de peinarse en el cristal del ascensor.
No importaba ni la distancia entre sus países ni el tiempo que hiciese que no se veían, cuando estaban juntos todo lo demás desaparecía. Su amistad permanecía intacta frente a todo. Ya habían pasado muchos años desde que se conocieron y nunca se habían sentido lejos el uno del otro.
Izara no tenía un recuerdo de verano en su infancia en el Ukko no apareciese.
Era de padre finlandés pero de madre española, la tía de su mejor amiga, Maia. Y por esa razón se veían en España todos los veranos. Ambos deseaban que acabase el colegio porque sabían que en cuanto llegase el verano se verían de nuevo.
Desde el momento en el que se conocieron fueron inseparables, parecían gemelos. La conexión fue tal que de adolescentes tuvieron un breve romance que no pasó de un par de besos y algunos toqueteos inexpertos en busca de emociones desconocidas, y aquello en vez de enturbiar su amistad la hizo más fuerte porque ambos atesoraban aquel episodio de sus vidas con mucho cariño y ternura.
Maia siempre les recordaba ese primer beso que se dieron en el parque del barrio, sentados en los columpios, entre las risas y la algarabía que con el paso del tiempo había convertido las tardes de estío en grandes recuerdos.
Cuando Ukko le presentó a su jefe y hablaron de la oferta, Izara no pudo contener la sonrisa que invadió su rostro. La salió de dentro. Viajar, escribir y que la pagasen por ello era el mejor trabajo del mundo para ella.
Más que trabajo siempre había sido una especie de sueño. Ser reportera la gustaba. Salir en busca de noticias y descubrimientos la mantenía alerta y en constante evolución. Pero viajar y escribir sobre sus viajes era lo que prefería por encima de todo.
Que no quisieran un simple artículo de viaje, sino algo más artístico, más de escritora y no tan de periodista, fue una delicia para sus oídos. Le daban permiso para escribir como quisiera siempre y cuando la fuente de inspiración fuese Finlandia.
Cuando salieron de la reunión Ukko le explicó que esa misma tarde dejaría el hotel, porque Satu quería que se quedase con ellos en casa.
Izara tenía miedo, porque aunque conocía a la mujer de su amigo por las redes sociales, Skype y teléfono, nunca se habían visto las caras frente a frente. Y estaba claro que no muchas mujeres sabían entender la relación entre su marido y las amigas de su infancia, y menos cuando te habías morreado con ellas.
Pero cuando Satu llegó al periódico y la abrazó como si la conociese de toda la vida, todos sus miedos se esfumaron. Definitivamente su mejor amigo había escogido muy bien la mujer con la que casarse. Era preciosa, amable y de mirada limpia. No necesitó más para dejarse llevar y deshacerse de todos sus nervios.
—Tenía muchas ganas de conocerte…—se sinceró.
—¡Y yo de abrazarte por fin!
Izara se le quedó mirando con las cejas alzadas. No se lo podía creer.
Sabía que los finlandeses no eran de abrazar y menos cuando recién conocían a alguien. No eran como los españoles que son todo abrazos, sonrisas y parloteo desde que les presentan a una persona aunque lo más probable es que no fuesen a encontrarse de nuevo nunca. Por ello se quedó un poco perpleja.
—Ukko me ha dicho que eres muy de abrazos…
Izara le dio un puñetazo a su amigo que las observaba divertido, y Satu sonrió.
—¿Qué más te ha contado de mí?
—Que eres su mejor amiga, que nunca le dices que no, que eres una loca de las listas, las agendas y las libretas, y que escribes fenomenal. Aunque esto último ya sabes que lo he comprobado por mí misma. ¡Me encantan tus libros!
—¡Muchísimas gracias, preciosa! —sonrió azorada.
—Y sí, lo reconozco. Aunque no quiera darle la razón…
»Me cuesta decirle que no a mis amigos, y soy una loca de las listas. Culpable. Lo apunto todo. Desde la compra, a los libros que quiero leer, metas profesionales, sueños, lo que me gustaría hacer antes de morir…todo…
Los dos se rieron e Izara puso los ojos en blanco.
—Te la robo. Tú a trabajar que nosotras nos vamos de turismo.
—¡Perfecto! Yo a trabajar y vosotras de fiesta, desde luego…—le dio un beso a su mujer y un abrazo a Izara, y volvió a las oficinas.
En cuanto la joven se vio reflejada en los ojos grises de Satu, todos los miedos que había tenido de ese primer encuentro desaparecieron de su mente, y la conexión fue instantánea. Izara siempre había tenido dudas de cómo sería la primera vez que se encontraran en persona, porque tras las tecnologías todo cobraba un matiz diferente, pero mirándose a los ojos no había lugar para las mentiras ni para las medias verdades.
—¿Te parece ir al hotel a cambiarte de ropa? Había pensado que te cogieras la maleta, la guardásemos en el coche y después nos fuésemos de turismo.
—¡Me parece una idea estupenda! Que lo de los tacones y yo…
—No sé quién los inventó. Un misógino incomprendido, seguro.
Aquel comentario de la rubia consiguió que Izara se carcajeara como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Parecía que aquel viaje iba a resultar más gratificante de lo que nunca pensó, y eso que la aventura no había hecho más que comenzar.
Pasaron el día entre confidencias, recuerdos, paseos por el centro turístico de Helsinki y fotografías. La joven cántabra ya tenía un montón de ideas para posibles artículos de recomendaciones a sus futuros lectores.
Le impactó muchísimo la majestuosidad de la Catedral Luterana a la que tanto se había acostumbrado a ver en su bolita de cristal, la Plaza del Senado, la Universidad Nacional y su biblioteca, el consejo de Estado, el parque Esplanadi y su extensa avenida hacia el puerto. Las calles genialmente trazadas, la sencillez que emanaban los edificios, la tranquilidad, los diferentes aromas que impregnaban sus fosas nasales, las sonrisas de Satu.
Pero lo que la tenía completamente embobada era el colorido de las hojas de los árboles.
Pasearon y se sentaron a tomar un café en el parque público de la ciudad y el color ocre de las hojas caducas la llenó el corazón con una sensación indescriptible de magia y belleza que tardaría mucho en poder expresar en palabras.
Incluso dejó sorprendida a Satu al coger una hoja de suelo, de entre todas las que había bajo sus pies, para guardarla dentro de una de sus libretas.
—Para que te inspire ¿verdad?
—El otoño es una de mis estaciones favoritas, pero aquí cobra una belleza espectacular. En Cantabria los colores no son tan…
—¿Radiantes? ¿Brillantes?
—¡Sí! ¡Eso es!
La finlandesa le sonrió y la robó la hoja un instante para sostenerla en sus manos. La pidió que hiciera un selfie con la cámara, se juntó a su amiga con la hoja entre las dos, y sonrió.
Izara la miró súper intrigada.
—Para que cuando estés en casa te acuerdes del momento en el que tuvimos esta hoja entre las manos…—le sorprendió.
—¡La hoja brillante de los sueños que se hacen realidad!
Izara sacó su libreta, y apuntó la fecha y la hora y le mandó a su amiga que escribiera algunas palabras para ella.
A tinta negra la finlandesa escribió:
«No importa la distancia cuando se quiere con todo el corazón. Satu»
Aquello logró que sus ojos se empañaran al punto de las lágrimas.
¿Cómo era posible que alguna vez hubiese sentido miedo de no ser aceptada por Satu, de qué la mujer de su amigo viera en ella a una rival y no a alguien a quien querer y en quien poder confiar?




2 comentarios :

  1. Me encanta... ��
    Simplemente estoy viendo la historia en mi cabeza...
    Bravo amiga, sigue así

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  2. Me encanta... ��
    Simplemente estoy viendo la historia en mi cabeza...
    Bravo amiga, sigue así

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